Dirigente del PS enfatizó que ello radica en “urgencia de transformación antineoliberal”. Advirtió que no puede ser “entre directivas” de unos pocos partidos.

Equipo ES. 02/11/018. El “esfuerzo de la convergencia, el esfuerzo de crear, de ir construyendo en conjunto es urgente” en el campo opositor, sobre todo del progresismo y la izquierda, porque “creemos en la urgencia de una transformación anti-neoliberal”, señaló el abogado constitucionalista y dirigente del Partido Socialista (PS), Fernando Atria.

En un foro organizado por la Fundación Casa Común, Atria advirtió, eso sí, que esa convergencia no consiste en “alianzas entre directivas, ‘convergencias progresistas’ que reúnan a unos pocos partidos en un discurso de todos contra la derecha. Porque eso no hace sino reiterar las prácticas que nos llevaron a la fragmentación actual”. Apuntó que la coordinación y unidad en la izquierda y con el centro político “nos interpela a todos”.

En esa línea, planteó que “necesitamos es un esfuerzo más profundo, de construcción conjunta de un proyecto político transformador.

Fernando Atria expuso su inquietud de que la unidad opositora se empiece a radicar en las próximas elecciones. “Hacer una convergencia motivada por fines electorales, es simplemente no entender cuál es el fenómeno que tenemos por delante”, aseveró.

La siguiente es la transcripción de las palabras del abogado y dirigente del PS, en el foro efectuado en la Casa Central de la Universidad de Chile:

“’O construimos juntos o nos hundimos por separado’”, este es el diagnóstico que subyace a esta reunión, porque la situación actual pareciera estar más cerca de la segunda posibilidad que la primera.

Hoy las fuerzas transformadoras están especialmente fragmentadas, y entonces impedidas de la capacidad de actuar en concierto. Parecen desorientadas por distintas razones, entre las cuales está un primer intento transformador que, con sus luces y sombras, terminó en la derrota del 17 de diciembre y un discurso que -especialmente después de las cosas que han ocurrido en Latinoamérica- afirma que uno de los problemas de la izquierda es que no ha sido capaz de entender e interpretar las necesidades ciudadanas y que para hacerlo tenemos que abandonar algunas de nuestras pretensiones transformadoras en materias de crecimiento, seguridad, inmigración, etc.

El contexto actual es uno en que adicionalmente surge entre nosotros -especialmente en los partidos que se entienden impugnados por la emergencia de nuevos movimientos en la izquierda- voces que afirman la importancia de la convergencia y la unidad, pero que muestran con sus acciones que no entienden, creo yo, la magnitud del desafío que tenemos por delante.

No se trata de crear alianzas entre directivas, ‘convergencias progresistas’ que reúnan a unos pocos partidos en un discurso de todos contra la derecha. Porque eso no hace sino reiterar las prácticas que nos llevaron a la fragmentación actual. Lo que necesitamos es un esfuerzo más profundo, de construcción conjunta de un proyecto político transformador. Por otro lado, en la misma izquierda emergente, hay quienes ven que lo que urge para ellos es afirmar su propia identidad, más que establecer las bases de una convergencia amplia.

Es urgente lograr la convergencia entre todos

Nosotros en este contexto actual, creemos que el esfuerzo de la convergencia, el esfuerzo de crear, de ir construyendo en conjunto es urgente, tiene urgencia. Pero no creemos que esa convergencia sea urgente porque ella sea un fin en sí mismo, la convergencia es urgente porque creemos en la urgencia de una transformación anti-neoliberal y entendemos que esa tarea solo es posible para una mayoría política y social.

Sería fútil, creo yo, una convergencia que con la finalidad de agrupar desde la Democracia Cristiana hasta el Frente Amplio en la fórmula que se escucha a veces, (se) volviera a incurrir en las prácticas que hoy tienen a buena parte de la ciudadanía marginada de la política.

La convergencia es importante, porque la transformación es importante y esa transformación que ha de enfrentarse a la oposición del enorme poder fáctico del 1% privilegiado por el modelo neoliberal solo será posible si es apoyada y realizada por una fuerza que no puede sino provenir de la unidad política y social del pueblo. La convergencia que creemos urgente es la que surge como consecuencia de construir en común un  proyecto transformador.

Algo está cambiando en la derecha

Esta cuestión hoy día es especialmente urgente, no solo por la condición fragmentada que tiene las fuerzas transformadoras, sino porque algo está cambiando en la derecha como la conocíamos, o por lo menos algo se está haciendo evidente. La que está en el Gobierno es una derecha que a diferencia de la que llegó con el primer Gobierno de Sebastián Piñera, ha asumido el poder con un claro programa de relegitimación neoliberal, después del intento de transformación del segundo Gobierno de Michelle Bachellet.

Ya han dicho que quieren una reforma tributaria para beneficiar a los dueños de las empresas. Ya sabemos que si se trata de sancionar estudiantes, quieren procedimientos que jamás aceptarían si se tratara de sancionar bancos u otras empresas. Todavía esperamos conocer sus propuestas en materia laboral y de pensiones, pero ya sabemos que debemos esperar de ellas: más profundización de la lógica neoliberal. Al mismo tiempo nos llega desde Brasil, un país cuya influencia en las tendencias políticas de la región es innegable, aires neofascistas. Las apresuradas visitas a (Jair) Bolsonaro de varios líderes de la derecha chilena, anuncian que eso también tendrá un impacto considerable en el discurso y en la acción de la derecha.

Por todas estas razones, creemos que la convergencia de las fuerzas transformadoras es un deber, un deber que nos interpela a todos nosotros.

Pero esto no significa que la convergencia será fácil ni será rápida. Es fundamental, más allá de las recriminaciones, entender las causas de esa fragmentación, porque solo de ese modo será posible superarla. Esa fragmentación fue, en buena parte, una reacción a una forma política que fue la que caracterizó al proceso político chileno desde 1990 hasta por lo menos, diría yo, la irrupción del movimiento estudiantil del 2011. Esa forma política, desde el lado de lo que aplicado a ese momento podríamos llamar la centro-izquierda, tenía dos características, o por lo menos dos que son especialmente importantes hoy día. La primera es que aceptó sin cuestionamientos los términos del modelo neoliberal y buscó formas progresistas de redistribución enmarcadas dentro de esos términos, mediante subsidios focalizados y el fomento del endeudamiento privado. Así, aunque efectivamente produjo progreso y redistribución en algún sentido, lo hizo de un modo que constantemente ratificaba el modelo neoliberal y en ese sentido, lo hacía más estable y lo profundizaba.

Por otro lado, se trató de una forma política que se desentendió de la necesidad de fundar la acción política en una conexión permanente con la sociedad a la que debía interpretar, lo que produjo un divorcio entre la política institucional y la sociedad de una profundidad pocas veces vista en la historia democrática de Chile.

Esto es lo que hoy día debemos enfrentar y para eso creo que tenemos razones para tener algún optimismo, porque hemos tenido experiencias en que podemos observar lo que ocurre cuando somos capaces de hacer una política de modo distinto.

Con una sociedad  capaz de actuar en concierto, las posibilidades se multiplican

Quiero mencionar simplemente, rápidamente como  ilustración, para demostrar que no es un optimismo ingenuo, dos casos exitosos. El primero fue el de la aprobación durante el Gobierno pasado de la Ley de Aborto en Tres Causales, una ley que enfrentaba una oposición radical de la derecha. A pesar de toda esa oposición que llegó hasta el Tribunal Constitucional con mayoría conservadora, a pesar de toda esa oposición, esa ley fue aprobada. Yo debo decir que como profesor de derecho no esperaba ver esa ley aprobada ni dictada por todavía algunas décadas por venir y, sin embargo, fue posible. En mi interpretación fue posible fundamentalmente porque llegó un punto en que ese proyecto venía respaldado por una fuerza social que hacía que la institución que estuviera dispuesta a frenarlo -y creo que esto fue decisivo en el caso del Tribunal Constitucional- se arriesgaba a sí misma. Esa experiencia nos muestra el modo en que es posible proceder para poder avanzar en una agenda trasformadora, se necesita acumular ese tipo de poder. Es un poder que no viene de las alianzas entre orgánicas partidarias, es un poder que surge cuando esa acción de orgánicas partidarias o de poderes institucionales está fundado en una fuerza social como la del movimiento feminista que estaba detrás de la Ley de Aborto.

El otro ejemplo es más circunscrito y más reciente. Los vecinos de La Reina y diría especialmente de La Reina, lograron defender y salvar su parque, el Parque Intercomunal, de la privatización encubierta. Ya antes los mismos vecinos de La Reina habían sido capaces de detener y transformar el proyecto de Américo Vespucio Oriente ¿Qué pasa en La Reina que tienen la capacidad de actuar de este modo? Yo creo que una de características que pasa es que ahí hay fuerzas sociales que tienen una historia de lucha común. Tienen relaciones que les permite saber que a pesar que puedan tener aquí o allá desacuerdos, tienen un horizonte en común que les permite actuar en concierto. Cuando hay una sociedad  que es capaz de actuar en concierto, las posibilidades se multiplican. Eso, creo yo, nos enseña a nosotros en dos momentos el camino para adelante.

Fragmentación es consecuencia de una determinada forma política

Quiero enfatizar que esa convergencia es la responsabilidad de todas las fuerzas transformadoras. Es una convergencia que solo puede surgir de una transformación de quienes participan de ella. Es decir, la fragmentación actual es consecuencia de una determinada forma política y esa forma política afectó a los partidos que participaban de ella. Pretender hoy día simplemente olvidar esa historia y hacer una convergencia motivada por fines electorales, creo yo, es simplemente no entender cuál es el fenómeno que tenemos por delante.

La convergencia en la cual nosotros estamos pensando, es una convergencia que supone la construcción común de un proyecto transformador. Es una convergencia que es consecuencia de esa construcción común. No es la decisión de que con la finalidad de enfrentar adecuadamente las próximas elecciones necesitamos hacer una alianza lo más rápido posible. No porque no sea importante ganar elecciones, sino porque una alianza de ese tipo hoy día solo profundizaría la situación en la cual nosotros nos encontramos.

Necesitamos un proyecto colectivo, un proyecto de transformación que sea construido en conjunto. Para eso surge la Casa Común, es decir, para crear un espacio o para contribuir a la creación de un espacio, en un momento en que parece haber tan pocos espacios de ese tipo, donde sea posible que quienes crean en la necesidad y en la urgencia de un proyecto transformador, puedan reunirse a asentar las bases, a pensar, a crearlo no solamente pensándolo, a crearlo en la acción con las distintas fuerzas y movimientos sociales.

Tiene que ser un proyecto que se construya en este sentido desde abajo, interpretando el sufrimiento concreto de los ciudadanos chilenos. Se trata de mostrar que el sufrimiento del que ve que su vejez será un momento de dependencia y pobreza o el sufrimiento del que teme a la enfermedad o el sufrimiento o el temor de quien se ve expuesto a ser víctima del delito, etc. Todos esos son sufrimientos que de una manera u otra se conectan con el funcionamiento normal del modelo neoliberal.

La solución a todos esos problemas está en la transformación del modelo neoliberal. Esta es la tarea por delante. Cuando construyamos, construyendo un proyecto de este tipo, el proceso de construirlo será el proceso de creación de la fuerza política que lo lleva adelante.

Entendiéndolo de otra manera, no será sino la reiteración de las mismas patologías políticas que nos han llevado a este momento. Esa es la tarea que nosotros nos hemos puesto por delante, esa es la tarea a la que nosotros queremos contribuir, ese creemos nosotros es el deber fundamental de todos los que creemos que la transformación hacia un Chile pos-neoliberal, es el desafío de la hora actual.

Publicado por: elsiglo.cl