Sábado 18 de Noviembre del 2017

La justicia en Chile tarda, pero llega

 

La justicia en Chile tarda, pero llega


El martes 29 de agosto recién pasado asistimos a una sobria y emotiva ceremonia en la residencia de la embajada de Chile, en ella, a nombre de la presidenta Michell Bachelet y la nación, el embajador José Goñi entregó un muy merecido reconocimiento a tres entrañables amigos suecos, por su constante aporte cultural por más de cuatro decenios y su sostenido apoyo al retorno de la democracia a nuestro país.

Por fin Chile ha comenzado a hacer justicia también en lo cultural.

Sonja Martinson Uppman, se encontraba en Chile el 11 de septiembre de 1973; a pocas horas del golpe se presentó en su embajada y Harald Edelstam, reconociendo sus condiciones como organizadora, la puso a cargo de la sede de la embajada de Cuba, cuyos intereses Suecia había asumido tras la agresión de los golpistas a su representación y la ruptura de relaciones; después de un tiempo en Cuba, a su vuelta a Suecia Sonja no había olvidado a Chile, devino en factor central para el éxito en la reunión de las obras que artistas plásticos suecos donaran al actual Museo de la Solidaridad Salvador Allende, hoy una activa institución que rescata la memoria de la solidaridad del mundo por Chile.

Por ello y bastante más, Sonja recibió un diploma que atestigua nuestro reconocimiento.

Jan Hammarlund es prácticamente el único trovador sobreviviente de los que se enamoraron de la nueva canción chilena y nos obsequiaron sus traducciones de Violeta, de Neruda y Víctor Jara, fortaleciendo la solidaridad sueca durante la dictadura; ya en 1974 entregó al Chile Kommitté una disco LP bajo el título “Tusentals Stjärnor över Chile”; en 1988, arriesgó su vida en plena dictadura participando en la gran campaña “Chile Crea” que contribuyó a que Pinochet perdiera el plebiscito que lo obligó a dejar la presidencia; incansable, como lo conocemos, nos sigue acompañando hasta hoy en cuanta actividad referida a nuestra cultura emprendamos.

Arja Saijonmaa, artista por todos nosotros conocida y admirada, finlandesa-sueca, también ha estado con nosotros por más de cuatro décadas; en su relación con Chile figuran su trabajo y su voz en la musicalización del Canto General de Neruda realizada por el gran músico y pacifista Mikis Thedorakis; desde entonces parece haber quedado encantada por la música y la poesía chilenas, la conocemos mayormente por su versión en sueco de Gracias a la Vida, con la que, además, sorprendió al mundo y a los chilenos interpretándola en la emocionante ceremonia fúnebre por Olof Palme; Arja nos acompañó en los primeros años solidarios de Suecia y, entiendo, de ahí nació su permanente trabajo en conjunto con nuestro gran Inti Illimani.

Arja y Jan recibieron la “Orden Cultural Pablo Neruda” -medalla y diploma- distinción creada el 2004, con el fin de destacar los aportes de trabajadores culturales nacionales y extranjeros. En el caso que comentamos, más que merecida distinción.

El embajador Goñi al entregar las distinciones, colocando el evento en su contexto nos hizo recordar que las relaciones entre ambos países se extienden a lo largo de nuestros 200 años como nación independiente. Algo que aún sorprende a muchos.

En efecto, Mathias Arnold Hävel, de Gotemburgo, se radicó en Chile en 1808, introdujo las imprentas, proveyendo la que imprimió nuestro primer noticiario, “La Aurora de Chile, altamente involucrado en la lucha por la independencia, llegó a ser capitán en nuestro ejército libertador y el primer intendente de Santiago en 1817. Otro hito importante entre aquellos primeros contactos es la firma de un convenio bilateral en 1819 sobre inversiones y que contempló 6 becas para que ingenieros chilenos estudiaran técnicas de minería en la Universidad de Uppsala. El recuerdo de esa larga relación bilateral entre nuestros países que el embajador nos hiciera, de una historia común plagada por la presencia en Chile de empresas suecas y de estudiantes chilenos completando su formación en las aulas nórdicas, nos insta a buscar la manera de rescatar esa historia.

Hace cincuenta y pico años vine a Suecia por estudios, entonces los chilenos escasamente pasábamos de 10, incluyendo el personal diplomático. Hoy hemos rebasado las 60.000 almas, como se suele decir, considerando descendencias hasta las tres generaciones, creo. En ese proceso hay una rica historia comercial y cultural. Podemos vislumbrar en él la necesaria conexión cultural que sustente la globalización que, para salvar el planeta, necesitamos. Nuestros solidarios amigos suecos, personificados en los tres distinguidos el martes pasado son buena muestra de lo planteado y su ejemplo ya nos muestra positivos resultados, también dignos de consignar.

Germán Perotti

1 de septiembre, 2017

 


 

 

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