Sábado 20 de Julio del 2019

La Concertación: “…Sin el pueblo, a espalda del pu

La Concertación: “…SIN EL PUEBLO, A ESPALDAS DEL PUEBLO, LEJOS DEL PUEBLO”

Elias Vera Alvarez

A casi un año de su derrota electoral, la Concertación de Partidos por la Democracia todavía no hace un esfuerzo serio y profundo para analizar las causas de este hecho como extensión de la realidad política y social del país. La multipartidaria insiste en seguir habitando en una burbuja ajena al acontecer histórico y a lo que ocurre en lo hondo y en lo cercano del alma nacional. Adscribiéndose a la falsa teoría de la muerte de las ideologías, persiste en colaborar con la derecha en cimentar la hegemonía de la política y la ideología de ésta, las que tienen como dioses al mercado, el lucro y el individualismo acérrimo. En un marco de mínimalización democratica.

La derrota de la dictadura en 1988-89, inauguró en el país la expectativa de creación de un gran movimiento político y social orientado a restaurar y profundizar gradualmente la democracia en todos los ámbitos de la vida nacional. Obviamente, sus objetivos fundamentales de largo plazo eran: desmantelar los enclaves del poder autoritario, reestablecer y fortalecer la vigencia del respeto a los derechos humanos, dar voz escrita, hablada y visual a los pensamientos y aspiraciones de la ciudadanía, desarticular las estructuras económicas creadoras de una desigualdad social sin precedentes, restituir plenamente el derecho a la sindicalización y al respeto de los derechos laborales, poner fin a la fraudulenta Constitución Política de Pinochet. Y muchos otros de tracendental significación para la nueva vida democrática de la Nación. Tal era el contenido básico del mandato moral y electoral recibido por la Concertación de parte de la ciudadanía, tanto en el plebiscito de 1988 como en la elección presidencial de un año después. Hoy –después de cuatro gobiernos concertacionistas- constatamos que ninguno de dichos objetivos fundamentales ha sido logrado. Algunos no han sido ni siquiera acometidos. Al contrario, tenemos los ejemplos de cómo el devastador sistema neolberal en lo económico y la corrupta Constitución de Pinochet en lo político - durante estos largos veinte años- han sido bendecidos, validados, fortalecidos y consolidados por los gobiernos de la Concertación.

Si en la perspectiva de realizar un juicio ecuánime de las realizaciones de los gobiernos concertacionistas que pueden calificarse como positivas, colocáramos éstas en la misma balanza que aquellos trascendentales mandatos ciudadanos omitidos, tendriamos que admitir que lo realizado corresponde a realizaciones tal vez importantes, pero de menor significación política, por cuanto éstos estaban de una y otra manera implícitos de modo perfeccionado, en aquellos que fueron ”olvidados”. Las realizaciones específícas pierden así su trascendencia, pues la gravedad y el peso de los compromisos omitidos, soslayados y traicionados por la Concertación son enormes y en ningún modo, comparables con nada de lo edificado por el conglomerado. Se puede argumentar en favor de éste, que durante veinte años debió afrontar la oposición de una derecha virulenta, beligerante y destructiva, que condujo demasiadas veces a la desnaturalización o al simple rechazo de muchos proyectos políticos. Esto lo conoce todo el país. Sin embargo, no hay aquí una justificación definitiva del fracaso del compromiso que la Concertación adquirió con la ciudadanía el año 1989. Su falta original es aún mucho más grave y decisiva.

Efectivamente, el gran pecado y la gran causa del fracaso social y electoral concertacionista surgen directamente de su distanciamiento de la ciudadanía. Un distanciamente que no es producto de la fatalidad o de la casualidad. En absoluto. Se trata de un distanciamiento que en un comienzo pudo haberse visualizado tal vez, como práctico y ocasional, pero que el tiempo fue articulando como decidido, deliberado y sistemático. La Concertación abandonó gradualmente los vínculos con esa gran masa ciudadana que hizo posible el triunfo del NO y fue cerrando los canales de comunicación con ella, hasta devenir en un ente superestructural aislado del pueblo. Hizo exactamente lo contrario de lo que debió haber hecho, es decir, extender su espíritu y su organización a lo largo y a lo ancho del país, creando miles de centros políticos, cuya función fundamental habría sido la de debatir, opinar, proponer, ser órganos de consulta, de movilización y de apoyo de su actividad política. Al contrario, se esforzó incluso por limitar, o simplemente, cerrar sus propios registros de militantes, para evitar la existencia de una masa activa de adherentes que pudieran acarrear incómodas exigencias democratizadoras al interior de los partidos. Por esta razón, la existencia real de la Concertación se concentra en los aparatos cupulares de sus partidos y en su representación parlamentario. Más allá, la Concertación practicamente no existe.

Así, la Concertación cerró oídos, corazón y razón a las voces provenientes de la ciudadanía que clamaban por la democracia real y efectiva por la que habían luchado y votado. Se acomodó a las imposiciones del sistema binominal que tergiversan la voluntad popular y determinan que el pueblo vota pero no elige y se transformó en una cofradía de mandos superiores e inferiores que degustaba - a la par de sus congéneres de la derecha- de los privilegios del poder. El pueblo o la ciudadanía pasó a ser un mal necesario al cual era necesario acudir en tiempo de elecciones para renovar los mandatos que le concitaban tantas satisfacciones.

La experiencia de la cruel dictadura pinochetista, así como el mandato liberador recibido de la ciudadanía señalaban a la Concertación una manera de hacer política totalmente diferente a la tradicional y ajena a todo superestructuralismo. Su responsabilidad ética era la de afianzar su programa y su hacer político en la ciudadanía, la que aspiraba a ser incorporada de una y mil maneras a su pensamiento y a su gobierno. La función liberadora post-dictadura implicaba naturalmente objetivos de corto y de largo plazo, pero su meta final -utópica si se quiere- no era otra que la inversión de la pirámide de mando dictatorial, para dar expresión a políticas y proyectos generados y “movilizados” desde la base ciudadana. Para ello, se necesitaba la participación y la movilización de una amplia mayoría ciudadana por todos los confines del país. La Concertación no sólo no lo quiso, sino que lo impidió. Consecuentemente, su debilidad política y orgánica -y su descomposición de hoy- es directamente proporcional a su desarraigo popular.

He aquí, cómo tuvo a lugar el asesinato aleve de la fe democratizadora y participativa de una ciudadanía que aspiraba a ser sujeto de la nueva política. He aquí la idiotez aislacionista convertida en el summum de una supuesta legitimidad política y representativa. He aquí el pecado político genérico, madre y oportunidad de todo fracaso y de toda corrupción. La Concertación tergiversó tácitamente la vieja máxima de Abraham Lincoln y la convertió en el leitmotiv de su acción política: “… sin el pueblo, a espaldas del pueblo, lejos del pueblo”. Consecuentemente, el triunfo de los herederos de Pinochet en la última contienda presidencial no es un mérito de la derecha, menos de Sebastián Piñera, sino un ”mérito” exclusivo de la Concertación.

Curiosamente, esta derrota electoral pareciera haber tenido el tardío y raro efecto fisiológico de destapar los oídos y afinar las antenas receptoras del agónico conglomerado concertacionista. Con distintos tonos y mayores o menores sentimientos de contrición, se oye decir a sus representantes: ”Hemos cometido el pecado de no oír la voz de la ciudadanía”… “debemos enmendar rumbos”… es necesario crear una nueva Concertación que interprete plenamente los intereses de la gente, … “ Y así por el estilo. Y entonces, uno no sabe si reír o llorar. Reír por el involuntario chiste que se nos espeta o llorar por la negra hipocresía con la cual se nos quiere señalar a la inadvertencia como causa de tanta sordera. En el lenguaje popular, a este procedimiento se le llamaría “tratar de embolinarnos la perdiz”. Pero ya no son tiempos de engatusar perdices ni es posible seguir confundiendo liebres con gatos. La verdad ha acabado por imponerse por si misma. Aunque la misma Concertación insista en no querer verla ni admitirla.

Cualquier ciudadano con dos dedos de frente podrá advertir que la sostenida actitud de abandono y de aislacionismo de la Concertación respecto de la ciudadanía es irreparable. Igualmente, que la defraudación de la confianza popular recibida adquirió, hace ya mucho rato, caracteres definitivos. Y que la posibilidad de transformación política, orgánica y moral de la Concertación es un espejismo absoluto. Sus anuncios de “repensarse” a si misma, de crear nuevos y transformadores programas para una nueva realidad política y social, de fundar un renovado ente político intérprete de los grandes anhelos nacionales, son promesas fuera de toda realidad. Éstas no pueden ir más allá de una estrategia de rebuscadas alianzas y compromisos electorales que sólo pueden producirse en la superestructura, lejos de todo asentamiento social, lo que sólo puede conducir a renovadas defraudaciones. La razón es simple, muy simple: ninguna transformación revolucionaria es posible en Chile, ni en ninguna parte, sin la participación activa de toda la ciudadanía. Y no hablamos de participación electoral, sino de participación soberana y fundacional.

El primer paso para acometer tal transformación fundamental surge de la obligación ética anterior de abolir la Constitución Política de la dictadura y reemplazarla por una nueva, concebida, discutida, elaborada y sancionada por toda la ciudadanía, a través de un plebiscito. Este único hecho debe implicar una transformación rotunda en la manera de hacer política y el logro de un real y justo equilibro de las fuerzas sociales involucradas en ella. La Concertación ha demostrado contundentemente estar en contra de dicha iniciativa y por cierto, tiene serios motivos para ello, pues una nueva Constitución, elaborada a a través de una asamblea constituyente, significaría probablemente su desaparición definitiva del mapa político nacional. Y con ello, la desaparición del status, las regalías, dietas y otros privilegios de sus representantes. No hay argumentos más disuasorios que éstos ante tal perspectiva.

Por tanto, de aquí en adelante -y como siempre- los esfuerzos de la Concertación no estarán dirigidos a hacer una gran revolución política y social que la reivindique, sino apenas a tratar de crear condiciones propicias para ganar la próxima elección presidencial. Dificilísima tarea, pero en sus planes no está considerado el suicidio postrero, sino intentar la supervivencia. Por tanto, debemos estar prestos a conocer los inútiles “sorprendentes conejos y palomas” que el mago concertacionista comenzará a sacar próximamente de su sombrero mágico, pretendiendo encantarnos y convencernos que debemos acompañarlo a las urnas en 1914. §

 

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