Sábado 18 de Noviembre del 2017

BLANCA


                                        BLANCA

                                               
                                                                              Patricia Paredes (2017-05-10)

Blanca llegó a casa a los veinticinco y no sabía leer. Ya tenía tres hijos a quienes se había visto obligada a dejar en el campo. Llegó con esa alegría inverosímil que muestra la mujer del pueblo mientras cuenta una vida dura que no coincide con su enérgica disposición al trabajo y la risa. Mis padres la contrataron para ayudar a mi madre en la cocina. En Blanca se iba casi todo lo que mi madre ganaba en el laboratorio clínico que compartía con una colega. A mediados de los ochentas las grandes empresas de la salud se comerían a los pequeños laboratorios de barrio y así terminaría el negocio de mi madre.

Nunca supe cómo llegó Blanca; un día simplemente estaba allí con su vestido de flores, sus ojos claros y sus pies color leche sucia porque no usaba zapatos. Lo mejor que logró mi madre fue que usara unas zapatillas de plástico que se sacaba siempre que podía. Yo estudiaba el último año de colegio, y entre éste y las clases en el conservatorio llegaba bastante tarde a casa. Como mi hermana menor también tenía muchas actividades en el colegio, nos sentábamos a comer después de la hora de la telenovela de mi abuela y Blanca nos acompañaba con su conversación. Así transcurría la tarde para las tres. Así nos enteramos de las frutas que extrañaba, de todas las formas de comer el plátano verde y de los desmanes de la corriente de El Niño cada invierno en las costas manabitas.

Blanca tenía una niña pequeña de apenas cuatro años que había quedado con su madre. No había otra manera. El trabajo en el campo era inexistente debido a las inundaciones; y la gente se desplazaba a la ciudad a buscar el sustento trabajando en lo que hubiera. Ya no recuerdo el nombre de la niña, pero los ojos de Blanca, llorosos y anhelantes hablando de su niña no se me borrarán jamás.

Una tarde llegó mi hermana con unos papeles del colegio y los dejó descuidadamente sobre la mesa del comedor. Como otras veces después de comer, Blanca sacó los naipes que guardaba en un estuche de cartón arrugado por el uso y se preparó a deleitarnos con juegos y trucos más propios de un tahúr que de madre de familia. Los aderezaba por supuesto con cuentos de aparecidos, que el campo es lo que más tiene. Yo me la imaginaba sentada frente a sus hijos, contándoles los mismos cuentos, haciéndolos reír con sus ocurrencias y la magia de sus cartas trucadas.

De pronto se distrajo observando con admiración los papeles que mi hermana había dejado sobre la mesa y le preguntó qué era lo que estudiaba y agregó que debía de ser muy inteligente para estudiar. Mi hermana le dijo que esta vez no se trataba de estudio sino más bien de enseñanza. Había que escoger una actividad extra en el curso y que ella había elegido alfabetizar. Mi hermana titubeó y terminó diciendo que no sabía ahora qué hacer. No conocía a nadie que no supiera leer, así que tendría que esperar que el colegio le asignara alguna persona y debido a esto además tendría que quedarse más tarde en el colegio.

Se hizo un extraño silencio mientras Blanca recogía los naipes y los barajaba una vez más. Blanca tenía veinticinco años y no sabía leer. Y no nos habíamos dado cuenta de que no sabía leer. Mi hermana y yo nos miramos, y con muda sorpresa comprendimos. “Blanca” le pregunté con cautela “¿Sabes leer?” Ella no dijo nada, pero sus ojos derramaron elocuencia. Se cubrió la cara con las manos y dijo en voz casi imperceptible que le daba mucha vergüenza y que no había terminado la escuela. No dijimos nada, pero en silencio dudamos que siquiera hubiese podido entrar a alguna.

Entonces a mi hermana se le iluminó el semblante y le dijo que podían empezar ese mismo día! Después de esto descubrimos que lo más difícil no es que alguien admita no saber leer. Lo más difícil es que admita que es capaz de aprender, que tiene derecho. Lo más difícil es entender que se está entre tinieblas y que hay que salir de allí, al fin y al cabo había podido sobrevivir veinticinco años sin saber leer. Le dijimos de lo injusto que sería que teniendo mi hermana la capacidad, el tiempo y la oportunidad no aprovecharan las dos ese momento. Tuvimos que insistir para convencerla de que mi madre iba a estar de acuerdo y que el tiempo que dedicábamos a jugar naipes sería el que dedicarían a la lectura y la escritura y así no tendría que descuidar sus quehaceres.

Al fin del curso Blanca escribió una carta a sus hijos. Al año y medio había vuelto el buen tiempo al campo y Blanca decidió regresar a su casa; había trabajo en las plantaciones cercanas. No tenía intenciones de quedarse en la ciudad, lejos de su familia, más de lo indispensable. Estrenó el par de zapatos que mi madre le había comprado y se llevó su atado de ropa, sus libros de estudio y la carta. Entonces sacó de su bolsito otra carta, dedicada a mi hermana, que leyó en voz alta lo mejor que pudo sin que se le quebrara del todo la voz. Blanca nos abrazó una a una a todas las mujeres de casa y se fue llorando de tristeza y alegría.

Patricia Paredes

 

 

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