Domingo 23 de Septiembre del 2018

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Ante el 110º aniversario del Compañero Presidente

Por: Mario Amoros. - Recordar a Salvador Allende exige ir más allá de la inmensa tragedia del 11 de septiembre de 1973 (y después), de su heroica muerte en La Moneda. Recordar a Allende requiere recorrer su apasionante trayectoria política y la historia de Chile y de la Izquierda en el siglo XX.


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Por: Fernando Martínez Peña. En mi concepto la Solidaridad es sinónimo de empatía frente a las injusticias y cuando es soberana, no tiene limite ni fecha para mantenerse activa enfrente al cualquier brutal altanero. Era el años 1977 cuando aterrizaba junto a mi familia, en el pequeño aeropuerto de la ciudad


Ante el 110º aniversario del Compañero Presidente

 

Ante el 110º aniversario del Compañero Presidente

Recordar a Salvador Allende exige ir más allá de la tragedia del 11 de septiembre, requiere recorrer su apasionante trayectoria política.

Mario Amorós. Historiador y periodista. La madrugada del 5 de septiembre de 1970 Salvador Allende salió al balcón del viejo caserón que la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile tenía frente a la Biblioteca Nacional, en la Alameda. No había un lugar más simbólico para dirigir sus primeras palabras al país como futuro Presidente, porque su bautismo de fuego se produjo precisamente en la Universidad de Chile en la segunda mitad de los años 20, cuando llegó a Santiago para estudiar medicina, tras cumplir el servicio militar de manera voluntaria.

Descendiente por vía paterna de una familia que tuvo un papel destacado en la lucha por la independencia nacional y después en la pugna por la democratización del país desde las filas del Partido Radical y la masonería (con el ejemplo luminoso de su abuelo Ramón Allende Padín), hijo de un abogado que terminó sus días como notario de Valparaíso, Salvador Allende Gossens (Santiago de Chile, 26 de junio de 1908) asumió desde muy joven un compromiso social y político inusual en un muchacho de su clase social.

1933 marcó el rubicón en su trayectoria al tomar parte en la fundación del Partido Socialista en Valparaíso. Su ascenso fue verdaderamente meteórico: secretario regional del PS desde 1935, vicepresidente del Frente Popular porteño desde 1936, elegido diputado en marzo de 1937, responsable local de la campaña presidencial de Pedro Aguirre Cerda que llevó al histórico triunfo del 25 de octubre de 1938 y subsecretario general del PS desde diciembre de ese año. Y el 28 de septiembre de 1939 Aguirre Cerda le designó ministro de Salubridad cuando tan solo contaba con 31 años.

Entre enero de 1943 y agosto de 1944 le correspondió ocupar la secretaría general del Partido Socialista. En 1945 fue elegido senador por primera vez. En 1947 y 1948 se distanció del sector anticomunista del socialismo y criticó firmemente la persecución del Partido Comunista por el Gobierno de Gabriel González Videla. Y cuando la mayor parte de sus compañeros apostó por la opción populista de Ibáñez para la contienda presidencial de 1952 supo reagrupar junto a los comunistas en el Frente del Pueblo a las fuerzas de izquierda que apostaron por un camino singular en el contexto de la guerra fría.

En 1958 ya con el socialismo reunificado y la izquierda fortalecida en el Frente de Acción Popular, quedó a 33.000 votos de La Moneda y fue el candidato más votado por el electorado masculino. Algunas irregularidades en el escrutinio y la inopinada aparición de un curioso personaje, el “cura de Catapilco”, le privaron de la victoria, que correspondió a Jorge Alessandri. En 1964 la batalla presidencial le enfrentó con un viejo amigo, Eduardo Frei Montalva, pero también con la CIA y el Gobierno de Lyndon Johnson, que financió una increíble campaña de propaganda anticomunista que ya había dado resultado en Italia en 1948. Su tercera derrota no le indujo ni a moderar sus posiciones, ni tampoco a aceptar el estruendoso proceso de radicalización (retórica) de su partido a partir del Congreso de Chillán de 1967.

Muy pronto advirtió de las limitaciones del programa reformista de la Democracia Cristiana y de la hipocresía de la “Revolución en Libertad”. La fundación de la Unidad Popular en octubre de 1969 reafirmó su correcto análisis político: por primera vez, junto con la izquierda marxista confluían fuerzas tradicionalmente centristas (Partido Radical), de inspiración cristiana (el MAPU) y otros sectores (API y PSD). La campaña de 1970 terminó de alumbrar un inmenso movimiento popular que abrió las puertas de la historia aquel inolvidable 4 de septiembre de 1970.

El 3 de noviembre, después de sesenta días extremadamente convulsos, Salvador Allende se terció la banda presidencial y se inició uno de los procesos políticos que mayor esperanza despertaron en el siglo XX. Nuestro Compañero Presidente representa ante la humanidad aquel proyecto político, aquel tiempo de las cerezas, tan similar al cantado en la bella canción de la Comuna de París, un siglo atrás.

Recordar a Salvador Allende exige ir más allá de la inmensa tragedia del 11 de septiembre de 1973 (y después), de su heroica muerte en La Moneda. Recordar a Allende requiere recorrer su apasionante trayectoria política y la historia de Chile y de la Izquierda en el siglo XX.

 

 

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