Jueves 09 de Julio del 2020

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Cuentos de David Manuel Espinoza Medina, de su libro Relatos Sórdidos

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Cuentos de David Manuel Espinoza Medina, de su libro Relatos Sórdidos

 

Cuentos de David Manuel Espinoza Medina, de su libro Relatos Sórdidos

”Iniciada la lectura de los primeros cuentos de este libro los restantes se leen con avidez, como si cada una de las situaciones descritas fuesen parte de nuestro propio entorno o de nuestros recuerdos. Los hechos conmueven por su crudeza. Dibujados con pinceladas gruesas no admiten sino el lenguaje duro de los protagonistas, en que el autor se ha especializado, desarrollando una narrativa sin disquisiciones innecesarias y solo contemplando el trazado de los porfiados hechos, exentos de aditamentos..., la vida simplemente, a veces sórdidas, a veces generosa.”


”No son cuentos del pasado o de tiempos superados. El tema de sus cuentos traspasa épocas y eso tal vez los hace interesantes y atractivos para diferentes generaciones. Es el paisaje de un mundo actual cada vez más universal. Los personajes son en su mayoría protagonistas de la noticia y a la vez despreciados por la sociedad. Son seres humanos de nuestra ciudad, de nuestras calles, de nuestros parques. Son personas anónimas que sufren, ríen, odian y aman en silencio. A nadie le importa si murieron, viven o abandonaron el vecindario. Son desechables como el sistema lo ha impuesto. Los cuentos de David Espinoza Medina deben ser leídos..., nos humanizan.”

David Mc Conell

 

El Ebanista

por David Espinoza Medina

Una tarde, regresando del taller de carpintería, vi afirmado de la muralla un cabro con algo más de dieciocho y le pregunté:

- ¿Que estai haciendo aquí?

- Llegué por choreo.

- ¿Y aonde te vai a quear?

- No sé todavía, los de la celda que está al lado del baño me ofrecieron quedarme con ellos.

- No hagái ni tal, esos gueones son los Macana, te van hacer mujer matiné, vermú, noche y función especial como a las tres de la mañana, má encima son tre, mejor ándate conmigo, yo vivo solo, tengo cama y aquí trompeo. Allá la vai a pasar terrible, esos giles son malo-
Aceptó irse conmigo. La cosa es que llegamos a la celda y él se puso a estirar la colchoneta, le pregunté qué estaba haciendo.

-Mi cama- contestó.

-Tai gueon, vó tení que dormir conmigo.

- Tai loco- dijo.

Entonce saqué el estoque y le hablé bajito.

-Será mejor que te acostí conmigo.
Le puse el estoque en la garganta, se empelotó y lo obligué a lo perrito. Terminé con años de pajas. Después se largó a llorar, ahí lo consolé un rato, calenté agua y le lavé el hilillo de sangre. Así fue durante un tiempo hasta que me dijo que no le pusiera más el estoque en la garganta, que no había necesidad.
Comenzamos a formar vida de pareja. Él quedaba en la celda haciendo aseo, lavando ropa y esperándome. Al llegar por la tarde nos íbamos de beso, decía que me echaba de menos y que se estaba enamorando. Le compré ropa de mujer; calzones, minifalda y blusa apretada. Se veía lindo, colorín, crespo, ojos azules y lampiño como manzana. Cuando lo visitaba su familia, se vestía de hombre, pero llegando a la celda se disfrazaba de July.
Un día llegué y encontré que los platos no estaban limpios, le pregunté que le pasaba, me dijo que no quería ir al baño a lavar, uno de los hermanos Macana me hueviaba con silbidos y le pedía que le chupara la corneta. Lo llevé a la celda de los giles:

- ¿Quién te molestó?

-Fue ese- apuntando al más chico.
El estoque se lo metí hasta el mango. Los otros quedaron cagados de miedo. Me eché veinte años más.
En la celda yo le decía July, y a él le gustaba. Incluso más de alguna vez me pidió posiciones.
Pasado dos años llamaron por parlante.

- El interno Julio Montesino, presentarse a la oficina del Alcaide.

- Te van a dar la libertad, pero no te vai a ir, mandate una cagá y te quedai.
Cuando llegó de la oficina me dijo;

-Mario, la otra semana me dan la libertad pero, no te preocuí, yo voy a venir a
verte y hacimo vida en el Camaro. Desde afuera es más fácil ayudarte.
Me convenció, nos quedamos un rato mirándonos y nos besamos largo. Esa semana le dimos duro. Cuando se fue lloramos y prometió visitas.
Nunca más volvió, lo extrañé hasta el dolor, pasé muchas noches sin dormir.
Al año mojé a un paco pá que investigara. Averiguó que estaba en el Sur, se había casado y su mujer esperaba un hijo. Me olvidé.
Una tarde, regresando del taller de carpintería, vi afirmado de la muralla a un cabro con algo más de dieciocho y le pregunté:

-¿Qué estai haciendo aquí?

 

El Señuelo

Aguantó electricidad en los testículos, pene y uñas.
Nada dijo
Probaron con el submarino.
Nada dijo.
Lo arrastraron del pelo hasta una pieza.
Nada dijo.
A golpes lo desnudaron.
Nada dijo.
Más golpes y a la parrilla.
Nada dijo.
Hay que probar con el perro lo amenazaron.
Nada dijo.
Sintió que el pastor alemán babeaba.
Nada dijo.
El perro comenzó a olerle el ano.
Nada dijo.
La bestia sacó un mástil rosado y húmedo.
Nada dijo.
Uno de ellos dirigió el arma del perro a la entrada.
Nada dijo.
El dolor viajó desde la columna hasta casi reventarle la cabeza.
Nada dijo.
La herramienta del perro comenzó a hincharse.
Nada dijo.
Las gotas de semen eran brasa en su interior.
Nada dijo.
La sacada fue tan dolorosa como la entrada.
Nada dijo.
Se desvaneció y un balde de orines lo despejó.
Nada dijo.
Sangrando fue lanzado a la celda y encima de otro que esperaba.
Nada dijo.
¿Como está compañero?  preguntó el de la celda.
Mal.
¿Qué quieren?
Nombres y direcciones.
¿Dígame de quiénes?
Nada dijo.
 
 
 * David Manuel Espinoza Medina,  escritor chileno

 

 

 

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