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Patricio Echegaray y su tiempo

agosto 13, 2017

El líder del PC argentino, con su coraje se dispuso a ocupar su puesto en una nueva ronda en la inacabable lucha en contra del imperialismo.

Atilio Borón. Sociólogo.



Ha muerto Patricio Echegaray, la más significativa figura argentina en el campo de la lucha antiimperialista. Ningún líder en la izquierda de nuestro país alcanzó desde el asesinato del Che Guevara hace ya medio siglo la gravitación internacional que supo tener Patricio y el respeto que suscitaba en las fuerzas y partidos populares y revolucionarios de los países de Nuestra América. A la hora de despedirlo, de rendirle este postrer homenaje, es imprescindible situar su figura en el momento histórico en el cual hubo de desplegar su protagonismo. Los hombres hacen la historia pero como Marx recordaba en El Dieciocho Brumario, la hacen según circunstancias concretas y legados históricos que escapan a su voluntad. Y esas circunstancias difícilmente podrían haber sido peores en el momento en que, después de una larga experiencia de organización y lucha en la FEDE, Patricio Echegaray asumía la Secretaría General del Partido Comunista Argentino.

En la Argentina, el frágil experimento democrático iniciado con la presidencia de Raúl Alfonsín estaba siendo crecientemente amenazado por una rebelión militar que irrumpiría escasamente un año después de que Patricio se hubiera hecho cargo de la conducción del PC. La amenaza de un resurgimiento del golpismo se combinaba con el fracaso económico del alfonsinismo, la irreductible combatividad cegetista (sugestivamente desaparecida ni bien Alfonsín fuese sucedido por Carlos S. Menem) y el acoso permanente del peronismo, todo lo cual hacía temer por un catastrófico derrumbe del recién nacido proceso democrático y colocaba al partido ante gravísimos e inéditos desafíos. En América Latina las dictaduras iniciaban una lenta (e incompleta) retirada en Brasil y Uruguay, mientras que en Chile el pinochetismo permanecía firmemente en control de la situación. En suma, los partidos comunistas de la región a duras penas comenzaban a curar las heridas de un pasado atroz y de una persecución implacable. Más al norte, Cuba resistía como un faro de potente luz que convocaba a nuestros pueblos al no pago de la deuda y a resistir el chantaje imperial. Hacia allí dirigió su mirada Patricio y encontró, en Fidel y en toda la dirigencia revolucionaria cubana, el apoyo que necesitaba para hacer frente a los retos que le planteaba la historia.

Pero en esa misma época, ya bien entrada la segunda mitad de los ochentas, el desenfreno belicista de Ronald Reagan en Estados Unidos unido al siniestro protagonismo de Juan Pablo II demolían los últimos bastiones que protegían a la Unión Soviética y los países del Este Europeo. En noviembre de 1989 caía el Muro de Berlín y con él se venía abajo la República Democrática Alemana, que según algunos expertos norteamericanos habían pronosticado sería el último país del Pacto de Varsovia en regresar al capitalismo. Fue el primero, y por la brecha abierta en el muro ingresaron, en frenético tropel, las tropas de asalto del capitalismo dirigiendo todo su poderío para conquistar el botín más preciado: desintegrar a la Unión Soviética, cosa que lograrían en poco más de un año, y acabar para siempre con la Revolución Rusa, el acontecimiento más trascendental de la historia del siglo veinte. Consumada la victoria estadounidense en la Guerra Fría comenzarían a escucharse los himnos de victoria que anunciaban el inicio del Nuevo Siglo Americano. La única superpotencia que quedaba en pie redobló sus esfuerzos para diseñar el nuevo orden hemisférico y elaborar los contornos de lo que luego sería el ALCA, es decir, la definitiva subordinación económica, y por lo tanto política, de América Latina y el Caribe a los dictados de Washington. El Consenso de Washington se imponía con una potencia arrolladora en toda la región y desaparecida la URSS y China avanzando por un inesperado sendero, el futuro del socialismo aparecía ante los ojos de millones de personas definitivamente clausurado. En Nuestra América Cuba se debatía en medio de las penurias del “período especial” mientras que muchos de sus “amigos” le aconsejaban a Fidel que arriase definitivamente las banderas de un proceso que a escala global se había derrumbado. En el resto de los países del área el neoliberalismo más desenfrenado reinaba sin contrapesos: Menem, Sanguinetti, Lagos, Sarney, Salinas de Gortari, Carlos A. Pérez, Sánchez de Losada, Fujimori eran las estrellas rutilantes del nuevo mundo que brotaba del veredicto final de la Guerra Fría. La historia había terminado, decía Francis Fukuyama, y el capitalismo de libre mercado y la democracia liberal aparecían como las grandes triunfadores. Había que entregar las armas y abandonar la lucha. Ese era el mensaje que le llegaba a Patricio.

Para enfrentar tan amenazante coyuntura había que remar contra la corriente, y Patricio lo hizo sin desmayos acompañando la epopeya de Cuba para salvar su Revolución y los pocos frentes de lucha que quedaban en pie en América Latina y el Caribe: Colombia, con la consolidación territorial de las FARC-EP y el Frente Farabundo Martí en El Salvador, que resistió con heroísmo la ofensiva norteamericana hasta obligar a los invasores a firmar lo que para Washington fue un vergonzoso armisticio. En Nicaragua la revolución sandinista había sido derrotada por una repugnante combinación de injerencia militar norteamericana y corrupción oficial y en el resto del continente las pocas fuerzas de izquierda pugnaban por reunir sus fuerzas diezmadas por las dictaduras y luego confundidas y desorientadas por el arrasador tsunami neoliberal, la resignación a que las inducía el posmodernismo y la confusión ideológica resultante, fenómeno este particularmente grave en la Argentina. De la noche a la mañana grandes partidos comunistas de América Latina y Europa desaparecían del mapa. En México el otrora formidable PCM se desintegró en mil fragmentos y en un acto tan asombroso como imperdonable repudiar su nombre y su cuasi centenaria identidad. En otras latitudes, los partidos comunistas se hundían en la irrelevancia o se desdibujaban casi por completo, cambiando de piel y recubriéndose con otra de indudable matiz socialdemócrata, cuando no escandalosamente social-liberal. En Italia, sede del mayor partido comunista del mundo occidental el periplo iniciado por la revisión eurocomunista terminó con la defunción, sin dejar rastros, del gran partido de Gramsci y Togliatti, mientras que en Francia y España las identidades comunistas permanecían pero sufriendo un tremendo drenaje de sus fuerzas y quedando reducidas a una mínima expresión. La súbita conversión de tradicionales partidos comunistas y numerosas camadas intelectuales, otrora celosas custodias de la ortodoxia marxista, a la nueva fe del capitalismo triunfante produjo estragos en el terreno de la política y la cultura y renovó la urgencia de librar una gran batalla de ideas premonitoriamente convocada por Fidel.

En ese contexto histórico, tan poco promisorio, Patricio desplegó su accionar. Dotado de una fuerte personalidad y comunista indoblegable, las circunstancias probaron que era también un avezado piloto de tormentas, capaz de mantener el pulso firme en el timón de la nave del PC en medio de una borrasca universal. Mientras contemplada azorado y entristecido el hundimiento de partidos hermanos a lo largo y a lo ancho del planeta él perseveraba en el intento de salvar al navío que había sido echado a la mar en el Teatro Verdi de La Boca apenas un año después del triunfo de la Revolución Rusa. En medio de tanta devastación Cuba demostraba que se podía, y que había que apelar a las fuerzas morales y políticas que le permitieron a la isla sobrevivir a la debacle generalizada de la izquierda mundial para salvar al Partido Comunista del naufragio. A lo largo del camino sorteó trampas de nada inocentes “progresistas” que le decían que había que liquidar al partido para fundirlo en nuevas construcciones políticas y dudosas alianzas de sospechosos contornos; o que había que “aggiornarlo” ideológicamente, eufemismo que en términos prácticos era una capitulación en toda la línea, abandonando la lucha anticapitalista y antiimperialista para así ingresar al condominio de partidos burgueses, revestidos de una débil pátina “progre” para gerenciar un inverosímil “capitalismo con rostro humano”, oxímoron político jamás visto y que jamás se verá. Como persona de una fina sensibilidad comprobó con tristeza la deserción de muchos, ganados por la desesperanza, o por un súbito arranque de eclecticismo teórico y político combinado en no pocos casos con oportunos tránsitos hacia otras expresiones políticas que prometían mejores recompensas. Pero en la oscuridad de esa noche también percibió, precozmente, el destello de una pequeña luz que comenzaba a titilar en el extremo norte del continente. Otro faro se estaba encendiendo en Caracas y Patricio, tras las huellas de Fidel, comprendió que estábamos en vísperas de una nueva batalla. Que el capitalismo era incorregible e irreformable, y que en Latinoamérica se iniciaba una fase de ascenso en la lucha de clases que ponía en evidencia la precariedad de todo el tinglado económico y político montado por el neoliberalismo. Con su coraje y convicciones de siempre se dispuso a ocupar su puesto en lo que prometía ser una nueva ronda en la inacabable lucha en contra del imperialismo. Y allí estuvo, y se convirtió en un animador extraordinario del proceso que nacido con el ascenso de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela corrió como reguero de pólvora por toda Nuestra América. En pocos años el mapa sociopolítico de la región mudó radicalmente, y gobiernos de izquierda y progresistas surgieron en casi todos los países y con un denominador común: poner coto a la dominación imperialista y avanzar en la unidad de los pueblos de América Latina y el Caribe. Este proceso tuvo su culminación en la derrota del más completo proyecto de sumisión de nuestros países al yugo norteamericano: el ALCA, sepultado en Mar del Plata en noviembre del 2005 y en donde Patricio tuvo un indiscutible protagonismo junto con los principales líderes políticos y sociales de la región. Luego de tan resonante victoria su espíritu analítico le decía que había que continuar la lucha, porque ahora quedaba la tarea, inmensa, de perfeccionar la articulación de las diferentes fuerzas políticas y movimientos sociales en el plano continental para tornar irreversible la victoria obtenida en Mar del Plata. Atento lector de los clásicos de la emancipación latinoamericana, de Bolívar y Martí, de Fidel y el Che entre tantos otros, orientó su acción en esos años siguiendo los consejos de Martí en “Plan contra Plan”. Sabía que el enemigo imperialista buscaba dividirnos y dispersarnos, y que para contrarrestar sus propósitos teníamos que aunar fuerzas, encontrarnos, juntarnos. Por eso, aparte de ser el mayor dirigente antiimperialista de la Argentina y uno de los principales de Latinoamérica y el Caribe Patricio hizo de la unidad de las fuerzas de izquierda y antiimperialistas uno de sus principales proyectos políticos. Fiel a las enseñanzas del Che sabía que sin ella no podríamos librar exitosamente el combate contra la agresión norteamericana. No muchos en la izquierda lo comprendieron, y menos todavía comprenden hoy la importancia decisiva, excluyente, del enfrentamiento con el imperialismo, cuestión que baña con imborrable deshonor a quienes así actúan.

Cuba, Colombia, Bolivia, El Salvador, Nicaragua y Venezuela lo conocieron de cerca. Fidel, Raúl, Manuel Marulanda, Evo, Shafik Handal, Ortega, Chávez, Correa sabían que encontrarían en él un interlocutor inteligente y un hombre de probadas convicciones revolucionarias. Encontrarían también a un internacionalista tal como lo manda la mejor tradición comunista, a un militante de la unidad de la izquierda y a un intransigente antiimperialista. Y también a un hombre de coraje, valiente como pocos y tan distinto de los que con mucha razón Álvaro García Linera definiera como “revolucionarios de cafetín”.

Cierro esta semblanza con la cual despido a un amigo y un camarada ejemplar con una historia que me fuera contada por Fidel y que retrata a Patricio de cuerpo entero. “Cuba necesitó siempre gente como Patricio”, un día me dijo. “Muchas veces teníamos que enviar mensajes o establecer contactos en distintos países, y no podíamos hacerlo con nuestra propia gente. Patricio fue uno de los más activos colaboradores en ese terreno, nos ayudó mucho.” Pensé que la historia terminaba allí pero el Comandante siguió y me dijo que “hace muchos años había una misión que era muy peligrosa y no encontrábamos a un amigo de total confianza para hacerla. Había que ir a Colombia, meterse en la selva y llegar donde Marulanda. Necesitábamos entregarle una documentación y, además, que alguien pudiera conversar con él en nuestro nombre, transmitirle lo que pensábamos los cubanos de la situación y las perspectivas de la guerrilla de las FARC. Sabíamos que, por su inteligencia y sus conocimientos de la realidad colombiana Patricio podría hacerlo, pero no queríamos arriesgarlo. Si en el difícil trayecto hasta llegar al comando central de las FARC tropezaba con una patrulla del ejército colombiano, o con paramilitares, era hombre muerto, y a alguien como él había que preservarlo. Pero el tiempo pasaba y no hallábamos quien pudiera ir. Finalmente lo llamamos y le pedimos que viniera a La Habana que teníamos algo que conversar con él. A los pocos días ya estaba con nosotros. Le explicamos cuidadosamente nuestros planes, y los peligros que correría en una travesía que duraría entre dos y tres meses, cruzando selvas enmarañadas, ríos torrentosos, debiendo salvar exitosamente, con el acompañamiento de los guerrilleros, al menos tres círculos de seguridad que custodiaban el acceso al campamento central de las FARC. Había que ir a pie, abriendo brechas en la selva a machetazo limpio; a veces en precarias canoas, ocasionalmente a caballo. Y siempre atentos al enemigo que estaba por todas partes. ¡No dudó ni un minuto! Le dijimos que lo pensara, que se jugaba la vida, que habíamos tomado todas las precauciones pero si había una pequeña falla en la operación –una señal mal interpretada, una delación, un accidente, un problema de salud- su suerte estaría echada. Insistió, me dijo que iría y al día siguiente estaba comenzando el entrenamiento para llevar adelante la misión. La realizó con un éxito total. Estuvo con Marulanda y la plana mayor de las FARC y no sólo entregó nuestro documento sino que, tan interiorizado estaba del mismo, que pudo explicarlo hasta en sus más mínimos detalles y persuadir a la dirección de las FARC de la necesidad de revisar sus tácticas como movimiento guerrillero. Fue un acto heroico de solidaridad y camaradería revolucionaria, una contribución extraordinaria a la causa de la revolución, y por eso mi gratitud y la de Cuba con Patricio será eterna”.

Ese era Patricio Echegaray. Un imprescindible, como decía Bertolt Brecht. Seremos fieles a su memoria.

¡Hasta la victoria, siempre, querido amigo y camarada!
 

Publicado por: elsiglo.cl

 

 

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