ZAPATOS DE FÚTBOL

ZAPATOS DE FÚTBOL

ZAPATOS DE FÚTBOL

            Día domingo, buen tiempo para jugar al fútbol, a pesar del ardiente verano santiaguino. Bonito día para terminar con una larga jornada deportiva prolongada en el tiempo. Miguel Antonio “mediocampista con llegada”,  se despedía en secreto de su actividad favorita: el fútbol. Siempre lo jugó a nivel amateur aunque tuvo sus chances para hacerlo a nivel profesional. Sin embargo, razones de toda índole impidieron que Miguel Antonio pudiera cumplir con el más preciado de sus sueños: ser jugador de fútbol profesional. También le gustaba leer, sobre todo en invierno.

            Cuarenta años cumplía Miguel Antonio. Como sucede a la mayoría de los mortales, a él le habían sucedido episodios amables, felices, y otros tristes, dramáticos. Pero había salido adelante en compañía de su esposa y junto a sus tres hijos, dos varones de veinte años cada uno, eran gemelos, y una chica, la niña de sus ojos de quince años. Estaba contento con su familia. Una mujer hacendosa, de profesión psicóloga, unos hijos tranquilos, regalones, estudiosos. A él como chofer, dueño de un taxi, no le había ido mal en lo económico. Tipo ordenado, juicioso, sin vicios, aunque tal vez el fútbol podía calificarse como tal, pues estaba por encima de cualquier circunstancia de carácter social. Sea lo que sea, fecha significativa, él no la dejaba por el fútbol, tenía que ir a jugar, eso era lo primero.

            Su santa mujercita nunca le puso un pero. De un principio aceptó que el día en que su esposo jugaba era sagrado. Casi siempre eran los días domingos, en los cuales él la dejaba con los niños en casa de sus padres. Nunca una protesta, nunca le cantó: “Por qué, por qué, tú los domingos me abandonas por el fútbol”.

            Pero ahora se acababa el cuento. Fin, sí era el fin, se terminaba la película. Colgaba los botines y solamente lo sabía él, inclusive ninguno de sus compañeros de equipo; tampoco Raúl, su mejor amigo, lo sabía.

            Se despidió de su mujer con el beso acostumbrado. Ella por la mañana le había cantado el cumpleaños feliz. Seguro que a la vuelta le tendría una agradable sorpresa, cuestión que ya era una tradición de la familia. Se fue al garage, sacó su buen cuidado auto de procedencia japonesa, al cual lo cuidaba como hueso santo. Tenía una cábala musical cuando iba a jugar. Puso un CD y la voz nunca igualada de Frank Sinatra se escuchó: Fly me to the moon… Manejó con la pericia acostumbrada y ya estaba en el recinto deportivo, donde se desarrollaría el partido, que estaba situado en una comuna muy popular.

            Aparcó el auto y a paso lento se dirigió al camarín que le correspondía donde ya estaban algunos de sus compañeros de equipo que lo saludaron efusivamente. Una de las cosas que le gustaba a Miguel Antonio era ese momento en que se encontraba con sus camaradas y comenzaba la vieja ceremonia de prepararse para el encuentro. Casi siempre se imponían las bromas aunque ahora estaban más serios, pues se jugaban el primer puesto del campeonato.

            Llegó el momento de calzarse los botines. Grande fue la sorpresa de Miguel Antonio al ver sus zapatos completamente destrozados. Su corazón sufrió una especie de punzada. Guardó los zapatos y se quedó en un silencio que fue quebrado por Jacinto, el arquero, que le preguntó qué le pasaba, agregó que lo veía muy pálido. No supo de donde Miguel Antonio sacó fuerzas para decirle que se sentía un poco mareado y que había estado resfriado toda la semana. Por lo tanto pidió que jugara otro suplente por él.

            Y ya era el momento de salir a la cancha. Miguel Antonio procedió a vestirse y a mirar desde la grada. No se pudo concentrar en el match que su equipo ganó a un duro rival por la cuenta mínima. Solo pensaba en quién le había hecho esa criminal faena de romperle sus zapatos.

            De vuelta a casa no podía apartar de su mente la imagen de sus zapatos rotos. Estuvo a punto de chocar un par de veces. Llegó a su residencia y entró el auto en el garage. Automáticamente dirigió sus pasos a la entrada de su hogar. Abrió dispuesto a escuchar el clásico: Sorpresa. Pero nada, nadie había en su hogar. Pero qué estaba pasando. Primero sus zapatos rotos y luego nadie en casa para celebrar su cumpleaños. ¿No sería todo una pesadilla? ¿No andaría Franz Kafka de por medio con su especial narrativa?

            Suena el teléfono ubicado en una mesilla cerca de la puerta. Lo coge y contesta. “Aló, ¿quién llama? La voz tan dulce de su esposa contesta. “Sorpresa, un auto te espera afuera para llevarte a un lugar que no te lo imaginas”. Corta. Miguel Antonio sale, efectivamente, hay un auto, una limusina de color negro. Un chofer negro, levita y gorro también de color negro, lo invita con una blanca sonrisa en los labios a que entre en el vehículo. Entra. El chofer pone en marcha el auto y de paso le dice que hay una botella de champán, si es que desea beber.

            “Esto que está pasando no es verdad. Es una broma, una charada, algo fuera de la realidad”. Esto pensaba el bueno de Miguel Antonio. Después de treinta minutos llegaron a un lugar tipo parque donde había un famoso restaurante a todo lujo. Miguel Antonio baja del auto. Allí está su mujer, sus hijos, sus parientes, sus amigos, y todo el plantel del equipo de sus amores. Observa a todo el grupo y después los mira uno por uno pensando cual de ellos o ellas rompió sus zapatos de fútbol. De todas maneras en su discurso iba a agradecer la fiesta y a informar a todo el mundo que dejaba el fútbol para dedicarse a su familia y más que nada a su mujer.

Roberto Farías Vera

Södertälje, enero del 2024

            Día domingo, buen tiempo para jugar al fútbol, a pesar del ardiente verano santiaguino. Bonito día para terminar con una larga jornada deportiva prolongada en el tiempo. Miguel Antonio “mediocampista con llegada”,  se despedía en secreto de su actividad favorita: el fútbol. Siempre lo jugó a nivel amateur aunque tuvo sus chances para hacerlo a nivel profesional. Sin embargo, razones de toda índole impidieron que Miguel Antonio pudiera cumplir con el más preciado de sus sueños: ser jugador de fútbol profesional. También le gustaba leer, sobre todo en invierno.

            Cuarenta años cumplía Miguel Antonio. Como sucede a la mayoría de los mortales, a él le habían sucedido episodios amables, felices, y otros tristes, dramáticos. Pero había salido adelante en compañía de su esposa y junto a sus tres hijos, dos varones de veinte años cada uno, eran gemelos, y una chica, la niña de sus ojos de quince años. Estaba contento con su familia. Una mujer hacendosa, de profesión psicóloga, unos hijos tranquilos, regalones, estudiosos. A él como chofer, dueño de un taxi, no le había ido mal en lo económico. Tipo ordenado, juicioso, sin vicios, aunque tal vez el fútbol podía calificarse como tal, pues estaba por encima de cualquier circunstancia de carácter social. Sea lo que sea, fecha significativa, él no la dejaba por el fútbol, tenía que ir a jugar, eso era lo primero.

            Su santa mujercita nunca le puso un pero. De un principio aceptó que el día en que su esposo jugaba era sagrado. Casi siempre eran los días domingos, en los cuales él la dejaba con los niños en casa de sus padres. Nunca una protesta, nunca le cantó: “Por qué, por qué, tú los domingos me abandonas por el fútbol”.

            Pero ahora se acababa el cuento. Fin, sí era el fin, se terminaba la película. Colgaba los botines y solamente lo sabía él, inclusive ninguno de sus compañeros de equipo; tampoco Raúl, su mejor amigo, lo sabía.

            Se despidió de su mujer con el beso acostumbrado. Ella por la mañana le había cantado el cumpleaños feliz. Seguro que a la vuelta le tendría una agradable sorpresa, cuestión que ya era una tradición de la familia. Se fue al garage, sacó su buen cuidado auto de procedencia japonesa, al cual lo cuidaba como hueso santo. Tenía una cábala musical cuando iba a jugar. Puso un CD y la voz nunca igualada de Frank Sinatra se escuchó: Fly me to the moon… Manejó con la pericia acostumbrada y ya estaba en el recinto deportivo, donde se desarrollaría el partido, que estaba situado en una comuna muy popular.

            Aparcó el auto y a paso lento se dirigió al camarín que le correspondía donde ya estaban algunos de sus compañeros de equipo que lo saludaron efusivamente. Una de las cosas que le gustaba a Miguel Antonio era ese momento en que se encontraba con sus camaradas y comenzaba la vieja ceremonia de prepararse para el encuentro. Casi siempre se imponían las bromas aunque ahora estaban más serios, pues se jugaban el primer puesto del campeonato.

            Llegó el momento de calzarse los botines. Grande fue la sorpresa de Miguel Antonio al ver sus zapatos completamente destrozados. Su corazón sufrió una especie de punzada. Guardó los zapatos y se quedó en un silencio que fue quebrado por Jacinto, el arquero, que le preguntó qué le pasaba, agregó que lo veía muy pálido. No supo de donde Miguel Antonio sacó fuerzas para decirle que se sentía un poco mareado y que había estado resfriado toda la semana. Por lo tanto pidió que jugara otro suplente por él.

            Y ya era el momento de salir a la cancha. Miguel Antonio procedió a vestirse y a mirar desde la grada. No se pudo concentrar en el match que su equipo ganó a un duro rival por la cuenta mínima. Solo pensaba en quién le había hecho esa criminal faena de romperle sus zapatos.

            De vuelta a casa no podía apartar de su mente la imagen de sus zapatos rotos. Estuvo a punto de chocar un par de veces. Llegó a su residencia y entró el auto en el garage. Automáticamente dirigió sus pasos a la entrada de su hogar. Abrió dispuesto a escuchar el clásico: Sorpresa. Pero nada, nadie había en su hogar. Pero qué estaba pasando. Primero sus zapatos rotos y luego nadie en casa para celebrar su cumpleaños. ¿No sería todo una pesadilla? ¿No andaría Franz Kafka de por medio con su especial narrativa?

            Suena el teléfono ubicado en una mesilla cerca de la puerta. Lo coge y contesta. “Aló, ¿quién llama? La voz tan dulce de su esposa contesta. “Sorpresa, un auto te espera afuera para llevarte a un lugar que no te lo imaginas”. Corta. Miguel Antonio sale, efectivamente, hay un auto, una limusina de color negro. Un chofer negro, levita y gorro también de color negro, lo invita con una blanca sonrisa en los labios a que entre en el vehículo. Entra. El chofer pone en marcha el auto y de paso le dice que hay una botella de champán, si es que desea beber.

            “Esto que está pasando no es verdad. Es una broma, una charada, algo fuera de la realidad”. Esto pensaba el bueno de Miguel Antonio. Después de treinta minutos llegaron a un lugar tipo parque donde había un famoso restaurante a todo lujo. Miguel Antonio baja del auto. Allí está su mujer, sus hijos, sus parientes, sus amigos, y todo el plantel del equipo de sus amores. Observa a todo el grupo y después los mira uno por uno pensando cual de ellos o ellas rompió sus zapatos de fútbol. De todas maneras en su discurso iba a agradecer la fiesta y a informar a todo el mundo que dejaba el fútbol para dedicarse a su familia y más que nada a su mujer.

Roberto Farías Vera

Södertälje, enero del 2024

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