Las palabras del expresidente de la FECH, Rodrigo Rocco, y de la senadora de la Universidad de Chile, Carla Peñaloza.

Santiago. 26/12/018. El pasado 19 de diciembre, a los 78 años, falleció la Profesora María Eugenia Horvitz, académica del Departamento de Ciencias Históricas de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. Su defensa de la democracia, la memoria y los Derechos Humanos son parte del amplio legado que dejó en la Casa de Bello. Estos son algunos de los discursos que se desplegaron en su homenaje.

Texto íntegro de las palabras de la senadora de la Universidad de Chile Carla Peñaloza:

El pasado 19 de diciembre ha partido María Eugenia Horvitz, nuestra querida Quena. Historiadora y académica de la Universidad de Chile, fue ante todo una incansable militante de las causas más nobles de nuestro país. Ingresó a militar a la Jota a fines de los años 50 cuando era dirigente del Liceo 1. Después de eso vendría la Reforma Universitaria y la Unidad Popular, procesos en los que se involucró intensamente, pues no sabía hacerlo de otra manera. Fue discípula y ayudante de Don Hernán Ramírez Necochea, y mientras él fue el primer Decano elegido de forma triestamental en la Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación, ella se convertía en la mujer más joven en ser directora del Departamento de Historia.

El golpe de estado le arrebató a su compañero Enrique París, el padre de sus hijos Poli, Sebastián y Kena, y a muchos de sus amigos, entre ellos el más entrañable, su colega Fernando Ortiz, quien se ocupó de que saliera al exilio, para ponerla a salvo con su hijos.

Desde el exilio, fue la primera en presentar el caso de Desaparición Forzada ante Naciones Unidas. Era el inicio de una larga y persistente lucha por la verdad, la justicia y la memoria de nuestros compañeros, que llevaría adelante con muchas de las mujeres más admirables de este país, como Sola Sierra y Ana González.

Fue también fue parte relevante del trabajo de solidaridad con Chile. Actos, homenajes, comisiones internacionales, reuniones fueron su día a día en Francia y en todos los lugares a los que llegó para contar lo que estábamos viviendo y padeciendo. También fue persistente en la necesaria tarea de unir a la izquierda chilena para derrocar a la dictadura.

Esos mismos afanes la trajeron de vuelta a Chile a mediados de los ochenta, años que a pesar del terror, fueron de una actividad política fecunda.

Así y todo, para nosotros los jóvenes de los noventa fue en ese momento que se convirtió en fundamental. Nos prendamos de su calidez y sus agudas reflexiones, y armados de sus consejos y apoyo, nos dimos a la tarea de democratizar nuestra maltrecha Universidad.

Como académica la recordaremos siempre, pues fue el símbolo de nuestra demanda de reincorporar a los profesores exonerados, y exigir cátedras paralelas. Su generoso gesto de regresar y hacernos clases ad honorem la retratan de cuerpo entero. Pero además vino a enseñarnos lo que en este país nos habían borrado. La memoria. Venía de la mano de sus autores franceses favoritos, los de la escuela de los anales, que para nosotros, en el Chile de los noventa, eran gran novedad. Nos habló de sus maestros franceses y de los que tuvo en Chile y ha formado a distintas generaciones de estudiantes de historia en la imprescindible labor de estudiar, preservar y transmitir la memoria de los ausentes y del país que tuvimos. Sólo de esa forma podemos y debemos imaginarnos el futuro.

Su compromiso con la vida, la justicia y la democracia, y su entrega a la causa de los más necesitados, los marginados de la historia oficial, las víctimas, la hicieron admirable.   El aporte que hizo en nuestro país, a las luchas sociales, a la universidad, a los derechos humanos y sobre todo a sus estudiantes, es infinita.

Como una forma de reafirmar ese compromiso, para la campaña de refichaje del Partido Comunista, estampó su firma, pues siempre tuvo la convicción de que la militancia y la participación política son los cauces de las transformaciones que este país necesita.

En su despedida estuvieron presente gente de la cultura, la política, los derechos humanos y generaciones, en primer lugar sus estudiantes, también sus colegas y autoridades universitarias, pues en todos nosotros dejó una huella imborrable.

Discurso de Rodrigo Rocco, presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH) entre 1995-1996:

Queridísima Quena;

Hablo aquí en este homenaje, por mí y por todos mis compañeros y compañeras, y por otros muchos más que no conozco.

Recuerdo cuando en una reunión de la Jota, Carla y Ricardo dijeron “necesitamos ir a conversar con la Quena”. Desde ese entonces, como para otros desde antes, nunca más dejamos de ir a tu casa para hablar, hablar de política, de la universidad, de la vida.

Siempre. Siempre tuviste el tiempo y la paciencia, que con el tiempo se trasformaron en cariño y amistad profundos.

Corrían los años ’90 y alguien declaraba que se había acabado la Historia. Otros, más discretos, daban por finalizada la transición. La FECH había entrado en receso desde fines de 1993 y los intentos por su reconstrucción en 1994 habían fracasado.

Te recuerdo junto al querido Diógenes Leiva —probablemente el más grande y noble dirigente que hayan tenido los funcionarios de la universidad—, hablando con nosotros sobre la complejidad de los procesos sociales y de lo relevante que era mantener la perspectiva y seguir pensando y actuando. Nunca dejar de pensar.

Por esos años, “ingeniosas” ideas de rentabilidad y autofinanciamiento amenazaban o derechamente cercenaban diferentes áreas de la universidad. El mandato por un nuevo estatuto que permitiera dejar atrás la herencia de la Dictadura había quedado guardado en el cajón. Las autoridades de la época confundían su rol con el de meros gerentes de administración enfocando sus energías a la gimnasia bancaria o el negocio inmobiliario.

Llegaron incluso, a plantear que había que separar la docencia de la investigación para facilitar los flujos de caja.  Esa relación profunda que es, justamente, uno de los aportes principales de la reforma universitaria que avanzó entre 1967 y 1973 y de las cuales tú fuiste una de sus líderes, cuando ustedes acabaron con las cátedras vitalicias y dieron vida a la carrera académica y a la convergencia entre las funciones universitarias, especialmente entre la docencia y la investigación, base constitutiva de la capacidad de un país para pensar con cabeza propia, no solo diseminando conocimiento, sino que creándolo y buscando con ello dar respuestas a los problemas de los chilenos.

Pero tu principal leitmotiv fueron siempre la comunidad y la democracia universitaria. Con el tiempo, entendimos que tus razones para ello eran muy profundas e iban mucho más allá de la Universidad.

Tú sabías bien que, en un país tan duramente segmentado como el nuestro, solo en la capacidad de respetarnos unos a otros, en la construcción de pertenencia y acogida en la gran mesa del barco común, encontraremos las claves para esa revolución profunda que significa dejar atrás el “fundo” y construirnos como un país moderno y plenamente democrático; uno donde la gente no necesite salir a la calle para pedir lo esencial de su dignidad humana, como hoy lo hacen los trabajadores portuarios que no quieren seguir expuestos a un sistema contractual propio del siglo XIX.

Quena: tu casa y tu conversación fueron siempre a imagen y semejanza de ese propósito, y así fue, junto a la Ñuca y a la generosidad con que tus hijos, la Kenita, el Poli y Sebastián, y sus propias familias, te compartían con la Universidad y con todas estas distintas proles de tus muchos estudiantes de Historia y nosotros, dirigentes estudiantiles de toda la U.

Cuando el conflicto por el sentido del proyecto universitario, visto como una construcción colectiva, se hizo ya incontenible, ya llevábamos cientos de horas de conversación contigo.

Y mientras Pinochet se aprestaba a dejar la comandancia en jefe del Ejército para luego asumir como Senador Vitalicio, se realizaba por primera vez en 24 años, un encuentro y un referéndum triestamental de toda la Universidad.

Recuerdo la tensión y el miedo que había en la sala durante la primera reunión de esa primera comisión triestamental emanada de un proceso eleccionario y con un mandato preciso. Recuerdo también como esa tensión fue cediendo rápidamente a un diálogo fructífero, franco y profundo, donde fuimos perdiendo el temor a las diferencias, tal cómo nos lo habías señalado.

La comunidad universitaria volvía a encontrarse y se derrumbaban los muros del miedo y la ignorancia. Iban quedando atrás los demonios y prejuicios que algunos agitaron de forma totalmente interesada. Y recuerdo muy bien como tú te reías de ellos, desnudando sus propósitos y poniendo en evidencia con aguda precisión su triste miseria. Simétricamente, en el país, recuerdo tu alegría por ver cómo tras la detención del Dictador en Londres, la sociedad chilena empezaba por fin a hacerse cargo de su memoria y a recuperar su conversación. El país aplastado, resurgía una y otra vez, hasta abrir Morandé 80 y poder marchar por esa parte de la ciudad.

Quena, en todo ese enorme y difícil proceso de democratización, en toda esa energía e inteligencia colectiva desplegada, tú fuiste una guía y protagonista principal. No exagero en lo más mínimo si digo que hoy no habría un Senado Universitario ni una manera más integrada y participativa de concebir los asuntos de la U, sin ti, querida Quena. Es toda una universidad, y a través de ella todo un país, quienes hoy gozan de tu contribución.

Desde ese entonces se abrieron nuevos rumbos. La discusión pasó a llenarse de ideas y propuestas y ya no solo de conflicto o reivindicaciones. Recuerdo las decenas de reuniones en tu casa y en casa de Roxana, donde hasta altas horas de la noche debatían muchos amigos y académicos, varios de los cuales tienen hoy roles principales en la proyección de la Universidad y su comunidad. Cómo no recordar la Revista Encuentro Universitario que co-dirigías, y tu sabia percepción de que la gente en Chile si quería participar, pero siendo tomada en serio.

En paralelo, organizabas reuniones para hablar del país, de la izquierda mundial, de sus heridas, horrores, errores y deberes; de lo fundamental que era la militancia. Recuerdo en tu casa a ese Muchacho del Siglo XX, Volodia Teitelboim, que compartía contigo largas conversaciones de complicidad y amistad, mirando con feliz asombro el árbol que quiso ser talado y que reverdece una y otra vez en la Historia de Chile. Cuán vigentes están esas reflexiones hoy que algunos se consideran valiente por salir del clóset a reivindicar una vez más la muerte, la tortura, la desaparición, la corrupción… Recuerdo también cómo junto a Manuel Riesco y otros amigos habías fundado la Revista Encuentro XXI. Cierto, se había derrumbado el muro de Berlín y también las catedrales. Por eso, había que seguir pensando y creando. Lo peor habría sido rendirse y resignarse a las persistentes injusticias y descalabros que azotan al planeta y a nuestra especie.

A tu puerta, generosamente abierta como siempre, siguieron llegando distintas generaciones de dirigentes estudiantiles… Otros jóvenes, diez años después, hacían su propio periplo. Sus palabras resumen muy bien lo que sentimos hoy…

¨La profesora Horvitz fue mucho más que una excelente académica. Para muchos de nosotros, varias generaciones de dirigentes estudiantiles, fue probablemente el mejor exponente y símbolo de la reconstrucción de la democracia universitaria desde 1990 en adelante.

Con su análisis profundo y a la vez práctico, nuestra querida Quena Horvitz, podía ser reconocida tanto al citar autores relevantes y de actualidad, como buscando la solución concreta a los más diversos conflictos, pequeños o grandes, álgidos o soterrados. Nunca, nunca evadió una discusión y siempre estuvo dispuesta a generar encuentro, diálogo y soluciones democráticas a las múltiples encrucijadas de una Universidad pública amenazada por las lógicas de mercado y por la exacerbación de su fragmentación.

Sin embargo, quizás lo más importante de todo es hacer justicia al trato infinitamente afectuoso, casi maternal a veces, con que acogió a muchos de nosotros. Incluso cuando la política abría paso a las diferencias irreconciliables, la Quena nos invitaba a entenderlo desde los afectos. Ella, a quien nunca se le vio abatida pese a todas las heridas que la historia de nuestro país infligió a familia y amigos más queridos”. (Felipe Melo, Presidente Fech 2006-2007)

Quena. Queridísima Quena. Este ha sido un año de despedidas, han partido Víctor Pey, Alejandro Rojas, Patricio Bustos, Ana Gónzalez, y otros amigos y amigas. Ahora pareciera que partes tú.

Pero te quedas, te quedas aquí con nosotros y con tu Universidad, con tu Francia amada y con tu Chile, Latinoamericano e inserto en el mundo, ese Chile que ha avanzado tanto pero que a la vez tiene tanto de lo que hacerse cargo “en serio” como tantas veces dijiste.

Tu legado es de una generosidad sin límites, es profundamente humanista y colectivo, es el sentido ético de la política como la expresión más alta de la vida colectiva, del con-vivir. Es la memoria como el rasgo más relevante de la especie humana en su paso por este Universo.

Somos varias generaciones quienes honramos hoy y aquí ese legado. Lo son tus estudiantes de historia que hoy te escriben hermosos recuerdos y agradecimientos. Y lo somos también tus amigos y tus muchos hijos, hijas y nietos putativos, y que no seríamos los mismos sin ti.

Hasta siempre querida Quena. ¡¡Gracias por todo y por tanto y tanto!! Tu memoria es hoy todo lo que sembraste y construiste, que vive y crece, como dijera Neruda, “…hacia la multitud, hacia la vida.”

Publicado por: elsiglo.cl