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Agustín Edwards: Vuestros Nombres Valientes Civiles

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Agustín Edwards: Vuestros Nombres Valientes Civiles

 


Agustín Edwards: Vuestros Nombres Valientes Civiles


El Siglo - 05/05/2017

A las simbólicas portadas de sus diarios durante la dictadura, se suma la evidencia del empeño del empresario por acabar con sus adversarios.

Luis Cuello Peña y Lillo. Abogado. Un puñado de dirigentes empresariales y políticos que gozaron del favor editorial de Agustín Edwards se esmeraron en la construcción póstuma de un personaje lleno de virtudes republicanas. Algunos de los conceptuosos comentarios invocaron una pretendida identificación de Edwards con la democracia y la libertad. Un prominente senador gremialista -el mismo que años atrás defendió a Paul Schäfer y más recientemente la integridad moral de los cabecillas del Grupo Penta- no dudó en calificar la conducta de Edwards durante la Unidad Popular como “un testimonio de libertad, democracia, respeto al orden jurídico e institucional muy importante”. Por supuesto, la casa no se quedó atrás. El editorial fúnebre de El Mercurio añadió que su desaparecido presidente estuvo inspirado por “ideas de libertad”, al tiempo que el diario La Tercera sostuvo que “ayudó a cimentar en el país lo que después conoceríamos como sociedad libre”.

Estas interpretaciones, que remiten a la retórica estadounidense empleada durante la Guerra Fría, chocan, desde luego, con la realidad histórica. A las simbólicas portadas de los diarios de la empresa, citadas profusamente en estos días y que representan su compromiso con la dictadura, debe añadirse la evidencia que retrata el empeño de Edwards por acabar materialmente con sus adversarios y competidores. De lo que hay verdadero testimonio es de la complicidad de Edwards y sus empresas con el anticomunismo, el crimen y con la negación violenta de la libertad.

A pocos días de consumado el golpe de Estado contra Salvador Allende, el 19 de septiembre el editorial de El Mercurio afirmaba con dureza la necesidad de “recalcar que es muy bajo el número de muertos en la acción de guerra, lo que contradice la mentirosa campaña comunista que se hace en el exterior contra el Gobierno Militar”. El protagónico papel de El Mercurio en la campaña de desestabilización del gobierno de la Unidad Popular fue premiado de inmediato por los golpistas. El Bando número 15, la primera norma jurídica de la dictadura en materia de medios de comunicación determinó que los únicos diarios autorizados para circular serían El Mercurio y La Tercera. Probablemente pocos imaginaron la proyección en el tiempo de la medida. Ambas empresas -la segunda de ellas con otros propietarios- conforman, cuatro décadas más tarde, el duopolio de la prensa escrita.

El diario de Agustín, agradecido, no sólo se felicitó del inmoral privilegio, sino que aplaudió la destrucción de las instalaciones de las radios leales al depuesto gobierno popular. “La Fuerza Aérea se vio obligada a bombardear y ametrallar la planta transmisora de la radio socialista Corporación”, informó en esos días. Triunfante, en la columna editorial del 15 de septiembre de 1973 sobre el papel del periodismo, El Mercurio acusó a los medios clausurados por la Junta Militar como ejecutores de una labor “de desinformación y de forzado enrolamiento ciudadano en las filas del marxismo”, mientras emplazaba a la prensa sobreviviente a “enfocar los acontecimientos con el máximo de realismo”. Parte de estos registros, que dan cuenta del temprano compromiso de El Mercurio con el aniquilamiento de la libertad de expresión, fueron invocados en el requerimiento que presentamos ante el Tribunal de Ética del Colegio de Periodistas, que culminó con la expulsión de Edwards de la orden profesional. Es ese su vergonzoso y auténtico legado periodístico.

“No recuerdo las labores en El Mercurio”

Como una forma de disimular la cercanía con el régimen cívico militar, El Mercurio incluyó en su recopilación conmemoratoria una tímida foto en que Edwards coincide con el “presidente Augusto Pinochet” y reemplazó toda mención a los 17 años de dictadura por referencias a dudosas pasiones por los caballos o las plantas.

Fue esa misma actitud evasiva y pusilánime la que observó Agustín Edwards en vida. Al igual que Augusto Pinochet, jamás reconoció sus responsabilidades, utilizando los más inverosímiles argumentos. En 2013, interrogado como testigo por el juez Mario Carroza en el marco de la querella presentada por el abogado Eduardo Contreras contra los civiles que instigaron el Golpe, Edwards negó sin más haber recibido recursos de la CIA durante la Unidad Popular, contradiciendo la abundante evidencia documental contenida en el Informe Church del Senado estadounidense. Más audaz fue su respuesta en relación a la línea editorial del diario, particularmente respecto de las violaciones a los derechos humanos. No sólo afirmó no haber tenido nunca injerencia en ella. Tal vez emulando el “no me acuerdo, pero no es cierto” del dictador, Edwards señaló no recordar con precisión las labores en El Mercurio, “ni tampoco quienes componían el equipo editorial”.

La muerte de Agustín Edwards y el clima político generado en torno a ella encierran una contradicción. Quien encabezó un imperio mediático que hasta hoy ejerce una gran influencia en la vida política del país, pudo terminar su vida sin que lo alcanzara el brazo de la justicia, pero no pudo escabullir la implacable sentencia de la historia. Las numerosas páginas que El Mercurio dedicó a su fallecido presidente son apenas un réquiem desafinado, escasamente convincente. Su propio homenaje editorial parece reconocer implícitamente el mayoritario desprecio a su figura que sólo algunas voces aisladas desafían, al suplicar a “estudiosos imparciales” un improbable reconocimiento a su rol en la historia reciente.

 

 

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