Memorias de un viejo adolescente

Memorias de un viejo adolescente

Novela por entrega de Roberto Farías Vera

CAPÍTULO XVII EL VIEJO

En mi balcón como un vigía empedernido, escudriño, observó, atisbo, lo que alcanzan a divisar mis ojos. No soy un Rodrigo de Triana que en la nao Santa María gritará “Tierra, Tierra”. Soy lo que soy en un momento en que en otros lares la tierra se estremece, reclama, a través de inundaciones, incendios, el maltrato que le estamos dando. Eso por un lado. La televisión nos informa que los talibanes ya están instalados en Kabul, que pronto asumirán el gobierno y que las mujeres afganas volverán a la rutina del hogar, que no irán a la escuela, que… etc. Los Estados Unidos se retiran, al igual como lo hicieron en Vietnam, con el rabo entre las piernas.

            Bebo mi café habitual mañanero. Sorbos breves, un libro descansa en mis manos. El peso de la noche, una buena novela de Jorge Edwards, un escritor que supo vivir echándose al bolsillo a todos los regímenes políticos que se dieron en Chile. Se supo manejar con la derecha, con la izquierda, con el centro, con la dictadura militar; en fin  quien soy yo para juzgar a mis semejantes.

            Allí está el sol fiel a su rutina. Siempre hace lo mismo, eterna cantinela. La luna también se repite. Los dos se mueven en un movimiento repetido por siglos. Nosotros, los frágiles seres humanos, caemos en el mismo juego. Levantarse, hacer las faenas del día; luego, por la noche,  acostarse, dormir, soñar los mismos sueños, a veces sueños nuevos. Nos cae el peso de la noche, pesadillas, muy bien narrado por Jorge Edwards.

            No obstante, lo que sucede hay que asumirlo y salir a la calle tomando las precauciones que corresponde; la pandemia, el covid 19, está sembrando de cadáveres todo el planeta Tierra. Pues bien, abandono el balcón. Dejo el libro de Edwards en un librero. Ya está leído, luego lo comentaré con el escritor y con el historiador en el café si nos dejan hacerlo  los otros concurrentes que no van mucho por los libros.

            Salgo un poco a la ligera del hogar, no me vaya mi mujer a salir con un encargo de última hora, aunque seguro que hace uso del móvil y debo comprar algo que falta para el hogar. Estoy en el café del BILTEMA, el Historiador ya está instalado bebiendo del café malo del establecimiento según dicen todos los miembros del grupo. Nos saludamos, poco tiempo para entablar una conversación que vaya por los caminos de la historia. Llega el resto de la pandilla. Ocupamos dos mesas. La norma permite solo sentarse cuatro personas en una mesa. La rutina, las conversaciones de siempre, la farándula política en primer lugar. Los resultados de las primarias en Chile. Jadue se fue a las pailas, fuera de combate. Nosotros formamos un grupo de apoyo a Jadue e hicimos un par de actividades para juntar dinero para su campaña. 

Dejamos la parte seria para el momento de las bromas. Se comenta de quienes saben nadar. Luchín el más joven de la pandilla, no sé porque está en el grupo, solo tiene los lindos años que son los cuarenta, nos dice que Pedro, a quien apodamos, el Curandero de la Tribu, aprendió a nadar a un lado del grifo que le entregaba agua a la población. Nos reímos bastante. El aludido no se inmutó y también se rió celebrando la ocurrencia de Luchín. Luego la conversación giró hacia acontecimientos sobrenaturales, aquellos episodios que no se pueden rescatar de la lógica. El tema lo inició Juan Luis, enfermero, quien nos contó que no pudo viajar a España, pues el mismo día del viaje su señora se enfermó. Agrega que era un segundo intento de viaje. El primero fracasó porque cuando iban a viajar el primer ministro sueco informó, aconsejó, no viajar a ninguna parte por el tema del virus. Cada uno contó historias al respecto de los hechos que escapan a un raciocinio real, concreto. Que a veces recibimos señales de algo que no debíamos hacer, pues nos traería una desgracia. Y se fue la mañana. Me llamó mi mujer y tuve que ir al supermercado a comprarle algunos artículos.

            Después de las compras, rumbo a casa, meditaba en los temas sobrenaturales. De pronto sentí que mi móvil sonaba y tuve la intención de contestar, pero como iba manejando no lo hice; en todo caso aminoré la velocidad hecho que me ayudó providencialmente  más de la cuenta a la salida de la carretera y evité un choque espectacular con un inmenso camión de carga. Una vez más había salvado mi vida por una señal subliminal. Comenté el hecho a la semana siguiente en el BILTEMA y nuestro impagable mitómano amigo Aquiles dijo que en ese mismo instante él me estaba llamando por su móvil, que esa llamada suya había salvado mi vida. Su declaración sacó aplausos de la pandilla.

CAPÍTULO XVIII EL ADOLESCENTE

            Iba de tumbo en tumbo haciendo barrabasadas, estudiando lo básico, cuando surgió de improviso una chica muy pero muy especial. Eva fue un regalo que me hizo la divina providencia. Mejor hablemos de casualidades, nada tuvo que ver lo cósmico, lo sobrenatural. Mi encuentro con Eva se dio como se dio y punto.

            Pasé por su domicilio ubicado muy cerca de mi casa. Eva a la salida de su portal comía al parecer una deliciosa manzana. Pasé al lado de ella, sentí el aroma de la manzana, sentí los perfumes que emanaban de ella. Me quedé mirándola como un niño despistado. Ella me habló.

            -Me das la impresión de que quieres comerte mi manzana. ¿La quieres? Solamente tiene un par de mordidas.

            Y se largó a reír con una risa cantarina que todavía me persigue. No sé la razón por la cual aún perdura en mis oídos.

            Lanzó la manzana en el jardín de su casa y comenzó a caminar a mi lado. Una cierta timidez me invadió. No se me ocurría decirle nada. Ella, con un lenguaje muy fluido, me contó que hacía poco se había instalado con sus padres y seis hermanos en la capital. Provenían del norte de Chile, de Arica, La Ciudad del Sol. Su padre era profesor universitario y su madre tenía como profesión ser secretaria. A continuación me dijo que tenía una fiesta en su liceo y que si quería acompañarla. Le dije que sí y quedamos convenidos a juntarnos a la hora que ella propuso. Tenía que ir a buscarla a su casa. Enseguida se alejó de mí y comenzó a correr. Recién me di cuenta que tenía puesto ropa especial para hacer footing. Esto me llamó la atención, pues no existía la costumbre de salir a correr y menos en las mujeres. Se alejó, sus cabellos largos de un color negro azabache, se movían al compás de su cuerpo. Un cuerpo joven, elástico, bien formado.

            Eva, encanto de mujer. Atractiva, dotada de una personalidad diferente al común de las chicas que conocía. Nunca estuve seguro de por dónde iba a salir. Lo pasamos bien en la fiesta. Bailamos, conversamos. El resto de la concurrencia debe haber llegado a la conclusión de que formábamos una pareja. Vinieron más salidas, al cine, a conciertos rockeros, le encantaba bailar rock. El tiempo se iba con ella raudo, fugitivo. Eva, alegre, optimista. “La vida es para vivirla jovencito, nada de dramas conmigo”.

            Ella estudiaba en un liceo de niñas, su sueño era llegar a ser actriz de teatro y de cine. De pronto escenificaba a Julieta o bien a Ofelia, ambos personajes creados por Williams Shakespeare. Llevada por su especial locura me obligaba a acompañarla en algunos diálogos y algunas acciones. Yo no lo hacía con mucho gusto, pues era negado para la actuación. En su liceo presentaron una obra de teatro donde ella hacía un papel secundario. Fui a verla y quedé impresionado por su actuación. Recuerdo que me dije, fumando un cigarrillo un poco a escondidas, que ella en el futuro sería una brillante actriz.

            Una tarde vino a visitarme a casa en forma imprevista. A principios del verano, lucía una minifalda roja, prenda que poco a poco se estaba imponiendo en la vestimenta femenina. No había nadie en casa. Recorrió toda la residencia, al final entró en mi dormitorio y se dejó caer en mi cama. Retozó un poco para luego decirme: “Ven aquí jovencito, seguro que te acuerdas de la manzana, cuando nos conocimos, pues la manzana ha regresado, ven aquí, te la puedes comer”.

            Me costó un poco tomar la decisión de ser un Adán moderno e ir a por ella. Después de mi desgraciado debut en un lupanar este era mi primer asalto al cuerpo femenino, mi primera experiencia, sin tener que pagar por tener sexo. No podía creerlo, me la estaban entregando en bandeja. Lo único que puedo decir es que fue maravilloso a pesar de que tuvo su complejidad, su problemática. Ella era primeriza y yo, la verdad absoluta, no era muy ducho en esos tiempos en la asignatura sexual. 

            Después del acto ambos nos quedamos profundamente dormidos. Despertamos al mismo tiempo al escuchar las voces de mis padres. Nos vestimos apresuradamente y cargando ciertas vergüenzas bajamos las escaleras. Mis padres simularon muy bien su sorpresa.

            Después no hubo más encuentros. De ninguna especie. Traté de encontrarla, pero fue inútil. Diablos, la echaba de menos en todas las circunstancias. Estaba enamorado de cuerpo entero.

Un día al pasar por la casa de Eva me di cuenta que estaba desocupada. Pregunté a los vecinos si sabían algo de la familia Carvajal. Nada de nada. Los habitantes de esa casa habían desaparecido misteriosamente de la faz de la tierra.

Mi vida, mi atolondrada vida, sufriendo una barbaridad un nuevo golpe. Me hacía múltiples preguntas destinadas a no tener respuestas: ¿Por qué la vida me había dado una maravillosa mujer y me la quitaba de inmediato? ¿Por qué mi destino era tan complicado? ¿Por qué un ser o un dios omnipotente me hacía tamañas jugarretas? Sufría, estaba sumido en un túnel, en las sombras, en el lado oscuro. Mi familia, por supuesto, muy preocupada por mí no hallaba qué hacer. El tiempo, solo el paso del tiempo podía ayudarme a superar ese momento crucial por el cual me deslizaba.

Recordando y repitiendo varias veces la frase dicha por Eva: “La vida es para vivirla jovencito, nada de dramas conmigo”, traté de salir adelante. Al fin y al cabo solo era un adolescente, quien sabe, a lo mejor iban a haber más Evas en mi futuro.

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