Sábado 14 de Diciembre del 2019

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¿Una Nueva Constitución para Chile?

 

  ¿Una Nueva Constitución para Chile?

                                                                                        Patricio González

                                                                                            Nov. 2019

 

Siendo éste un tema altamente complejo, es de suma importancia su discusión y búsqueda de solución. En primer término, debe señalarse que el Estado es la estructura que se da la clase dominante para subyugar a la clase explotada.

 

Lenin, en su obra El Estado y la Revolución, señala “El Estado es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse.”1

 

El Estado capitalista, que rige el modo capitalista de producción, se manifiesta de diversas formas en su superestructura política: república (presidencial, parlamentarista, unitaria, federalista, entre otras), diversas formas de dictadura, monarquías, etc., lo que se expresa en diversos regímenes de gobierno. En ese contexto, se rigen por las llamadas Constituciones Políticas.

 

Si bien es cierto que ya en la antigüedad hay atisbo de este concepto, hace solo unos mil años atrás que se conocen textos más generales (Inglaterra 1215 y otros reinos de la época), pero recién con las revoluciones burguesas y la irrupción del capitalismo toma el cariz actual. En ellas se establece el llamado “estado de derecho” con la llamada división de poderes (Ejecutivo, Legislativo, Judicial). Su único fin es establecer un cuerpo de leyes jurídicas bajo el marco de la Constitución, con el cual se garantizan algunos derechos de las personas y se establece un marco de funcionamiento, el que debiese ser teóricamente respetado por todos, alcanzando así una “democracia”, la que en última instancia está al servicio de la clase dominante en desmedro de la clase oprimida. Entonces, reiterando, la Constitución Política debe entenderse como la ley jurídica madre, la “Carta Magna”, impuesta por la clase dominante, donde, bajo su manto, se legislan diversos cuerpos de leyes, que regulan variados aspectos de la sociedad.


Por tanto, en una sociedad dividida en clases, como es nuestra sociedad capitalista cualquiera sea la Constitución Política, ésta tiene como principal objetivo mantener el status quo, es decir, garantizar la explotación de la clase explotada por parte de la clase dominante. Sin perjuicio de lo anterior, ésta podrá tener algunos ribetes más represivos o más “democráticos”, dependiendo de la correlación de fuerzas, del estado de ánimo y  grado de combatividad de las masas, etc., pero nunca perderá su carácter de clase.


Ese grado de libertades estará también en directa relación con el tipo de gobierno que se establezca. No debemos olvidar que la actual Constitución, que rige en nuestro país, fue dictada bajo la dictadura más sangrienta y brutal que se haya dado en Chile, férrea defensora del modelo económico neoliberal y del gran empresariado, la cual todavía se mantiene vigente en sus elementos más esenciales (los llamados “candados”), los que debiesen ser erradicados en una nueva constitución.

El actual momento político que vive el país indica que la Revolución Socialista no está a la vuelta de la esquina. Que aún se requiere un gran despliegue orgánico, político e ideológico que permita construir un gran movimiento de masas, que genere un cambio muy grande en la correlación de fuerzas, que permita avanzar hacia el socialismo en un futuro más o menos lejano.

El gran desafío hoy día es profundizar la lucha por la libertad, por la “democracia”, que permita alcanzar reformas que satisfagan algunas de las múltiples necesidades insatisfechas de la población y que permitan, además, subir el grado de organización y de combatividad de la clase obrera y de las masas populares.

El gran movimiento social, que irrumpió a mediados de octubre, muestra el grado de disconformidad que refleja el cómo se ha gobernado en los últimos decenios, independientemente de cuál era la fuerza política partidaria que ejercía el gobierno. Señala también cómo los diversos sectores sociales han ido reaccionando ante la necesidad de realizar cambios.
 

Más allá de la masificación de estos movimientos, del apoyo que han recibido y de lo que se ha avanzado, muestra signos de espontaneidad, no obedeciendo mayormente a corrientes políticas o a algún grado mayor de organización. Dicho en palabras simples, no ha habido partido político alguno que haya podido liderar el movimiento y que haya podido estar a la altura de los acontecimientos. Si bien hay propuestas sectoriales diversas, no se vislumbra una dirección única coherente, que permita conducir al movimiento en forma más exitosa.

Esa espontaneidad es peligrosa en sí mismo para el movimiento. Puede terminar en un desgaste de éste, en su debilitamiento y finalmente en su extinción, especialmente cuando otras fuerzas (partidos políticos) socialdemócratas y socialcristianas, oportunistas, intentan tomar la representación del movimiento y negocian con el gobierno algunas medidas, donde se tratan tantos posibles cambios, que al final no cambia nada (el “gatopardismo”).

Las fuerzas de izquierda, revolucionarias, deben generar acciones que impidan aquello. Para ello se debe desplegar un gran trabajo para generar una fuerte alianza de clases, donde la clase obrera juegue un rol fundamental, debe darse un intercambio profundo de opiniones políticas, pero respetuoso y teóricamente fundamentado, de manera de lograr consensuar medidas que permitan realmente una profundización en los cambios planteados. Por lo mismo, va adquiriendo una mayor importancia la lucha de ideas en nuestra sociedad. Eso conlleva a que el fortalecimiento político e ideológico de los militantes de izquierda pasa a primer plano como tarea prioritaria. Se trata de entender el nuevo cuadro político generado en estos años y la importancia de las alianzas de clases que se deben configurar, que permitirán avanzar en profundizar la democracia y crear condiciones para futuros cambios revolucionarios más profundos y estructurales.

 

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1 Lenin, El Estado y la Revolución, pag. 28-29, Fundación Federico Engels Primera edición: septiembre de 1997 Segunda reimpresión: mayo 2009

 

 

 

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