Martes 12 de Diciembre del 2017

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                                          Alacranes            Patricia Paredes Flores
 

La Caja

Era finales de invierno en el trópico, donde lo único invernal es la humedad, sin embargo hacía un calor sofocante. Cuando no llovía, el sol ejercía a plenitud su cargo de astro rey. Uno de esos días nos cambiamos de casa. No hizo falta camión para la mudanza ni contratar cargadores, porque nos cambiábamos a tan solo doscientos metros de distancia del lugar en que vivíamos. Yo tenía siete años, Cecilia once y Felipe, el pequeño, cuatro. Me hacía mucha ilusión la nueva casa junto al Estero Salado, el exiguo brazo de mar que rodeaba la ciudad evitando que muriera de bochorno. El agua salobre del estero lamía el manglar cuyas raíces parecían las patas de gigantescos arácnidos, clavados para siempre en el lecho del riachuelo. La parte que permanecía sumergida en el agua estaba poblada de moluscos de concha oscura y las ramas tupidas de verdor servían de balcón para las garzas, nido de patos cuervos y vivienda de iguanas, que se tendían a tomar en sol en las copas y bajaban a servirse restos de hortalizas que mi madre les ponía en una fuente para que no se comieran las plantas del jardín.

Tres años atrás habían comprado mis padres aquella casita pareada, hipoteca incluida, en una urbanización a la orilla del estero. En espera de la entrega alquilaron otra casa en la calle contigua, pero ésta no daba al agua. El día de la mudanza fue una fiesta para mí y mis hermanos. Por entonces yo vivía en un mundo de fantasías que consistía en inventar historias en mi mente, dibujar los planos arquitectónicos de la casa de mis sueños y conducir un teatro de títeres para mi hermano menor, y no me enteraba de lo que sucedía en el mundo de los adultos. Mi hermana era parte de ese mundo porque siempre entendía lo que estaba pasando y me mandaba callar cuando yo preguntaba cosas. “Tchis, después te cuento”, me decía por lo bajo, pero nunca me contaba nada. Por eso fue una gran sorpresa saber que nos cambiábamos y tan cerca.

Todos contribuimos a mover nuestras cosas, llevamos maletas, mochilas y cajas en bicicleta y a hombros en una caminata de hormiguitas que tomó un par de días. Entre las últimas cosas que se transportaron iba una caja de cartón que todos olvidamos a la intemperie y en silencioso abandono se encharcó bajo la tempestad tropical durante varias noches. Ya mojada, no había forma de entrarla a casa y siempre se quedaba para después. La caja se secó al sol y se volvió a empapar de cuatro lluvias antes de que por fin se terminara la estación invernal y pudiera secarse completamente.

Todas las mañanas, de salida, mi padre se detenía frente a la caja parqueada en el jardín con semblante indescifrable, a veces parecía triste, otras preocupado, otras más enojado; se pasaba una mano por la frente o se masajeaba la nuca o la barbilla, se metía las manos en los bolsillos con un suspiro derrotado, como si la caja hubiese ganado un mudo juego de pulso entre ellos, y se iba. Varias veces le pregunté a mamá qué contenía la caja y por qué no la entrábamos; pero un día me conminó a que no preguntara más, dijo que eran cosas que había traído mi padre cuando lo despidieron del trabajo. Ante mi expresión confundida mi madre intentó explicarme que mi padre ya no tenía trabajo, que lo estaba pasando muy mal y que en especial no le preguntara a él por la caja. Para mí esto no tenía mucho significado, pero decidí no preguntar más porque era la primera vez que escuchaba a mi madre hablar con tal aspereza y rotundidad.

Yo no comprendía bien lo que hacía mi padre, sólo que igual que yo iba la escuela, él salía al trabajo por las mañanas. Si mi padre no iba al trabajo ya, entonces, ¿Qué hacía por las mañanas? y ¿Por qué regresaba cada día más cansado que antes? Eran preguntas que ya no me atrevía a formular en voz alta porque todo alrededor de este asunto parecía molestarlos.

Una mañana jugando en el jardín nos acercamos a la caja mi hermanito y yo cual piratas al arcón del tesoro, y la abrimos. El cartón de la tapa se había podrido pero estaba seco. Dentro había papeles algo húmedos y arrugados. ¡Quizás el mapa de un tesoro! Entre unos pliegues pude ver un papel amarillo que tenía pinta de ser antiguo, como en las historias de Los Cinco que había empezado a leer. Mi padre nos vio y nos advirtió desde dentro que dejáramos la caja en paz. Con dos deditos intenté sacar el pergamino y le dije a mi camarada que mantuviera la calma. El pequeño miraba con boca y ojos muy abiertos mientras yo le pedía silencio con un dedo sobre los labios. Mi padre nos pilló, salió de casa hecho una tromba y empezó a sacar carpetas y papeles y romperlos con determinada furia. Yo me asusté, agarré a Felipe contra mí y lo alejé, pero no tanto, sentía mucha curiosidad por saber qué había allí dentro además de papeles. De repente, de entre los folios salieron un millón de diminutas arañitas blancas que corrieron en todas direcciones; mas al mirar con atención resultaron ser un enjambre de alacranes bebés que salían en tropel de su encierro y huían despavoridos en busca de un lugar, húmedo y cerrado, curiosamente todo lo contrario de lo que recomiendan para las medicinas. Que eran alacranes lo supe por mi padre que alarmado llamó a quienes estaban en casa. A mí me mandó llevarme a Felipe lejos de la caja. Muchos de los alacrancitos corrieron hacia el manglar, pero una cantidad considerable se escabulló hacia diversos escondrijos en el jardín y otros más lograron entrar en la casa y se ocultaron donde nadie los pudo hallar. Después de mucho tiempo, ya adultos y con cuerpos color ébano bruñido empezaron a aparecer en los lugares más inesperados. Se nos dijo que si veíamos a alguno de estos bichos bajo ninguna circunstancia osáramos tocarlos y que avisáramos a algún adulto inmediatamente. Luego me enteré de lo que en realidad era un alacrán buscando la palabra en un diccionario y no me tranquilizó saberlo.

A partir de ese día las peleas entre mis padres se hicieron cada vez más frecuentes y el detonante podía ser, extrañamente, cualquier cosa. Mi padre se quejaba de la falta de disciplina, de que vivíamos en un ambiente de relajada aceptación que él consideraba caldo de cultivo para la mediocridad, la displicencia y el vicio. Dejó de despedirse de nosotros con un beso y sólo nos dirigía la palabra con un comentario agresivo o un grito perentorio por algo que encontraba irregular. Poco a poco se fue apoderando de mí una penosa espera por el desagrado sorpresivo, el molesto comentario y el reclamo hacia mi madre por lo que hacíamos o dejábamos de hacer. Las horas de la tarde se llenaban de angustia a medida que se acercaba el momento de que mi padre regresara y, apenas entraba, yo trataba de adivinar qué sería en esta ocasión lo que estaría fuera de lugar o mal hecho. Mi abuela nos dijo un día a mi hermana y a mí que el desorden y la falta de limpieza sacaban de casillas a mi padre. Pasó el tiempo mientras yo me dedicaba a desempolvar y barrer la casa frenéticamente, aunque ya lo hubiera hecho mi madre, para que él no encontrara nada que pudiera desagradarle. Venciendo el pánico que me provocaba encontrarme con alguno de los alacranes huidos, revisaba detrás de los armarios y aprovechaba quedarme sola para repasar toda la cocina y la lavandería. Fue mi hermano menor quien un día encontró uno de esos bichos descolgando un abrigo de un armario. Un grito de dolor nos llevó hasta el chiquitín que se agarraba una mano con la otra y mostraba un dedito azul y abultado de veneno. Un albañil que se encontraba en casa arreglando el baño alcanzó y destripó al animal y le pasó las vísceras por la herida, después de hacerla sangrar un poco, salvando así la vida de Felipe. Después de eso mi hermanito se volvió triste y callado, miraba con recelo los rincones y no quería quedarse solo ni a oscuras.

Una noche mientras todos dormían me despertó un sonido como de castañuelas. Yo solía dormir bocabajo con el gato a mis pies, a veces en el ínterin entra la vigilia y el sueño escuchaba voces que conversaban cosas que yo no comprendía. Me daba miedo abrir los ojos; temía encontrarme frente a los que hablaban con esas voces extrañas. Pero esa noche me moría de ganas de orinar; me senté y tanteé con los pies buscando mis zapatillas. No estaban. No me apetecía nada caminar a oscuras y descalza hasta el baño por temor a encontrarme con una cucaracha o algo peor. Pero ya no podía aguantar más. Me levanté y con cuidado de no tropezar con algún mueble entré al baño. Encendí la luz con la puerta cerrada porque daba en diagonal al cuarto de mis padres que ya debían estar dormidos. Cuando salí del baño volví a escuchar el ruido y esta vez supe que no estaba soñando y que venía de la habitación de mis padres. Me acerqué con sigilo, mis pasos no se escuchaban. La puerta estaba apenas junta así que pude abrirla un poco más en total silencio. Un chasquido que se diría de minúsculos taconcitos se percibía ahora más cercano. No había luz en la casa pero por la ventana se colaba un hilo de luna que daba sesgadamente sobre la cama. De repente, en la penumbra, diviso a mi madre que con aspecto horrorizado mira muda y con ojos desorbitados, primero hacia mi padre que yace a su lado dormido y resollando, luego en mi dirección. Entonces aguzo la vista y lo que veo me sobrecoge. Creo gritar pero ni yo misma puedo escuchar la voz de mi terror. Mis manos permanecen agarrotadas y mis pies no responden al urgente mandato de mi cerebro. No puedo moverme mientras las dos observamos paralizadas de espanto a mi padre de cuya boca abierta salen negros alacranes, que castañeteando sus enormes tenazas se deslizan vertiginosamente por las sábanas, y bajan por las patas de la cama hacia mí.

Patricia Paredes Flores

24 de Noviembre 2017

 

 

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