Jueves 09 de Julio del 2020

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LOS DOS

 

                   LOS DOS

Dedicado a mis queridos amigos: Luis Maray y Leonarda Caroca.

     Aquella mañana sueca, en que el calendario señalaba el especial día consagrado al advenimiento del sol, José Luis reflexionaba en su balcón un poco ajeno: al vuelo de las gaviotas, al transitar insolente de los cuervos, al rondar juguetón de las ardillas. No obstante, no contento con su cavilar, con las idas y venidas de sus pensamientos, decidió plasmar en su cuaderno de anotaciones sus reflexiones que le parecían el colmo de la inteligencia, del trabajo incesante de sus células grises.
     “Estamos hecho de barro, de músculos, huesos, nervios, sentimientos. No sabemos por qué desde que nacemos nos visten con el ropaje del miedo. La primera señal de vida al abandonar el cuerpo de la madre es el llanto. Luego, indefensos del todo, sobrevivimos por los cuidados de nuestros progenitores, sobre todo la presencia de la madre. Enseguida caminamos hacia la muerte, sin dejar huellas que logren perdurar en las grietas del tiempo. Hay días de jolgorio, otros de tristezas. Hay días de amores y días de desamores. Nos movilizamos entre el bien y el mal. Siempre la dependencia, la lucha de los contrarios. Están claros los tiempos, las edades: niñez, adolescencia, adultez, ancianidad. Ah, se me olvidaba. Siempre preguntándonos: ¿De dónde venimos? ¿Quién nos creó? ¿Hacia dónde vamos? Otras preguntas más que al final no tienen respuestas. Solo sabemos que estamos vivos por el momento y que después moriremos”.
     Estaba considerando su escrito genial, fuera de serie, pero un acceso de tos, que le vino de repente, detuvo su accionar. Era una tos seca. Se levantó del asiento, se dirigió a la cocina, cogió un vaso grande de cristal, lo llenó con agua fresca del grifo. Lo bebió hasta no dejar ninguna gota. Se sintió un poco mejor. Volvió al balcón, intentó seguir escribiendo pero las ideas habían desaparecido, volado de su mente. Miró el paisaje, donde el color verde reinaba a su gusto, desde su balcón ubicado en un cuarto piso. Día hermoso, radiante de sol. Sintió un leve mareo decidió ir a recostarse en su dormitorio.
     Echó de menos a su difunta esposa. Cinco años de viudez que no sabía cómo había sobrellevado. Seguro que su mujer lo hubiese atendido y mejorado con sus cuidados. Vivía solo, absolutamente solo. Sus tres hijos residían en otro lugar del mundo. En fin, no había que lamentarse, debía asumir su realidad. Llegó la noche. Se tomó un par de Alvedones, se fue a la cama después de haber visto las noticias que no eran placenteras. Se daba vueltas y más vueltas en el lecho. Se sintió afiebrado. Se levantó, se tomó la temperatura. Sí, tenía fiebre. Se volvió a acostar. Comenzó a dolerle todo el cuerpo. Accesos de tos. Llegó a la triste conclusión de que estaba contaminado con el corona virus, la pandemia que estaba azotando a toda la humanidad. Pero, ¿cómo sucedió?, si él estaba siguiendo todo el protocolo indicado por el gobierno sueco. Estaba confinado en casa, salía solo para hacer las compras pertinentes, se había procurado una mascarilla. Seguro que era una burla del destino, aquel destino que ya lo había castigado lo suficiente. ¿A quién acudir? Se había quedado sin amigos, todos pensionados como él. Algunos se habían ido a España, otros regresaron a la patria y otros sencillamente se murieron. Se quedó dormido, pesadillas. Su patria, Chile, estaba allá en medio de la tormenta ciudadana, participando en lo que denominaron “El estallido social”. Golpeado, encarcelado, por los nuevos esbirros del sistema político injusto que imperaba en el país.
     Despertó. Se sentía horriblemente más enfermo. Decidió llamar a urgencia. Revisó su libreta de teléfonos. Un nombre le llamó la atención. Antonia González. “Antonia, pues sí ,claro, ella es enfermera, además está en el mismo estado de viudez en que estoy yo. Siempre nos hemos caído bien. Compartíamos con nuestras respectivas parejas los acontecimiento sociales que realizaba la colonia, además nos visitábamos. También ella vive sola. No tuvo hijos”. La última vez que se vieron fue en una fiesta organizada por la colonia para celebrar el día de la independencia de Chile, un 18 de septiembre. Si hasta bailaron una cueca y otros bailes. En un tema suave, romántico, recordaba que ella se apegó a su cuerpo un leve instante, pero justo en ese momento él estaba más pendiente de otra señora, separada, más joven, atractiva, que bailaba con otro compatriota muy cerca de ellos.
     La llamó bastante nervioso. Ella le respondió tranquila: “Bebe agua, mucha agua, voy para allá, cogeré algunas cosas y enseguida en mi flamante auto, estaré muy pronto en tu casa”. Y llegó, bien arreglada, se veía saludable, como que no le entraban balas. Un grato perfume llegó hasta José Luis que por momentos creía no oler nada. Ella se puso un delantal. Le dio un par de pastillas y lo mandó a recostarse en un sofá de la sala de estar. Luego se metió en la cocina cantando una canción popular. El tiempo transcurrió como una centella, rápido, vertiginoso.
     Antonia llegó a su lado con un plato humeante. “Esta sopa de pollo, hecha con la receta familiar de mi abuela, hace revivir hasta a los moribundos”. Acto seguido, ella misma le fue dando cucharada tras cucharada, mientras hablaba de los gratos momentos en que los habían pasado juntos con sus parejas. Poco a poco José Luis comenzó a sentirse mejor, una atmósfera de paz, de calma, comenzó a envolverlo.      Llegó la noche estival. Ella comenzó a preparar sus cosas para irse. José Luis no quería que ella se fuera, pero no se atrevía a decírselo, una timidez poco habitual en él lo cohibía. Ella en la puerta le da la mano, él la retiene y a duras penas le dice: “Por favor, quédate, no solo porque estoy enfermo”. Antonia se queda en el umbral, responde. “En realidad, no estás contaminado, simplemente tienes un resfrío que no supiste cuidar a tiempo. Creo que solo estás enfermo de soledad al igual que yo”. “Entonces, Antonia, porque no juntamos nuestras soledades”. Se sintió un poco ridículo, un poco como metido en una teleserie de esas tan comunes. Ella mirándolo a los ojos, cerrando la puerta por dentro, solamente le dijo. “¿Por qué no?”.
     Pasan algunos días. Allí en el balcón, cuarto piso, observando el paisaje, donde el color verde predomina; escudriñando el accionar de aves y ardillas, tomados de la mano, José Luis y Antonia conversan sobre los tiempos idos, tratando de asumir el presente. Ambos confinados, sin planificar futuro alguno, esperando… esperando… tal vez tiempos mejores para la humanidad.


                                                     Roberto Farías Vera
                                                  Verano 2020, Södertälje
 

 

 

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