Quienes hicieron gestiones para salvar de la cárcel al sujeto de marras fueron sus parientes, cercanos a Pinochet; entre ellos el obispo que se sepultaba y su hermano José.

Eduardo Contreras. Abogado. 22/06/2020. Fue un regalo de Dios”, dijo Sebastián Piñera al referirse a su tío el obispo Bernardino Piñera, en sus palabras de despedida al cura en la ceremonia de su entierro, en la que una vez más este curioso personaje volvió a atropellar la legalidad. Es parte de su historia, de su modo de enfrentar la vida y, por supuesto, no es la primera vez que en ello incurre.

En este caso -y más allá de sus torpes desmentidos- la evidencia periodística, incluidas fotografías y escenas televisivas, muestran que pasando por sobre la normativa impuesta por el propio gobierno -que por esas cosas inexplicables de la historia él encabeza-  en el sepelio hubo más personas que las permitidas, pero además hubo músicos, periodistas, fotógrafos, camarógrafos, etc…Como si fuera poco, el fallecido estaba impecablemente vestido, con traje nuevo, como el propio Piñera comentó ante la prensa. Es decir, que se violó dura y totalmente la norma establecida.

Pero no fueron todas esas las violaciones, porque además el ataúd no estaba sellado. Y como si fuera poco, se le abrió la tapa y los asistentes -y los televidentes-  pudimos ver al muerto. Es decir, que no se respetó en absoluto ninguna de las medidas dictadas por el propio Piñera ante la situación de grave crisis sanitaria que enfrenta nuestro país en el marco de una pandemia de carácter  mundial. Debe subrayarse además que al avanzar para abrir la tapa, varios de los asistentes le señalaron al mandatario que eso estaba prohibido, que no lo hiciera, advertencia que por supuesto el personaje no respetó.

Como es obvio, cuando poco después de estos hechos se hicieron sentir las críticas por los nuevos atropellos, las autoridades de gobierno presentes o no en el entierro, todas sin excepción, negaron la existencia de estos hechos que todos vimos y escuchamos  dejando una vez más en evidencia su tristísimo papel de incondicionales de este personaje lamentable de nuestra historia.

Ahora, claro está, razones tiene de sobra el ex socio de LAN-Chile para estar agradecido de su pariente fallecido. Al fin de cuentas, como nos relatara en el Palacio de Tribunales hace unos años y pocos meses antes de fallecer doña Mónica Madariaga, ex ministra de Justicia del dictador Augusto Pinochet, ella fue obligada a requerir de los tribunales y la Corte de Apelaciones de Santiago que se dejara sin efecto la orden de detención en contra de Sebastián Piñera por su calidad de autor del delito de Defraudación al Banco de Talca del que este individuo había sido gerente y que por esos días estaba prófugo de la Justicia.

La orden de encargatoria de reo había sido dictada por el ministro Luis Correa Bulo en el expediente rol N° 99.971-6 con fecha 27 de agosto de 1982 cuya copia es hoy pública.

Y  quienes hicieron las gestiones para salvar de la cárcel al sujeto de marras fueron sus parientes, todos cercanos a Pinochet; entre ellos el obispo que se sepultaba (“…fue un regalo de Dios…)  y su hermano José, asesor de la dictadura.

Lo que relato son hechos públicos y conocidos de todos. Pero debo agregar que Mónica Madariaga, la ministra que encabezó esas gestiones, se acercó a hablarme en tribunales -pese a nuestras enormes diferencias políticas- entre otras razones porque habíamos sido compañeros de curso en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y buenos amigos en esa época distante. Además, porque a esas alturas de la vida ella ya había hecho público su arrepentimiento por haber sido funcionaria de la dictadura y era entonces una abierta crítica de Pinochet y la dictadura. Como si fuera poco, el propio ministro Correa Bulo, que fuera años más tarde maltratado en la Corte Suprema, también nos relató en su momento las duras presiones de que había sido objeto.

Estimé que en aras de la verdad de lo ocurrido en estas horas era necesario conocer las razones del porqué no se respetó ni la ley ni nada para agradecer póstumamente a quien ayudó a salvar a un pariente de una prisión decretada por los propios tribunales.