EL MUCHACHO DE LA ARMÓNICA

EL MUCHACHO DE LA ARMÓNICA

Roberto Farías Vera

Tener 16 años es complicado. Ser alto y delgado también lo es. Agréguese a esta situación cierto grado de timidez y el panorama no es muy halagüeño. De todas maneras luchaba contra mis complejos e intentaba salir adelante. Era hijo único, otra complicación pues mis padres me sobreprotegían hasta decir basta. Vacaciones de verano con todo el tiempo del mundo a mi disposición. Acostumbrado a la rutina escolar no hallaba qué hacer por lo tanto me encerraba en mi dormitorio, ubicado en la segunda planta, a tocar mi armónica. ¿Cómo aprendí a tocarla? Muy fácil la respuesta. Juan Luis, mi único amigo y compañero de clases, me había enseñado. A veces hacíamos un dúo y tocábamos en alguna actividad cultural en el liceo.

Por fin me atreví a salir a la calle y sorpresa de las sorpresas, me topé con una chica tan adolescente como yo que regaba su jardín. Nuestro encuentro fue bastante peculiar porque ella se distrajo y me lanzó un largo chorro de agua. Quedé completamente empapado. Ella, cerrando el paso del agua, toda compungida, me pedía disculpas con una voz muy especial. Todo era insinuante en ella, era un lindo proyecto de mujer venidera,

Le dije que no era nada, que hacía calor, que pronto se secaría la ropa, etc. Ella me dijo: “Lo menos que puedo hacer por ti es invitarte a un helado”. Lo acepté y fuimos a una fuente de soda ubicada en una plaza muy cercana al barrio residencial, clase media, donde vivíamos. Comprado los helados nos fuimos a la plaza y nos sentamos en un banco. Enseguida comenzamos una agradable conversación. Ella llevaba la voz cantante.

-Mi nombre es Marcela Alejandra Rodríguez Miranda, tengo 15 años, supongo que ya te has dado cuenta que soy nueva en el barrio y vecina tuya. Mi familia y yo llegamos hace una semana. Fuera de mis padres tengo tres hermanos mayores que yo que me tratan como si fuera un juguete. ¿Y tú, cómo te llamas?

-Mi nombre es Daniel Antonio Figueroa Ávila. Vivo con mis padres y mi hermano con el cual soy mellizo. (Primera mentira)

-¿Y cuál de los dos toca la armónica? He escuchado varias mañanas el sonido raro de ese instrumento, claro está que de música sé muy poco.

-Mi hermano es quien la toca. (Segunda mentira)

-Cuéntame y ¿por qué toca esas melodías tan tristes, tan dramáticas?

-Es que él está inválido, perdió sus dos piernas en la nieve, era alpinista y sufrió una terrible caída. (Tercera mentira)

-Pobrecito, supongo que algún día me lo presentarás.

-Por supuesto, claro que te lo presentaré. (Cuarta mentira)

Fue entonces cuando me despedí ligerito con el pretexto de que debía encontrarme con un amigo. Me alejé como un celaje, quería escapar de la plaza, del encanto de Marcela Alejandra, y también quería huir de mí mismo. Y a qué cuento había dicho tantas mentiras Yo no era un mentiroso, bueno alguna vez tal vez había mentido. Pero, ahora, cuatro tontas mentiras a una chica tan especial. Seguro que nos íbamos a encontrar más adelante. Regresé a casa y sin más ni más me fui a tocar en mi armónica unas melodías bastante repetitivas.

Pues bien, fin de semana, domingo con un sol resplandeciente así como mi linda vecinita que nuevamente estaba en su patio ahora deshojando su jardín.

-Buenos días Marcela Alejandra.

-Buenos día Daniel Antonio, acercate, ahora no te voy a mojar.

-Ajá, qué suerte, veo que no estás regando. Oye, ¿qué vas a hacer por la tarde?

-Pues nada especial.

-Entonces te invito al cine a ver una película muy interesante.

-Encantada, pediré permiso a mis padres, me gustan las sorpresas así que no te preguntaré el nombre de la peli. ¿A qué hora me vas a pasar a buscar?

-A las cuatro de la tarde. Seré puntual.

Estaba nervioso, en realidad era la primera vez que iba con una muchacha al cine. Me preparé para la ocasión minuciosamente. Blue Jeans nuevo, polera nueva de un rojo intenso y unas zapatillas blancas de una marca que estaba de moda. Me puse un gorro y lo deseché de inmediato, no estaba acostumbrado a llevarlo. Fui a la casa de Marcela Alejandra que estaba elegantemente vestida, si parecía una princesa. Agradecí que no fuera pequeñita, aunque tampoco era grande. Me presentó a sus padres los cuales demostraban en sus actitudes que la chica era la niña de sus ojos.

Nos dirigimos al cine en un bus que echaba demasiados gases. Conversamos poco, más que nada del tiempo. Llegamos al cine que estaba ubicado  en el centro de la ciudad. Entramos, nos acomodamos y la película empezó de inmediato. Se trataba de un western, es decir una película de vaqueros, su título: Érase una vez en el oeste protagonizada por Charles Bronson, Henry Fonda, y la espectacular Claudia Cardinale. Ningún comentario de Marcela Alejandra, solamente me tomó la mano nerviosamente cuando escuchó la banda sonora que acompañaba las acciones. Me dijo al oído: “Es la misma música que practica tu hermano con su armónica”. Efectivamente era la misma música y yo ya lo sabía, había visto el film tiempo atrás y se me había quedado pegada la música y no solo la música sino que también la escena cruel, dura, donde el malo de Henry Fonda ahorcaba al padre de Charles Bronson para enseguida colocarle una armónica en la boca al muchacho que representaba a Charles Bronson en su juventud. Si, dura, muy dura la escena. Después me enteré de que en Estados Unidos habían recortado las escenas en las que aparecía Henry Fonda actuando en forma tan cruel. Vale decir que Fonda era muy querido por su público que no lo aceptó en su rol de vaquero bandido, malo, cruel, etc. Terminada la película, de vuelta a casa, fue muy poco lo que hablamos, cada uno metido en su mundo, cada uno tal vez pensando en la película. Nos bajamos del bus, ella me tomó de la mano. Silencio. La dejé en su casa e hice un intento de darle un beso de despedida, ella no hizo la cobra, respondió al beso para luego decirme: “Debes presentarme a tu hermano”.

Menudo lío en el que estaba metido, no sabía cómo salir de él. Estuve casi toda la noche pensando cómo podría solucionarlo. No llegué a ninguna resolución. Por último pensé en que la divina providencia iba a venir en mi ayuda.

Y vino en mi ayuda. Ajetreo en casa. Mi padre irrumpiendo en mi habitación muy agitado. “Arregla tus cosas, nos vamos de vacaciones, me he conseguido una linda casa en la playa que es una ganga y debemos ocuparla hoy día, serán tres semanas, apura”. Me quedé de una pieza y mecánicamente me puse a hacer mi maleta. Pensaba en Marcela Alejandra. Al fin y al cabo estas inesperadas vacaciones jugaban a mi favor y postergaba la posible presentación de mi hermano imaginado. Todo listo, salgo a la calle para despedirme de Marcela Alejandra. Casa cerrada. Nadie, absolutamente nadie. Respiré profundamente y me dirigí a la camioneta Ford, antigua,  bien cuidada por mi padre.

La casa era espectacular, hasta con piscina. La playa cercana y un tiempo de maravilla que yo no podía gozar. La presencia ausente de Marcela Alejandra me impregnaba, me acaparaba, y solo atinaba a estar en la habitación que me habían asignado y coger la armónica para tocar esos temas tan singulares compuestos por Ennio Morricone compositor italiano de primera clase. Me enfermé unos cuantos días, me llevaron al médico que dijo este muchacho no tiene nada, solo sucede que se ha enamorado y se largó a reír.

No hallaba cómo comunicarme con Marcela Alejandra, no había anotado su número de teléfono, eso de escribir cartas ya no se usaba, además ni siquiera sabía su dirección de la calle a pesar de ser vecinos. Llamé a Juan Luis, no ubicable, me acordé de que se había ido de vacaciones  con sus padres a Santiago, Chile.

Me recuperé más que nada para no echarle a perder las vacaciones a mis padres. Se fueron las tres semanas y ya había adoptado una resolución para las mentiras que le había dicho a mi enamorada. Simplemente le diría la verdad, que no sabía por qué razón había dicho tales mentiras. Seguro que ella comprendería y me perdonaría. A no ser que… bueno las mujeres son un poco especiales, eso me lo reflejaba al ver cómo actuaba mi madre en el diario vivir.

Regresamos a casa, tiré la maleta sobre mi cama y fui a ver a mi vecina. No sé cómo describir la inmensa sorpresa en la cual me encontré. Casa vacía, absolutamente vacía, nada de nada. Perplejo miraba y miraba, hasta que pasó un vecino para informarme de que los habitantes de esa casa habían partido un par de días atrás.

Me fui a mi casa hecho una piltrafa de ser humano. No entendía nada. ¿Realidad? ¿Un sueño de mi mente adolescente? Pero no podía ser un sueño, pues aún conservaba los billetes del cine. Entré en mi pieza, cogí mi armónica, me adentré en la música de la película, en la música de Morricone. Lo solté todo a través de los sonidos de mi pequeño instrumento. Las lágrimas corrían desde mis ojos. Un dolor en el corazón, una congoja, una angustia, un oscuro túnel. Mi primer amor perdido en los laberintos de la vida. Duro, todo muy duro, como la escena del muchacho que sostiene a su padre en los hombros hasta que no puede más, su padre colgando de una cuerda, el maldito bandido que se acerca y le pone una armónica en los labios. Dejé de tocar, me levanté de la cama, abrí la ventana y con todas las fuerzas que me quedaban lancé la armónica al vacío. No sabía que por esa ventana acompañando a mi armónica se iba de una vez por todas mi adolescencia. Nunca más volví a tocar la armónica, ni instrumento alguno. Nunca más volví a encontrarme con Marcela Alejandra. Aunque cuando escuchaba a Morriconi todo ese episodio de mi vida volvía a renacer.

The End

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