Miercoles 21 de Noviembre del 2018

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Mi deuda de amor

 

Este trabajo fue realizado en el Taller de Literatura del Adulto Mayor, auspiciado por la Municipalidad de Valparaíso y dirigido por la profesora Judith Maury Reyes en el año 2008. De carácter autobiográfico, es un emotivo testimonio, entre muchos, de los que acaecieron en tiempos siniestros.

 
                                  Mi deuda de amor
                       Relato de Sonia Farías, profesora

 
     Desde un muro del camino de Cintura, cerro Mesilla de Valparaíso, se desprende suavemente mi antiguo alumno. Su rostro diáfano, risueño, con el bigotillo que adorna su labio superior. Sus ojos negros, límpidos, transparentes, agudos, afectuosos, me acogen con un cálido abrazo fraterno.

     No puedo detener mis lágrimas, sollozos ahogados en mi pecho, un nudo atorándome en la garganta. Impotencia, recuerdos, recuerdos.

     Años, años atrás, en una noche otoñal, miraba la vitrina de una zapatería, cuando una voz infantil le dice a su madre: “mamá, mamá, mi señorita de la escuela, ¡está aquí, en la calle!”... El niño, al llegar a la escuela, me encontraba ahí y al despedirse, al término de la jornada, con un besito de despedida, yo seguía allí.

     - Sí, sí, -respondió su madre amablemente– también ella sale de compras- y nos despedimos, con un efusivo abrazo, hasta el día siguiente.

     Alejandro, era el menor de siete u ocho hermanos. Su madre había sido distinguida como la mejor madre del sector, por su dedicación y entrega a la familia. Su padre, era un esforzado hombre de bien.
     
     Niño bien cuidado, inteligente. Cuando cursaba segundo básico, su madre muere de cáncer. Yo acompaño a la familia en el sepelio, terminada la ceremonia en el cementerio, el niño le dice a su padre y hermanos: “ahora me voy con mi señorita Sonia, ella es mi segunda mamá”. Yo, turbada, emocionada, no supe qué hacer, el chico había cogido mi mano.

     No recuerdo los argumentos que le dieron los familiares, para desprenderse de mí, mas se fue sin llanto ni coacción imprudente.

     Evoco el vínculo maestra-alumno, fraternal, sin problemas. En cuarto año básico enseñé los primeros movimientos de ajedrez. Alejandro ya los sabía por sus hermanos, con los cuales practicaba, convirtiéndose entonces en un experto.

     En séptimo año fue campeón comunal y provincial de ajedrez. El director de la escuela, ufano del alumno, lo llevaba en su auto a las competencias, fotos publicadas en el diario “La Estrella” del Puerto, adornaban diarios murales. Los retratos fotográficos de Alejandro, pegadas a un mural, servían de publicidad al establecimiento escolar.

     Pasaron los años. Dejé de saber de esa camada de alumnos, los que ya son jóvenes; me saludaban en la calle, cuando nos encontrábamos.

     Un día de agosto -¿1988?-, caminando por el centro de Valparaíso, un joven alto, buen mozo, me alza en un abrazo, dejándome en el primer escalón de acceso a una tienda, para quedar a su altura. –“¡Míreme, míreme, señorita Sonia!”- Reconozco sus límpidos ojos, alegres, -“¡Alejandro Pinochet!” –Sí, señorita Sonia, seré profesor de Ciencias Sociales, como usted… me queda poco. ¡Seremos colegas!...”

     Nos despedimos, contentos. Yo, agradecida de mi profesión, que me daba esa satisfacción moral de gratitud.

En octubre, otro exalumno, viene a mi casa a darme la noticia: “Alejandro, fue secuestrado por la CNI en Santiago. Nadie sabe lo que le ocurrió, más que sus captores”.

     Cuando difundí la noticia en la escuela, bajé al submundo de la cobardía. El director no lo recordaba. Todos mis colegas se excusaban de no reconocerlo como alumno regular, sólo una colega amiga, me consoló y lo reconoció.

     ¡Alejandro Pinochet Arenas, detenido desaparecido!... He asistido a muchas manifestaciones exigiendo conocer el destino de los detenidos desaparecidos. He visto a su padre, añoso ya, luchando por encontrarle. Fuiste de los últimos mártires del gobierno militar.

      En el Cerro Mesilla, camino Cintura, encontré tu cara mirándome desde un muro…
      Escribo estas últimas letras, con los ojos húmedos.
      Espero que me abraces, cuando marche a tu dimensión…
 
 

 

 

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