Jueves 09 de Julio del 2020

Más articulos

LOS DOS

Cuento de Roberto Farías Vera. Dedicado a mis queridos amigos: Luis Maray y Leonarda Caroca. Aquella mañana sueca, en que el calendario señalaba el especial día consagrado al advenimiento del sol, José Luis reflexionaba en su balcón un poco ajeno: al vuelo de las gaviotas, al transitar insolente de los cu


Cuentos de David Manuel Espinoza Medina, de su libro Relatos Sórdidos

”Iniciada la lectura de los primeros cuentos de este libro los restantes se leen con avidez, como si cada una de las situaciones descritas fuesen parte de nuestro propio entorno o de nuestros recuerdos. Los hechos conmueven por su crudeza. Dibujados con pinceladas gruesas no admiten sino el lenguaje duro de l


El crimen perfecto

Cuento de David Mc Conell. El crimen perfecto. En el trayecto por el pedregoso camino, una mujer de ochenta años aproximadamente, de cabellos grises, le pidió a Juan ser transportada en su citroneta algunos kilómetros hasta su hogar. Juan se dirigía, como todos los veranos, a la casa del tío en el sur a pasa


,El Mojón

Cuento de David Mc Conell. - El Mojón. Sonaba la campana y el Profesor jefe del cuarto medio del Liceo Municipal ya estaba frente a la puerta de la sala de clases. Al percibir una gran trifulca y ruido de sillas rodar por el piso se apresuró a abrir la puerta. Grande fue su sorpresa e indignación al ver a do


La Quitada

Cuento del escritor Chileno David Manuel Espinoza Medina: La Quitada. A los diez años el Caluga huyó del Sur debido a las palizas que su madrastra le propinaba cuando él se orinaba en la cama. En Santiago durmió bajo el puente Recoleta hasta que conoció a un viejo monrero que lo cobijó y lo llevó a los traba


El crimen perfecto

 

                        El crimen perfecto

David Mc Conell

En el trayecto por el pedregoso camino, una mujer de ochenta años aproximadamente, de cabellos grises, le pidió a Juan ser transportada en su citroneta algunos kilómetros hasta su hogar. Juan se dirigía, como todos los veranos, a la casa del tío en el sur a pasar sus vacaciones. Con agrado le abrió la puerta delantera y le ayudó a poner unas bolsas en el asiento trasero que contenían remedios para una vaca enferma. Petronila, así se llamaba la mujer, poseía cinco hectáreas de tierra, ocho vacunos y vivía de la producción lechera junto a su hija y nieto de tres años. Del padre del niño nada sabían, los había abandonado.

-“Resultó un flojo”… comentó posteriormente la abuela.

Reiniciado el viaje hubo variados temas de conversación. Petronila deseaba crear un ambiente en el que pudiese preguntar cosas más personales y a su vez poder compartir con alguien sus dificultades y problemas. Aprovechando un minuto de silencio de Juan, preocupado de unos animales pastando a la orilla del camino, pregunta con una leve sonrisa…

-“¿Ud. mataría por amor?”

Sorprendido, demora la respuesta y afirma como dudando…

-“En general no”

-“¿En general no?”…repite la abuela con gracia y agrega categórica…

- “O sea Ud. ha matado por amor”

Juan sonriendo responde…”No he matado a nadie pero no niego haberlo pensado en variadas ocasiones”.

-“Haber cuénteme…apuesto lo engañaron”.

No sabía cómo se enfrascaba en un dialogo tan personal con una anciana absolutamente desconocida. El tono de voz, el movimiento de sus manos, la mirada escrutadora, las cejas destacando sus ojos negros, eran una incitación a la descarga emocional sin compromiso alguno. Haberle dicho…”lo he pensado varias veces”…ni siquiera era su manera de ser, de enfrentar los conflictos. Mas bien deseaba provocar y sorprender a la simpática intrusa con un diálogo que acortara el largo camino. Conocidos eran sus agudos y chispeantes sarcasmos.

-“Si, es verdad”…responde.

-“Me casé como toda persona normal, enamorado. Muy tarde percibí sus celos enfermizos, era la posesión absoluta. No se frenaba, explotaba, se enojaba y a continuación lloraba. La inseguridad la hacía ser cruel en los juicios hacia otras personas. La relación se había transformado en una pasión dañina”…le comenta Juan a Petronila sin que ella percibiese el rostro risueño, típico del burlador, y agrega…

-“Antes de planear asesinar a Dolores, pensé en suicidarme”.

- “¿Por qué? ¿Alguna enfermedad lo aquejaba?”

- “No, mi salud ha sido buena. Me di cuenta que era un individuo sin opinión en la relación. Timorato, pusilánime, cobarde. Las discusiones eran cada vez más frecuentes. En honor a la verdad Sra. Petronila el único culpable era yo, la conocí así, áspera irritable, autoritaria”

. “¿Y porque se casó entonces”?

. “Un dicho campesino podría ser la respuesta a su pregunta”…”Un pelo del culo tira más que una yunta de bueyes”...”Mis hormonas cayeron embobadas, embelesadas, atontadas, por el embrujo de ese brebaje para seducir…Como no encontraba solución decidí suicidarme”.

-“¿Cómo lo iba a hacer?”…interrumpe Petronila entusiasmada con la confidencia.

-“Arrojándome al tren”

-“¿Al tren?

-“Si, a mí me han atraído siempre los trenes. Si moría debería ser con escándalo y causarle el máximo de dolor. Al impactar con el tren, las tripas quedarían dispersas en cien metros a la redonda. De pronto me acobardé y pensé…mejor la mato…me meten preso y me dedico a leer sin ser molestado por nadie”.

Aunque eran invenciones del momento, ante una mujer desconocida, se preguntó si alguna vez lo había pensado. Como Goethe el autor de “Werther”. Goethe despechado por el desamor de Charlotte Bluff no se suicida, sí lo hace el protagonista de la novela y Goethe cura su desengaño con nuevas pasiones.

La abuela absorta en el relato interrumpe…

-“¿Pensó en ponerle veneno a la comida?”

-“No, pensé matarla de un golpe en la cabeza con un uslero”.

-“¿Por qué con un uslero?”

-“Tengo tendencia a la espectacularidad…Los sesos debían quedar pegados en la muralla, toda la pieza salpicada de sangre, al otro día los diarios mostrarían en primera página el arma asesina…el uslero. Yo esposado entre dos gendarmes y los periodistas preguntando (para eso estudian cinco años)… ¿Qué sintió cuando le pegó con el uslero?...un gran descanso”.

Después de lo dicho no sabía si continuar, terminar allí el relato o seguir inventando situaciones para dar rienda suelta a su prodigiosa imaginación. El rostro denotaba ira, rabia, enfado, enojo. También sonreía interiormente con satisfacción por la recién creada escena narrada a una expectante desconocida.

Petronila observándolo entre incrédula y entusiasmada lo insta a proseguir con un gesto de su mano derecha.

-“Teníamos un uslero en la cocina de unos cincuenta centímetros de largo y un mal día al observarlo empecé a fraguar la idea de utilizarlo para asestar el golpe mortal. Durante un par de días practiqué pegándole a una pelota de futbol puesta en el respaldo de una silla. El golpe debía acertar en la base del cráneo cuando ella estuviese frente al televisor…pero me acobardé. Quizá influyó la llegada de Dolores ese mismo día con ganas de jaleo, de jarana, de fiestear en casa y sin planificación alguna estábamos en la cama haciendo malabares acrobáticos como hacía mucho tiempo no realizábamos. No existe mejor elixir para tranquilizar la sique que degustar la piel de una mujer hasta terminar exhausto…Todo daba a entender la inevitable y definitiva despedida, no obstante el placer alcanzado. Pasaron largos minutos sin decir nada, de repente veo lágrimas correr por sus mejillas, era un llanto tranquilo sin convulsiones. Empezó sin asperezas a reconocer el trato hostil y lo comprensivo y paciente de mi actitud y que yo había sido el gran amor de su vida. Le traje pañuelos, se secaba las lágrimas y proseguía hablando de planes como si nada hubiese sucedido. Debo confesar no tener la más mínima idea de cómo entender o interpretar el llanto de una mujer, menos el de Dolores. Ingenuamente creí…llora de alegría por mi comprensión de su nueva relación con otro hombre y la madurez demostrada previa a la separación definitiva. ¡No! Me equivocaba nuevamente, Dolores no contemplaba la separación, seguiríamos unidos, así lo había decidido. La vida seguiría como ella la había previsto, actuaba como si la realidad no existiese. Secándose las lágrimas me dijo…debemos rehacer nuestras vidas, comprendernos, tratar de vivir sin discusiones infantiles, minúsculas. Repetía frases mías dichas en infinidad de situaciones conflictivas. Señora Petronila, esa mujer podía pedirme cualquier cosa después de hacer el amor yo la cumplía y si el llanto humectaba sus ojos me transformaba en un niño obediente, solícito. Sin embargo aquella noche ocurrió algo increíble, todavía me sonrío de lo acontecido. No se lo he contado a nadie, me avergonzaría, porque era una demostración del nivel de locura alcanzado. Acariciando el pelo comencé a aconsejarla…”debes respetar a tu nuevo compañero y no hacerlo sufrir…crea bases firmes asentadas en la mutua confianza…no te precipites al opinar…responde con amabilidad incluso cuando discrepes…no hables mal de la gente con la cual no simpatizas”. Yo percibí desde el inicio la relación con su jefe. En nuestras últimas vacaciones llamó todos los días por teléfono al trabajo aduciendo necesitaban su ayuda. Por eso adopté una actitud conciliadora, pasiva, compresiva, presentía la cercanía de la solución y me alegraba en algún sentido. Sra. Petronila…¿Sabe qué me respondió?...No te preocupes por él, le dije que me acostaría contigo y se puso a llorar suplicándome no lo hiciera. Le confieso, de inmediato se acrecentó en mí el deseo de huir, de desaparecer de su vida, liberarme de los encantos que me aprisionaban como tenazas dentro de una jaula de oro. Terminé definitivamente con ella, la saqué de mi vida como si la hubiese asesinado”

Con gesto de sabiduría campesina Petronila agrega…”Tanto va el cántaro al agua que termina por romperse”…me lo dijo mi madre después de pegarme una cachetada por mi porfía, mi terquedad. Lo comprendí muchos años después. Al principio me preguntaba...¿Como puede ir el cántaro al agua?. A Ud. le queda mucho por vivir y se convencerá…”La venganza del cornudo se realiza en el amante”.

Con voz tranquila y lenta le responde bonachonamente…”A veces, he conocido infinidad de casos en donde la mujer ha sido la beneficiada por ser la nuestra una cultura misógina”.

-Ud. habla en difícil. Explíqueme eso de miso. ¿Miso… cuanto?

-Misógina, es la prepotencia del hombre hacia la mujer, el típico machismo

-¡Ah!

Aprovechando el breve silencio es ahora Juan quien pregunta

.¿Ud. abuela ha matado a alguien?

-Sí, yo maté a mi marido…balbucea Petronila en voz baja y triste. Ni el juez me lo creyó.

Incrédulo se acomoda Juan en el asiento, disminuye la velocidad del auto haciendo un gesto con las cejas y la mano derecha, igual a Petronila momentos antes, instándola a continuar. La abuela comienza como si lo hubiese narrado mil veces.

-Nos casamos muy jóvenes. Enamorados. Tuvimos una hija. Él era trabajador, nunca me pegó, ni me retó, como hacen muchos hombres por aquí. Nunca se olvidaba de mi cumple años. A las fiestas del pueblo íbamos juntos, nos divertíamos mucho. Todo lo compartíamos. Pero un día, yo tenía cuarenta y ocho años, él cincuenta…me llegaron rumores…una mujer del pueblo vecino le andaba haciendo la ronda a mi marido. Lo notaba medio huraño, medio esquivo, no me miraba de frente. Hasta que le pillé una carta de amor en la chaqueta, llena de faltas de ortografía y palabras pegadas. Al principio me reí…¿Cómo va a estar interesado en una mujer ignorante, casi analfabeta? Pasada una semana empecé a divagar…Mi hombre es mío y de nadie más. Nadie me lo quitará. Me repetía como loca. Por esos días mi esposo tuvo un dolor al pecho, el médico le descubrió una grave enfermedad al corazón. Le prohibieron el tabaco, el alcohol, la sal, las comidas con grasa, nada de trabajos pesados, ni cortar leña podía. En invierno llueve mucho por aquí y adquirí la costumbre de leer cuanto papel llegaba a mis manos para pasar los húmedos días sin aburrirme. En la feria compré un libro con todo lo relacionado con infartos y lo que no debía hacer un paciente para cuidar su corazón. Venía su cumpleaños, estábamos solos, le preparé una fiesta como él se la merecía”.

Explica con picardía Petronila

-Me propuse hacer lo contrario a las recomendaciones del libro para enfermos del corazón. Preparé una bien sazonada y abundante comida. Freí con manteca chuletas de cordero, chunchules, hígado, sesos, media docena de huevos de pata. Hice pebre, papas cocidas y una abundante mayonesa. Todo bien salado y picante. De postre le dí dos tazones de fruta con crema de leche. Se comió todo con ganas. Compré una botella de agua ardiente…creo tenía más de cuarenta grados porque no fui capaz de tomarme un vasito. Consumida la botella de alcohol, lo provoqué para tener relaciones. En verdad no alcanzamos a hacerlo, se quedó dormido. Al otro día amaneció muerto. Lo comprobé con un espejo puesto en la boca. Revisé la chaqueta y quemé la carta de la malvada mujer que quería quitármelo. Al medio día llegó el médico y determinó… “los vómitos al irse a los pulmones provocaron la muerte”. Ahora si Ud. me pregunta si estoy arrepentida de su muerte le digo…!No! Él era mío, no podía compartirlo con nadie, él está en el cielo. ¿Me cree o no me cree?

-¿Lo del cielo?

-No, lo del crimen.

-Es el crimen perfecto

-¿Porqué?

Al quemar Ud. la carta eliminó el motivo del asesinato, los celos. ¿Lo ha contado igual a otras personas tal como me lo ha descrito a mí?

-No pues, tonta no soy, a los otros les digo…por mi culpa murió, le preparé una rica comida y le cayó mal.

-Extraña es la vida… cavilaba Juan…Dolores había sido eliminada de su vida, en algún sentido había muerto para él. Por el contrario Petronila no olvidaba a su único amor y realmente lo había asesinado.
 

David Mc Conell

 

 

Actividades

 

 

Federación Nacional Victor Jara - Estocolmo, Suecia
contactos: director@victorjara.se
© www.victorjara.se autoriza la reproducción total o parcial de los contenidos con mención de la fuente.