Sábado 14 de Diciembre del 2019

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Homenaje a Salvador Allende

Homenaje a Salvador Allende. Intervención de Carlos Vidales en el seminario organizado con motivo del Centenario de Salvador Allende en el ABF central de Estocolmo. Se me ha pedido que hable más de los aspectos humanos, de mi relación con Allende. Como yo trabajé en La Moneda durante tres años


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Homenaje a Salvador Allende

 

Homenaje a Salvador Allende

* Carlos Vidales

Se me ha pedido que hable más de los aspectos humanos, de mi relación con Allende. Como yo trabajé en La Moneda durante tres años, no soy el más calificado para hacerlo, porque no soy de los amigos más cercanos suyos. Pero estuve muy cerca de él. Y además quiero decir que mi relación con Allende comienza mucho antes de que él fuera Presidente.

Cuando era niño, mis padres, mis hermanos y yo, llegamos a comienzos del año 53, exiliados de la violencia de Colombia. Pero no éramos completamente desconocidos en Chile. Nos recibió el Comité Cen-tral del Partido Comunista chileno, que estaba en la ilegalidad, pero nos recibieron en el aeropuerto. Volodia Teitelboim era muy amigo de mi padre, que fue fundador del Partido Comunista colombiano y la primera invitación que tuvimos fue también a la casa de un amigo de mi padre, Pablo Neruda, y a las pocas semanas conocimos a Salvador Allende, que era entonces Senador de la República, que nos fue presentado como "el próximo Presidente de Chile". Y desde ese momento nuestra relación con Salvador Allende fue muy cariñosa. De vez en cuando había encuentros con él o visitábamos su casa.

Yo tenía entonces 14 años y para mí era muy impactante conocer, relacionarme con Pablo Neruda, Salvador Allende, Alejandro Lipschutz; con todas esas personas que son tan importantes en la historia de Chile y su sociedad.

Y aquí quiero decir: lo que voy a decir son necesariamente cosas muy personales, aunque lo personal esté prácticamente inseparable de lo político.

No se puede hablar de la revolución cubana sin hablar de Fidel Castro, como persona, sus errores, cualidades y todo lo que él es. Tampoco se puede hablar de la Unidad Popular sin hablar de Salvador Allende, porque, como dijo muy bien Jorge Godoy, la Unidad Popular chilena es el resultado de siglo y medio de desarrollo del movimiento obrero, de la lucha de clases. Pero también es el resultado de la voluntad de un hombre que impuso su sello a la sociedad chilena. Salvador Allende en el parlamento era Salvador Allende, Las Leyes Sociales eran Salvador Allende. El trabajo por la salud chilena, como ha dicho muy bien el Dr. Cuevas, era Salvador Allende.

Y cuando uno hablaba con Allende… –durante los tres años que estuve yo con Salvador Allende durante el Gobierno Popular, para no hablar de antes, porque es más que evidente que durante las campañas del 58 y del 64 nosotros estuvimos muy cerca de él–, era claro que no hablaba solamente como quien habla de su patria querida, sino que hablaba como quien habla de un niño que es su paciente. Hablaba como un médico de Chile, haciendo el diagnóstico de su país. Y esto es una de las cosas más impresionantes para mí, porque era un hombre absolutamente preocupado de la salud de la tierra chilena, de la gente chilena, del pueblo chileno. Estas cosas me marcaron mucho, y aunque mi padre era comunista, yo milité en el Partido Socialista.

Otra de las cosas que me impactaron muchísimo, y me sigue impactando y creo que es uno de los elementos que hace que Salvador Allende crezca y siga creciendo, es la tremenda sinceridad y franqueza suyas; en su trato político, personal, con la gente. Nunca ocultó lo que pensaba. Si algo le parecía mal, lo decía inmediatamente. Pero lo decía sin insultar a nadie, sin ofender. Y en esto se diferencia prácticamente de todos los líderes de izquierda sudamericanos. Y no hablo de Fidel porque me consta que Fidel no ha insultado personalmente a la gente. Pero los otros recurren a la injuria, al agravio personal. Eso es un mundo aparte.

Salvador Allende era un verdadero caballero y decía las cosas como había que decirlas, con claridad, sin concesiones, sin miedo a decir la verdad, sin miedo a decir lo que él pensaba, pero sin dañar la integridad del adversario, la integridad personal de las personas.

Admiré mucho eso. Y en estos tiempos que vivimos, en polémicas, discusiones entre gente de izquierda, lo recuerdo siempre como un ejemplo de lo que era Salvador Allende. Y por eso creo yo que los jóvenes chilenos recuerdan a Allende por encima de todo.

Allende era, además, jovial, no era un hombre amargado. Siempre encontraba la ocasión de algunas bromas. Trabajaba en el segundo piso de La Moneda, como sabrán, yo trabajaba en el Patio de los Naranjos en el primer piso y a veces tenía ocasión de cruzarme con él cuando bajaba las escaleras al Patio de los Naranjos. Siempre cruzábamos algunas palabras y siempre había una broma, o algún comentario gracioso. Por ejemplo, el perro africano que tenía y que era un monstruo enorme y lo fue a saludar, lo tumbó y le quebró un tobillo. Entonces andaba diciendo que el perro era de la CIA.

Una vez que cumplió años, en junio del 72, habíamos hecho un pequeño cóctel para él. Entonces baja con sus amigos, venía muy maquillado, porque se iba de farra con una capa a lo Drácula, de forro rojo y raso negro, muy bien compuesto. Y claro, las compañeras periodistas que trabajaban conmigo en el servicio de transcripción de los discursos presidenciales estaban encantadísimas, se prendían de Drácula.

Bueno, esto de los discursos presidenciales también tiene sus anécdotas muy interesantes. Nosotros inventamos un sistema que no tiene nada que ver con la taquigrafía. Teníamos una cadena de grabadoras en servicio de radio. Iban fraccionando el discurso a medida que lo iba pronunciando en dos minutos y medio. Y se hacía cinta de esos minutos en cadena "troglodita" al estilo de las cadenas de montaje y las compañeras transcriptoras con sus auriculares, recibían la banda pasando directamente al esténcil lo que escuchaban.

Cuando me fui de ahí porque tenía otras tareas que cumplir, se quedó mi hermana (que está aquí ahora), haciendo eso. Yo como jefe tomaba entonces cada esténcil en orden, corregía los errores directamente sobre éste y el documento salía a los mimeógrafos. Así, Allende terminaba de hablar y a los 15 minutos estaba el discurso completo en manos de los periodistas.

Pero cuando llegó Fidel casi nos volvimos locos. Bueno, porque Fidel hablaba y hablaba, y claro, es-tábamos ahí encantados, pero no hubo aumento de personal. Además, porque Fidel tenía su propio equipo de taquigrafía y nosotros no queríamos tener taquígrafos porque era importante entregar el discurso 15 minutos después de terminado. No había tiempo para Fidel. Para los cubanos era muy importante tenerlo para el día siguiente. Así había tiempo de corregirlo, pulirlo y todo eso. Para nosotros era más importante entregarlo inmediatamente. Entonces había otro equipo que trabajaba paralelamente. Pero de todas maneras, hablaba Allende una hora u hora y media y luego… 7 horas de discursos de Fidel, 3 acá, 2 horas allá, y el mismo equipo transcribiendo. Estábamos locos, absolutamente al bode del colapso. Y una noche, a las 11, Salvador Allende había hablado a las seis de la tarde y todavía no salía el discurso, porque estábamos enredados en uno de Fidel, y fue la única vez que, en todos los largos años que había conocido a Allende, habló conmigo en tono fuerte. Suena el teléfono y en vez de decirme "compañero", me dijo sin saludarme: "¿Por qué no ha salido el discurso presidencial?”. Entonces me acordé (yo nací en Colombia, pero que me eduqué en Chile) del Capitán Arturo Prat cuando él, el 21 de mayo de 1879, tenía que enfrentarse en batalla y preguntó "¿Almorzó la gente?", y le dije: “Compañero Presidente, la gente no ha desayunado ni almorzado”. Y él se dio cuenta de que yo estaba enojado. Dos o tres segundos en silencio, y me dice: “Bueno… ¿cuándo cree que estará listo? - “Dentro de 15 minutos se lo mando Compañero Presidente”, le respondo. Y cumpliendo exactamente se lo envío y me llama y me dice; “Mande unas compañeras porque tengo algo para Ud.” Y volvieron las compañeras con cajas de comida, desayuno y almuerzo. Estábamos comiendo y suena otra vez el teléfono y me dice: "¿Todavía está enojado, compañero?"

La extraordinaria calidad humana de Salvador Allende es algo que yo recuerdo con enorme gratitud, que me conmueve mucho.

Yo estaba estudiando en Valdivia en 1960, donde estaba también el Dr. Cuevas allí, ya como profesional, por supuesto. Yo estaba en la Universidad de Austral, cuando vino el terremoto del 22 de mayo. Poco antes, el 25 de febrero, cuando yo cumplía años y estaba solo, tenía algo de dinero y entonces me dije: “me voy a festejar, me voy a un restaurante bueno de Valdivia a comer un buen almuerzo”. Y ahí estaba cuando entró Allende. Él visitaba Valdivia porque era Senador por Valdivia. Bueno, lo vi entrar –estamos hablando de 1960, yo era un muchacho de 21 años. Pues entró, y directamente me saludó. Se acordaba de la gente que conocía con una enorme corrección. Era un caballero. Se sentó a mi mesa e hizo un saludo.

Después vino el terremoto y, como cuenta el Dr. Cuevas, volvió Salvador Allende de visita a ver los destrozos, que fueron enormes.

Estos gestos, que eran y son todavía completamente extraños para la mayoría de los latinoamericanos, eran completamente naturales en él. Su caballerosidad, su amabilidad, su tremenda corrección al vestir, todo eso era su forma de ser y marcaba su sello. Pero por encima de todo, creo yo que el carácter más significativo era su franqueza y sinceridad, un enorme sentido de la lealtad.

Él se enteró en 1972, porque yo se lo dije, que yo estaba defendiendo la posición de Carlos Altamirano en el Partido Socialista. Yo tenía en La Moneda tareas de exclusiva confianza del Presidente. Y seguí teniéndolas después de salir de la OIR (Oficina de Información y Radiodifusión de la Presidencia). El partido me encomendó participar en las campañas, organizar algunas campañas electorales parlamentarias de marzo del 73. Ya antes había estado dirigiendo campañas electorales de la UP (en el sur, la de Eliana Meri. Ahí también tendría anécdotas para contar). Pero en esta oportunidad yo iba destinado a dirigir la campaña de Altamirano. Y antes de ello le había dicho a Salvador Allende: “Compañero Presidente, yo, dentro de las distintas corrientes que hay en el Partido Socialista, estoy apoyando al Secretario General del partido y si Ud. considera que es una cuestión problemática, porque yo tengo aquí tareas de mucha confianza exclusivamente con Ud., pongo a disposición la responsabilidad que me ha dado”. Allende me respondió: “De ninguna manera, yo confío en Ud. compañero, Ud. puede defender en el partido una corriente que no es la mía, pero yo tengo confianza en Ud., sé que hace su trabajo bien, siga trabajando”. Era el sentido de la lealtad de Allende. Valoró que le haya dicho la verdad.

En la campaña de Carlos Altamirano que yo iba a dirigir, se produjo la inversa: gente que estaba con Carlos planteaba que cómo podía ser que yo, que tenía tan buena amistad con Allende pudiera dirigir la campaña de Altamirano, y me sacaron de ahí.

Algunos compañeros hacían otras cosas. Por ejemplo, decidieron mandarme a dirigir una campaña perdida, así lo dijeron. Y me mandaron a dirigir la campaña de Eric Schnacke. Y bueno, yo decía: “perdido por perdido, hago lo que quiero en la campaña". Me habían dado carta blanca. Hice una campaña pop, que no tenía nada de socialista ni de marxista, explotando el carisma de Eric. Y sacamos la primera mayoría. Y en eso siempre había una extorsión de la realidad, confundíamos los procesos electorales con las declaraciones de principios. La gente vota por muchos factores diferentes y, entonces, en esa distorsión, se perdieron muchas candidaturas, entre ellas, la de Carlos Altamirano, que quedó muy mal parado.

Se ganó la elección, pero se perdieron muchos votos y después de esto, todo el año 73 fue el año en que yo me fui acercando cada vez más emocionalmente, como persona, como amigo, a Salvador Allende. Aunque discrepaba de algunos de sus planteamientos, en los últimos días hubo una relación muy complicada, porque por la relación de confianza que tenía con él, tuve que mandarle algunos mensajes muy confidenciales, tanto a Tomás Moro como a El Arrayán. Según mis cálculos, el golpe se produciría el 18 de septiembre y hubo, yo no diría una discusión, sino una conversación muy breve en la que se me dijo “no, compañero, confíe en mi pulso, confíe en mi muñeca”, porque él me había dicho que le iba a avisar a los generales que anunciaría el plebiscito y a mí se me salió, de manera algo arrogante, decirle: “Compañero, está poniendo la fecha del golpe, porque si Ud. le dice a los generales cuándo va a anunciar el plebiscito", le van a dar el golpe con anticipación. Porque fue eso lo que ocurrió.

Pero claro, el golpe se iba a dar tarde o temprano, esa era mi opinión. Yo creo que Allende lo tenía claro… que el golpe vendría.

Y creo, yo veo, también que ahora en Bolivia se repiten las mismas cosas, la revolución, la masacre de Pando por ejemplo, que parece un fracaso de los golpistas y es una provocación para ver hasta dónde llega el otro, el pueblo.

Nosotros respondimos ocupando todas las industrias y entonces nos provocaron y se ocuparon de junio a septiembre en romper los cordones industriales para garantizar que no se podría oponer resistencia. Y era los únicos que podían hacer resistencia en esos dos o tres meses. Despedazaron los cordones industriales, la capacidad de resistencia.

Un poco a eso, están jugando en Bolivia. A mí me preocupa que muchos de la izquierda actual en América Latina trabajan sobre la base de las declaraciones de solidaridad de acá, solidaridad de allá, pero no estudian las estrategias que se están aplicando y los planes, y cómo se van cumpliendo esos planes y qué debe hacerse para responder. Si cae Bolivia hay que tener listos fondos de solidaridad internacional, redes de información y de resistencia y hay que informar a fondo, todas la maniobras. Es decir, cosas concretas. Lo mismo con Venezuela, donde sabemos que hay un plan secreto para separar el Estado de Zulia y formar la república democrática del sur independiente. Romper Venezuela, dejarle el oriente a Chávez y quedarse con el Golfo de Maracaibo y le petróleo para la república gringa y aliada de Uribe en Colombia. Ese plan separatista es el mismo que se está aplicando en Bolivia. Entonces nosotros no podemos estar con declaraciones, porque dentro de 30 años no podemos venir a reunirnos acá, o los que hayan sobrevivido, para recordar a Evo Morales.

Yo quiero terminar, en primer lugar repitiendo lo que ya dije. Tengo una gran gratitud para toda mi vida con Chile, el pueblo chileno, la cultura chilena. Me eduqué allá, me dieron asilo, me dieron hospitalidad, me dieron trabajo, me dieron muchos de los mejores amigos que tengo. Y dentro de la sociedad chilena tengo un recuerdo absolutamente imborrable de Pablo Neruda, de Salvador Allende, de Alejandro Lipschutz, personas que han llenado, han formado parte de mi formación política actual y han sido pilares de la formación de mi carácter. De modo que esta gratitud no es solamente una gratitud personal hacia Salvador Allen-de, sino que es para todos los chilenos y la nación, y dentro de ese pueblo y esa nación, para esa clase tan solidaria y tan sufrida, que conoce el valor de la organización: la clase obrera.

Muchas gracias

 
* Carlos Vidale, falleció en Estocolmo el dia 7 de noviembre de 2014, fue destacado militante, periodista, escritor, poeta, maestro, un gran ser humano Carlos Vidales.

 

 

 

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