Lunes 01 de Junio del 2020

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La Enfermera

 

La Enfermera

El barco se deslizaba lentamente. La suave brisa y la profundidad del paisaje marino, en un día soleado, permitía la tranquilidad necesaria para que el cerebro pudiese recuperar nostálgicamente los momentos gratos del pasado. Dos personas coincidían sin conocerse, en lo alto de la proa del barco, sujetas a las barandas del frio metal entre las anclas y el cabrestante. Disfrutaban de la vista recordando lo placenteramente vivido. Las miradas clavadas en el ondulante oleaje contribuían a reconstituir los momentos de dicha. La mujer mediaba los sesenta años y el joven poco más de veinte. Ella Había sido enfermera en la segunda guerra mundial y ahora se reponía de un cáncer pulmonar. Él terminaba sus estudios de historia contemporánea y se recuperaba del fin de un tortuoso amor. En ambos los recuerdos de goce se entremezclaban con los trances dolorosos. El suave balanceo de la nave ayudaba al cambio de estados de ánimo sin rupturas, casi armónicamente. Las imágenes se sucedían unas tras otras como cuando se hojea un álbum de fotos de diferentes épocas y se redescubren episodios ya olvidados. En los recuerdos gratos había sonrisa interior, en los tormentosos, comprensión.

Durante el almuerzo con el capitán, Erika y Carlos coincidieron en opiniones en la conversación de sobremesa. El tema había sido la segunda guerra mundial y el marino la había iniciado a sabiendas que la enigmática y reservada Dama era de origen alemán. Los otros dos comensales, un abogado de poco más de cuarenta años y un comerciante en lanas cercano a los sesenta, deseosos de entregar opiniones no percibieron los afanes del capitán y se dispusieron a hablar tratando ostensiblemente de demostrar conocimientos. El abogado repetía los argumentos de la prensa norteamericana y de algunos historiadores superficiales…”la guerra la ganó el general invierno”… e insistía, como queriendo martillar con su elocuencia la veracidad de lo expresado. La mujer alemana con gesto tranquilo, sin levantar la voz explicó…”los dos ejércitos en sus trincheras soportaron los 40 grados bajo cero de ese crudo invierno”…y estableciendo de inmediato una clara posición con respecto a los hechos históricos, entregó variados antecedentes tácticos y estratégico de las batallas más conocidas para concluir…” los intereses económicos de las principales potencias rivales y la aspiración de Alemania de colonias como las poseídas por Francia, Inglaterra, Portugal, España, Italia, Japón, fueron lo determinante”….de esa manera Rusia, se transformaba en un gran botín para los beligerantes”.

El joven se extrañó al oír lo dicho por Erika. La educación impartida para toda una generación previa a la guerra, en Alemania, era extremadamente chauvinista y la argumentación vertida denotaba un amplio criterio, lecturas variadas, más aún, una opinión poco difundida en su país natal. Se abanderizó con ella y cuando le tocó intervenir entregó antecedentes acerca de los millones de soldados movilizados por los países de ambas coaliciones, el número de muertos y los cambios geográficos una vez terminada la guerra. Finalizó diciendo que el país más pobre de Europa había derrotado al ejército más poderoso y mejor apertrechado de todos los tiempos. Los invasores, en su guerra de conquista no contaron con el patriotismo de los avasallados y un Estado que en ningún momento pensó en rendirse. Desde la invasión en 1941 denominaron la guerra como la… “Gran Guerra Patria”.

Erika registró de inmediato la argumentación de Carlos, para ella también era una sorpresa su razonamiento. No era frecuente oír y menos en boca de un joven de un país tan lejano, tal acopio de cifras y antecedentes acerca de un hecho histórico que su generación no había experimentado. Las conclusiones eran irrefutables. Le agradó su apariencia tímida y retraída. La exposición fue simple y contundente. En este rincón del planeta también se podía descubrir personas sin anteojeras, pensó.

La conversación pasaba de un tema a otro y el más entretenido era el capitán, insinuando matices, o aristas del tema con gran sutileza, para después escuchar a los contertulios y disfrutar de la discusión. Lo había realizado cientos de veces. Tomaba discreta distancia de las posiciones más extremas o menos convincentes, aportando detalles desconocidos sin importunar a nadie, transformándose en un simpático y diplomático anfitrión. Sus alcances estaban ligados con frecuencia al rol de la navegación en los conflictos mundiales.

“A no dudar que fue una guerra de rapiña de todos” expresó de manera teatral el comerciante en lana. El abogado se explayó exponiendo los… “nefastos tratados de la Primera Guerra mundial impuestos a Alemania” y concluyó como argumento aprobatorio la necesidad de “espacio vital”. Hubo un largo silencio después de tal aseveración. Definitivamente el abogado era partidario de los derrotados y justificaba su accionar con razonamientos éticamente condenables. Carlos aprovechando la pausa sorpresiva levantó una mano como en la escuela para pedir la palabra y se dispuso a entregar algunos antecedentes económicos de los principales países al inicio de la guerra que habrían sido los desencadenantes, …“la disputa por los mercados… tal como había ocurrido en la Primera Guerra Mundial “ y terminó recordando una frase de Goethe en su libro “Fausto” que venía como anillo al dedo a sus conclusiones …”Sería no tener ningún conocimiento en la navegación, suponer que la guerra, el comercio y la piratería no son inseparables”.

La nuevamente sorprendida con la cita fue Erika, ahora no solo sentía cercanía con Carlos, sino empezaba a admirarlo como a un hijo, el hijo siempre deseado y que nunca pudo tener.

Sonriente, el capitán del barco también recordó las palabras de Fausto y alabó a Goethe como uno de los más grandes pensadores de su época.

Los largos viajes, desde el Norte hasta el centro del país, solían hacerse en tren o en barcos de carga. El tiempo utilizado por ambos medios era similar, cuatro días con sus respectivas noches. Los barcos de carga habilitados con seis u ocho cabinas para pasajeros lograban algunas ganancias y de esa manera disponían de dinero rápido. Eran preferidos por ser más baratos que los barcos dedicados al turismo y más confortables, eludiendo las incomodidades de un largo viaje en tren con duros asientos de madera.

Los cuatro pasajeros, desayunaban, almorzaban y comían con el capitán, a veces con el segundo de a bordo. Tres de ellos chilenos: el joven historiador, un abogado que con rapidez inusitada dejó en claro su superficialidad al hacer gala en sus intervenciones de una tozudez sin respaldo, sin demostración lógica; y un comerciante del sur de Chile, que prefería hacer preguntas para demostrar interés en la conversación al no poder agregar algo sustancioso, dedicándose más a escuchar, aprobando con un movimiento de cabeza lo obvio.

Erika, alemana de atractivo rostro, penetrantes ojos azul cielo, abundante pelo entrecano y pequeñas arrugas en las comisuras de los labios, imponía su figura bien proporcionada, observada de reojo por los comensales. Podría ser perfectamente la abuela del joven, una científica jubilada, o una actriz en sus últimos años. Hablaba poco de sí misma, participando de las sobremesas con interesantes puntos de vista y variedad de datos, dejando de manifiesto su nivel cultural y una visión objetiva poco usual en boca de una alemana participante de la guerra.

El abogado no acostumbrado a escuchar la opinión de mujeres en temas privativos de “hombres”, interrumpía con cierta prepotencia cuando no coincidía con sus opiniones. Ella respondía sin mirarlo y de manera tranquila reafirmaba su exposición con nuevos antecedentes y cifras, no solo de especialistas alemanes sino también de ingleses, franceses y norteamericanos. El abogado había quedado herido desde el primer día cuando en medio de una conversación acerca de la necesidad de establecer relaciones de paz en un país y en el mundo, dijo…”ser partidario del establecimiento de leyes únicas aprobadas por y para todos los países, esa sería la solución a todos los males”.

Erika se explayó argumentando que las leyes escritas por los hombres no son la solución de los problemas sino una consecuencia y reflejaban las relaciones de dominio existente en cada país del mundo, y burlonamente sin expresarlo en su rostro finalizó… “Los abogados son al sistema lo que los popes al zarismo”. El abogado no respondió, su rostro denotó molestia, su silencio fue forzado. Hasta es posible que no haya entendido nada de lo acotado por la mujer.

Carlos intervino apaciguador, había oído esa frase pero no recordaba el autor. Enfatizó estar de acuerdo en general y relativizó un poco lo dicho por Erika al agregar…”Hubo popes anti Zar y curas pobres activos partidarios de la revolución francesa, y abogados defensores de sindicatos”. La alemana puso su mano derecha en el hombro de Carlos y hablando cariñosamente como a un hijo, le dijo…”tienes razón, siempre hay excepciones”.

La alemana era para todos una incógnita. ¿Por qué hacía el largo viaje por sud América sin tener familiares o amigos en este extremo del mundo? ¿Huía de algo o de alguien? ¿Dónde había aprendido español sin un acento definido? ¿Solo deseaba conocer los hermosos parajes del austral país?

Fue fácil para Erika entablar una conversación con Carlos en el reencuentro ahora acordado, en la proa del barco, mirando los últimos rayos solares en el horizonte. Le había caído bien. Por sobre todo la había impresionado la simpleza y claridad de su argumentación, acompañada de datos económicos, históricos, ideológicos y culturales. Inconscientemente lo estaba considerando desde un principio como el hijo siempre deseado. Le preguntó por el lugar de residencia, por los contenidos de los temas estudiados en la universidad. Quería saberlo todo. Lo consideraba ya como un viejo amigo al que se le podían confiar hasta los más íntimos secretos. Carlos respondió con detalles, sin guardarse nada. También simpatizaba desde un principio con aquella mujer experimentada que había sufrido los rigores de la guerra.

Acostumbrada de por vida a hablar siempre lo justo y necesario, ahora deseaba explayarse con alguien de confianza. Las ansias eran urgentes, se aproximaba el fin de sus días, lo percibía. Carlos intentaba a través de la observación de su rostro averiguar mil detalles de su vida

En el tercer encuentro en la proa del barco, la admiración y aprecio eran mutuos. Subieron después de desayuno con el pretexto de ver grandes peces y así aislarse del resto y no ser importunados. El viaje de cuatro días terminaba y al atardecer verían las luces del puerto.

Erika empezó sin que Carlos le preguntara…“Fui enfermera en el frente desde los inicios de la guerra…nuestro hospital de campaña con cinco médicos y doce enfermeras estuvo siempre inmediatamente detrás de las divisiones que avanzaban”… “En los primeros meses recorríamos entre 50 y 70 kilómetros diarios, lo recuerdo porque en retirada completábamos cerca de 100 y hasta 120 km diarios”…”En Octubre- Noviembre el frente se estancó a diez kilómetros de Moscú y el hospital quedó a tres de la primera línea de artilleros. A veces cuando descansábamos podíamos subir a una pequeña colina y con catalejos observar las cúpulas del Kremlin”…” ya después fue imposible, la artillería rusa nos obligaba a vivir prácticamente en las trincheras, a tres, cinco, y hasta diez metros bajo tierra”. “El trabajo era agotador, los mutilados recibían los primeros auxilios y su permanencia en el hospital de campaña dependía de la gravedad, enviándose a la retaguardia a los imposibilitados de caminar o usar un arma”…”Nos habíamos especializado en amputaciones de piernas y brazos”…”Cosíamos piel todo el día y toda la noche”. “Los que mejoraban permanecían una o dos semanas en recuperación y eran devueltos a la línea del frente.” “Se iban tristes y cabizbajos”…”Dejaban largas cartas de amor para la esposa, los padres y los hijos.”…”Se les prohibía que describiesen lo vivido en la guerra, las cartas debían ser entregadas abiertas”.

Escuchar a Erika acerca de los horrores de la guerra predisponía a simpatizar con ella, a abrazarla, a compadecerla, a respetarla y hasta admirarla. No había rencor ni odio en sus palabras. Lo había vivido en primera línea como miles y miles de su generación. “No existe en vida algo más inhumano que la guerra”, concluía.

Respirando profundo para airear sus pulmones y tener una pausa en su relato le pide a Carlos…”cuéntame de tu vida”.

Un tanto sonrojado Carlos se dispuso a hacer lo que nunca había hecho, hablar de sí mismo con un extraño. Relató con cortas frases su infancia, sus juegos y estudios. No mencionaba a los familiares más directos. Erika le preguntó por ellos…“Me crié con mis tías, buenísimas personas. Mi madre murió cuando yo nací. Mis tías me dijeron que pudo haber influido la edad, cerca de cuarenta años y su organismo no resistió. De su padre le contaron poco. “Por su trabajo debía recorrer el país y un buen día, cuando yo tenía ocho o diez años, mis tías me dijeron se había ido al extranjero”.

Inesperadamente Erika pregunta…¿Tienes novia? Sorprendido y a la vez asombrado por no haber conversado del tema con amigos ni familiares, se dispuso a hablar midiendo sus palabras, sopesando lo por decir. No había madurado ni concebido una respuesta. Lo vivido no estaba explicado ni digerido en su cabeza. Hasta ahora, los más cercanos nada sabían de su amargura.

“Nos conocíamos desde la infancia, éramos vecinos, llegada la adolescencia fuimos más que amigos, nos besábamos con frecuencia. Sus padres no ponían obstáculos a nuestra relación; me alababan frecuentemente por ser buen estudiante y me auguraban un prometedor futuro ante la posibilidad de un título universitario. Pero de un día para otro ella se enamoró de un compañero de estudios y no se atrevió a decírmelo. Fui yo quien los sorprendió en un parque, tomados de la mano. Incapaz de enfrentarla, nunca más la vi. Han pasado casi dos años y reconozco, es la experiencia más traumática que he vivido.

“Mi querido hijo “… comenzó Erika, apoyando su nano en la nuca acariciando su cuello, cuando tengas mi edad evocarás lo vivido como un episodio más, sin traumas, sin rencores, e incluso con una sonrisa en tu rostro te beneficiará recordarlo. Lo decía sabiendo que sus días estaban contados.

Después de una profunda espiración retoma su relato.

“Me casé enamorada, ambos estudiábamos en la misma universidad, él ingeniería y yo enfermería, eran los años posteriores a la primera guerra mundial. Decidimos esperar para tener un hijo. Mi padre, dirigente sindical de una de las tantas secciones de una gran fábrica de automóviles fue apresado al segundo año de instaurado el régimen hitleriano. No era un activista político, era solo un dirigente sindical más. Es verdad que sus amigos cuando lo visitaban hablaban de política e intercambiaban libros, todos eran y siguen siendo mis “tíos” queridos. Mi madre murió de tristeza al no saber más de su esposo. Nos fuimos a una ciudad en donde nadie supiese del pasado de nuestras familias. Era peligroso tener parientes en campos de concentración. De todas maneras siempre me las ingenié para hacer llegar cartas con noticias de nosotros a mi padre. Después de la guerra me confidenció que esas líneas lo hacían vivir y tener confianza. Diez años estuvo preso y diez cartas lograron llegar a sus manos”.

“Iniciada la guerra fui destinada a un hospital de campaña detrás de las primeras líneas de infantería en el frente oriental. Mi esposo al frente sur. La guerra se estancó a fines del año 41, las grandes ciudades rusas resistían. Durante el año 42 se avanzaba y retrocedía todos los días decenas de kilómetros. Un mal día recibí una larga carta de mi esposo. Había una orden especial de no referirse a hechos o situaciones de guerra o sería llevado a una corte marcial que ya había decretado varios fusilamientos por esa causa. Mi esposo corrió el riesgo y se atrevió a contarme lo sucedido…”Hace tres días dejamos Chejov y hoy nos encontramos en un caserío de no más de veinte chozas de barro y techos de paja. Nuestra sección debe esperar órdenes radiales para avanzar o retroceder. Cuatro niños famélicos de entre 6 y 8 años se nos acercaron para pedirnos chocolates. Al darles algo de nuestras provisiones aprovechábamos de entablar conversación y aprender algunas palabras en ruso. En el pequeño poblado solo quedaban dos viejitas de más de ochenta años. La zona había sido evacuada a la retaguardia, no quedaban hombres, mujeres, ni maquinaria. Nadie se explicaba porque estas dos viejitas y los cuatro niños permanecían en el lugar... “Tal vez cuando se dio la orden de evacuar, los niños y las abuelas se encontraban recogiendo hongos en el bosque”, argumentó un soldado.

“Al atardecer el oficial da la orden de alistarse, retrocederían esa noche a posiciones seguras. Formados los soldados y sin saber porque estaban presente los niños y abuelas junto a una pared, ordena cargar sus fusiles y apuntar. Deberían ser fusilados para no entregar información al enemigo. Un soldado da un paso al frente revelándose a cumplir la orden. De inmediato el oficial a cargo de la tropa desenfunda su pistola y acercándose al soldado le dispara en el rostro asesinándolo frente a sus compañeros.. Los niños tomados de las faldas de sus abuelas, no se explicaban lo sucedido. La orden fue cumplida”.

La carta continuaba…”Estoy desecho, he intentado suicidarme y también matar al oficial. No sé si soportaré esta pesadilla una vez terminada la guerra”.

“Doblé la carta y la guardé en mi ropa. Todo el día anduve como sonámbula. No sabía que pensar, mi cerebro explotaba. Mi actividad, mi preocupación, mis pensamientos al servicio de salvar vidas y mi esposo…Caí en una depresión profunda, solo el deseo de sobrevivir a la guerra fue más poderoso. Permanecer con vida pasó a ser prioritario y había que hacerlo con inteligencia, con cordura, si es que la cordura existe en la aberrante guerra. Me sumergí en el trabajo con más ahínco. Todo el día cosía brazos, piernas y rostros. Los soldados se restablecían y regresaban al frente. Actuábamos como sonámbulos. Nadie discutía, las órdenes se cumplían.

“A fines del año 43 cambió mi vida. Llegó a nuestro hospital de campaña un joven soldado herido en su espalda por el estallido de una bomba. El médico de turno dijo que moriría en pocas horas. Me tocó hacerle las primeras curaciones y sobrevivió la noche y el día siguiente. La respiración y pulsaciones eran deficientes. Al tercer día despertó y yo le tenía las manos tomadas. Me preguntó.. .¿Quién es usted? … “La enfermera de guardia” respondí. “Tu salvadora” agregó mi amiga, limpiando las heridas a otro soldado en la camilla contigua.

“Desde ese momento pasó a ser mi preocupación principal, lo atendía noche y día. Su mejoría era transitoria para nuevamente caer en inconsciencia. Cuando despertaba conversábamos de mil cosas, yo siempre le tenía las manos tomadas. Empezaba a verlo como a un hombre al que se podía amar y confiar los pesares. Pasados algunos días su recuperación fue ostensible. Debía regresar al frente. Le propuse fingir debilidad así podría hacer el parte médico proponiendo otra semana de permanencia en el hospital. En esa semana hicimos el amor a escondidas de los superiores casi todos los días. Hasta que llegó el día de su regreso al frente. Mi estado anímico nuevamente fue invadido por una profunda tristeza. Pasados unos meses, un buen día, dejamos de oír el permanente ruido de los estadillos de bombas. Nuestro hospital había sido sobrepasado por las tropas rusas en persecutorio avance del ejército invasor. El médico jefe dio la orden de esconderse en el bosque más cercano. Con mi compañera de trabajo decidimos caminar en dirección a Polonia. En el camino nos unimos a miles de mujeres que regresaban a su país de origen, de a pie, con sus hijos en brazos, y con pequeños coches cargados de cualquier cosa útil para cubrirse del frio invierno. Largas hileras de gente famélica con la única esperanza de regresar a sus antiguos hogares veían pasar ahora camiones cargados con soldados soviéticos en dirección a Berlín. Al octavo mes de caminata mi embarazo peligraba, me sentía debilitada. En ese mar de lágrimas mi optimismo volvía a renacer, pasando el río Oder permanecería en la ciudad. Me presenté en el edificio de la municipalidad, estaba exánime, sangraba. Comuniqué estar embarazada. Fui llevada a un hospital de campaña y el médico comprobó que abortaba. El feto estaba muerto”.

“La guerra había terminado, se abrazaban en las calles de felicidad… mi desconsuelo era infinito”.

Carlos había escuchado sin pestañar. Terminado el relato no sabía qué hacer… abrazarla?... decirle algo? Las palabras se negaban a salir de la boca. Sus problemas eran nimios comparados con los vividos por Erika. En ese instante deseó fervientemente que hubiese sido su madre real para llorar juntos, y decirle cuanto la necesitaba, cuanto la quería, cuanta falta le había hecho.
 

David Mc Conell.

 

 

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