Domingo 25 de Octubre del 2020

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EL BREBAJE MÁGICO

Por: ROFAVE. Nota: Este relato está basado en la película El hombre menguante. La historia, que paso a narrar a continuación, no pudo empezar un día lunes, tiene que haber sido otro día, pero al fin y al cabo qué día empezó no tiene ninguna importancia. Pero si tiene importancia el sitio donde comenzó. Se tr


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EL BREBAJE MÁGICO

 

           EL BREBAJE MÁGICO

     Nota: Este relato está basado en la película El hombre menguante.

     La historia, que paso a narrar a continuación, no pudo empezar un día lunes, tiene que haber sido otro día, pero al fin y al cabo qué día empezó no tiene ninguna importancia. Pero si tiene importancia el sitio donde comenzó. Se trata de un lugar muy peculiar, se venden objetos de todo tipo de segunda mano. Por algo lo llaman: Second Hand. Además, tiene una cafetería donde ofrecen un café de dudosa calidad a bajo precio Quince coronas. Es agradable la atmósfera, ambiente tranquilo, no mucha juventud. Los protagonistas de esta historia solían asistir a este local los días martes y jueves. La mayoría eran pensionados y otros estaban muy cerca de serlo. La mayoría cargaba sus años, sus achaques con resignación. Se refugiaban en los recuerdos, en el humor tan especial que los caracterizaba. Todos eran de la misma nacionalidad, todos eran exiliados. La mayoría jugaba en el mismo lado político por decirlo así.

     Los temas de conversación siempre giraban en torno a lo político, a lo deportivo, un poco de cultura general, y a las innumerables anécdotas que causaban carcajadas estruendosas que eran muy observadas por los otros clientes que bebían café en otras mesas. Todo transcurría en un ambiente placentero, de vez en cuando, muy a lo lejos alguna representante del universo femenino se hacía presente. Por supuesto que cada componente del grupo tenía sus peculiaridades. Por ejemplo: José Antonio era el hombre encargado de transmitir los remedios caseros o de medicina alternativa. Él se mantenía muy bien a pesar que la calvicie había avanzado bastante en su noble cabeza. El tipo tenía buen humor, además contaba sabrosas aventuras que iban por el sexo. Le llamaban Medicin Man. Estaba Luis Miguel quien ponía al grupo al día con el último libro que había leído. Aunque no fue muy bien mirado cuando contó que se había comprado las memorias de Augusto Pinochet. Le apodaban El Intelectual. Estaba Marco Antonio que vagaba por el mundo del cine, más antiguo mejor, era aficionado a las películas de vaqueros, lamentablemente su actor favorito era John Wayne el más reaccionario de todos los actores de Hollywood. Estaba el Patricio Arturo que tenía por afición sembrar la tierra, hacer quesos, hacer vino y otras productos. Creía en los ovnis y era de la teoría que los yanquis no habían llegado a la luna, todo era un montaje. Estaba Juan Andrés experto en el área deportiva, se sabía todo lo que iba por el fútbol, teniendo algunas virtudes futboleras no llegó muy lejos por algo lo apodaban el Tarjeta Roja. Su sueño era pensionarse y volver a vivir en Cachagua, balneario de la patria donde había nacido. Había otro, Armando Segundo, que se decantaba por la música, en su juventud soñó con ser un segundo Elvis Presley, pero solo llegó al copete y las patillas, le llamaban por supuesto el Elvis. Había otro, Raimundo Pedro, que tenía como hobby la pintura, era un poco exagerado en sus apreciaciones pictóricas, decía que los colores no existían esbozando una pose tipo Picasso. En fín, habían otros que no eran tan asiduos. Se había infiltrado, Mariano, un tipo que rondaba los cuarenta años. Nadie sabía porque le gustaba estar con viejos. Soñaba con montar un gran negocio, darle el palo al gato y volver a la patria para instalarse con otro gran negocio.

     Todo marchaba de maravilla pero apareció algo que iba a cambiar todo el cuadro. No para bien. Dicen que empezó en China. Dicen que fue creado en un laboratorio, dicen que fue creado para terminar con los viejos, carga pesada para el estado. Lo cierto que la pandemia, el coronavirus, vino a trastornarlo todo.

     Medicen Man llegó unos días antes que se produjera la diáspora, es decir el confinamiento; con su sonrisa habitual, una vez ya ubicados en la mesa de siempre, cada uno con su café, procedió a sacar de un bolso deportivo varias botellas de vidrio, tipo gaseosa, que fue entregando a cada uno del grupo. Dijo en forma solemne: “Cabros, esta pócima, noten la palabra que estoy empleando, los va salvar por si acaso les da el coronavirus. Mi hermano que le dio el corona la probó y le fue muy bien a los pocos días estaba sano y fresco como una lechuga”. Cada uno del grupo guardó la botella sin hacer mayores comentarios.

     Armando Segundo, alias el Elvis, escuchaba al rey del rock en su balcón veraniego. El tema era Llorando en la capilla, una balada. Mientras lo oía le llegaban hermosos recuerdos de su etapa liceana. Estaba tarareando el tema cuando le vino un acceso de tos. Al rato ya tenía una fiebre avanzada, dolores en todo el cuerpo. Llegó a la triste conclusión que estaba con el bicho metido en su cuerpo, para más remate se encontraba solo, su esposa en la patria visitando a sus parientes, los tres hijos repartidos por el ancho mundo. ¿Qué hacer? Ya estaba bastante desesperado. Las alternativas eran: Ir al hospital o llamar a un amigo. Esto, lo otro. De pronto recordó el remedio del amigo. ¿Por qué no? Se dijo. Se encomendó a todos los santos y bebió la cantidad que Medicen Man había dicho. Se fue a la cama. Al otro día se sentía un poco mejor. Volvió a tomar de la pócima. Al otro día otra dosis. Y así hasta que se curó totalmente. Feliz de la vida iba a llamar a su amigo para agradecerle por los efectos del remedio. No alcanzó a llegar al móvil. Sintió una fuerte necesidad de ir al servicio. A orinar, como siempre lo hacía, tarareando una canción de Elvis que esa vez quedó a principio de camino. Algo raro vio en su miembro, en su pene, compañero de tantas batallas y también de horas tan íntimas, personales. Cómo que estaba más pequeño. Pensó, tal vez sea producto de los años y del poco uso que le estoy dando. Pero nunca tanto. No llamó a nadie, a los días siguientes notó que su miembro se iba siendo más pequeñín, como que se perdía entre los testículos que aún conservaban su tamaño natural. “No puede ser… no puede ser”. Cuando lo vio del porte de un chupete de guagua, de bebé, decidió ir al médico. Muy compungido, muy avergonzado, mostró su picha al médico, un tipo que sin lugar a dudas provenía del medio oriente. Después de unos pocos segundos dijo: “Raro, muy raro, aunque estoy informado de otros casos similares producidos en nuestra ciudad. Vamos, cuéntemelo todo”. Armando Segundo le contó con lujo de detalles la situación desde el momento que el Medicin Man les entregó la pócima. El médico por el momento le recetó unas tabletas.

     Por aquí, por allá, Armando Segundo se dio por enterado que todo el grupo estaba pasando por lo mismo. Que él más que sufría, casi en estado de llegar a la locura, era el hombre de los cuarenta años. Medicin Man estaba desaparecido en batalla. Solo elucubraciones. El grupo decidió mantenerse comunicado en la más absoluta clandestinidad. Situación que duró muy poco, más de alguien se fue de la lengua. La colonia se lo tomó como correspondía dentro de la desgracia, con una cuota de humor mesurada. El grupo de pasarse a llamar Los Caballeros del Second Hand pasó a llamarse: “Los chupetes de guagua”. Nadie sabía qué pasaba con Medicin Man. Así pasó un mes, así pasó otro. Hasta que reapareció Medicin Man con su sonrisa habitual contando una historia que el grupo tuvo que aceptar. Se reunieron en un lugar al aire libre. De paso se comieron unos choripán y un pedazo de asado. Así lo contó. “Chiquillos, vieron la película E.T., recuerdan esa escena donde aparece un montón de tipos vestidos con trajes especiales, con máscaras, con tanques de oxígeno en sus espaldas, todo un operativo para cazar a E.T. Pues bien, así aparecieron por mi casa. Me llevaron a un lugar, una especie de búnker que no sé dónde está ubicado. Me empelotaron, me ducharon, me examinaron por todos lados y enseguida a interrogarme, con traductor y todo, la pregunta más reiterativa eran cómo había hecho mi brebaje maravilloso. Les conté todo, absolutamente todo. Más pruebas, más interrogatorios para hacerla cortita, como dicen los ordinarios, al final me dijeron que me fuera, que no contara nada, que todo se iba a arreglar. De paso me entregaron este brebaje para que se los dé a ustedes. Ellos me dijeron que los iba a volver a la normalidad, es decir a recobrar la estatura de vuestros penes”. Lanzó una monumental carcajada y se fue a buscar un potó, es decir una segunda ración de café para todos.

     Nota: Esta historia tiene una segunda parte pero no sé si están interesados en leerla.

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