CAPÍTULO XX EL ADOLESCENTE

CAPÍTULO XX EL ADOLESCENTE

Novela por entrega de Roberto Farías Vera
Capitulo XX El Adolescente


Una mañana mi padre entró bruscamente en mi dormitorio con mi libreta de notas del primer semestre. Estaba más que enojado, el rostro enrojecido, el ceño fruncido, sus espesas cejas arqueadas. Comenzó a hablar en forma entrecortada mientras agitaba en sus manos mi libreta de notas. Por momentos me dio la sensación de que le iba a dar un ataque al corazón:

            “Jovencito, cómo has podido obtener estas calificaciones tan bajas con el esfuerzo que hacemos tu madre y yo para apoyarte en  tus estudios. En esta casa no te falta nada, hemos tratado de darte todo lo que corresponde a tu edad y mira con qué nos sales, con estas notas ni siquiera llegas para ocupar un puesto de oficinista. Esto se tiene que remediar, aún tienes un segundo semestre por delante, tú no eres ningún  tonto y lo único que debes hacer es colocarte las pilas y  ponerte a estudiar como corresponde. De ahora en adelante se acabaron las fiestecitas, el divertimento, ahora a trabajar, a ponerse el overol, a estudiar. Te lo digo de antemano, te vamos a controlar”.

            Enseguida entró mi madre que solamente se limitó a decir: “Niñito, se acabaron los postres, la repostería, ese va a ser mi castigo”.

            Se fueron mis padres a sus respectivos quehaceres. Me quedé largo tiempo tirado en la cama sin saber qué hacer. Todo lo que me había dicho el viejo era la verdad absoluta. Lo cierto era que me estaba farreando mi futuro profesional. Me levanté, abrí las ventana, respiré el aire tan especial de la primavera que recién comenzaba a asomar. Miré los árboles, distinguí los gorriones de siempre. Respiré profundamente y decidí seguir el discurso de papá: me pondría a estudiar, me dejaría el pellejo en ese quehacer. Mis padres no se merecían un hijo fracasado en los estudios.

            René, mi amigo del alma, que andaba un poco por las mismas, me acompañó y asumió con rigor, disciplina, mi nueva actitud hacia los estudios. Nos juntábamos en su casa o en la mía. Los padres de René eran parecidos a los míos aunque ellos participaban bastante en la política contingente.

            Las chicas, los bailes, las salidas locas, quedaron de lado. Mi madre aplicó su castigo gastronómico y dejó de elaborar todas aquellas cosas tan ricas como eran sus pie de limón, sus queques, sus tortas, etc. Ahora todo era serio. Responsabilidad absoluta, largas horas de trabajo estudiantil. Y vino la recompensa a fin de año, superé todas mis calificaciones y rendí unos exámenes que me permitieron tener un promedio con el cual podía acceder a una carrera superior. Me fue muy bien en la prueba de Aptitud Académica, por lo tanto decidí postular a lo que había decidido estudiar: Periodismo.

            Mis padres deseaban que yo fuera abogado. Pero quedaron satisfechos con mi deseo profesional. ¿Por qué periodista? Fácil respuesta. En el material literario que debía leer estaba Ernest Hemingway que de un principio me conquistó con sus narraciones. Hemingway las oficiaba de periodista, de corresponsal de guerra. En todo caso sabía de antemano que yo iba a ser un periodista más tranquilo y no tan aventurero como el escritor norteamericano.

            El año 1964 me vio ingresar en la Escuela de Periodismo. Mis diecinueve años aún delataban mi adolescencia. Seguía conservando rasgos juveniles, mi personalidad seguía siendo la misma. Ni atrevida, ni muy quedada. Seguía viviendo en casa siendo atendido por mi madre como si yo no hubiese crecido. Mis hermanas transitaban por un mundo que no era el mío. Mis padres trabajando en lo suyo. Quería a mis  viejos, a mis hermanas, aunque no era muy de mostrar mis sentimientos.

            En fin, de un principio me dije que debía tomarme en serio mis estudios. Y así lo hice. René por su parte siguió la carrera de pedagogía en francés.

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