Miercoles 21 de Noviembre del 2018

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La derecha quiere enajenar el pensamiento progresista, hacerlo culpable de los males que las propias oligarquías generan.

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La derecha quiere enajenar el pensamiento progresista, hacerlo culpable de los males que las propias oligarquías generan.

 

La derecha quiere enajenar el pensamiento progresista, hacerlo culpable de los males que las propias oligarquías generan.

Oscar Sánchez Serra. Granma. 24/10/018. Pudiera parecer que en Brasil enloquecieron el pasado 7 de octubre, tanto como si se levantaran odiando al fútbol o desterrando de aquella hermosa geografía a sus famosos carnavales. Ese domingo de elecciones, en primera vuelta, el 43,6 % de los votos fueron a parar a un hombre que parece no pertenecer a la especie humana.

No se trata de compartir o no una ideología. Si Jair Bolsonaro, Juan, Pedro o José, no se esconden para decir que «el error de la dictadura fue torturar y no matar»; que a una diputada le haya espetado «no te violo porque no lo mereces»; insulte a las víctimas chilenas o a la mismísima humanidad con la frase de «Pinochet debió matar más gente»; y en una muestra de salvajismo voraz afirme que «sería incapaz de amar a un hijo homosexual. Prefiero que muera en un accidente» o «si veo a dos hombres dándose un beso, les voy a pegar»; nadie los querría ni para limpiar el piso, pues lo dejarían grotescamente sucio.

A Bolsonaro (Partido Social Liberal) se le ve como al casi seguro próximo presidente del gigante sudamericano, lo cual trascendería en la segunda ronda electoral, el venidero 28 de octubre, en un ambiente en el cual no hay tal locura, o al menos si la hubiera, parece resultante de un estrés social y político que ha minado la democracia de esa gran nación.

Pablo Gentili, argentino él, pero radicado en Brasil, y secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, ha dicho al respecto: «Bolsonaro no es la causa de una democracia que agoniza, sino su consecuencia. Cuando se siembran la desconfianza, el miedo, el odio y el desprecio hacia la institucionalidad democrática, por más fragilidades y defectos que ella posea, lo que se construyen son las bases éticas y políticas de regímenes totalitarios y despóticos».

El candidato presidencial, exmilitar de poca monta y de poca gradación, se dio a conocer fuera y dentro de su propio país por algo que lo mostró en toda su calaña fascista. Bolsonaro se hizo notar públicamente  al votar por la destitución de Dilma Rousseff y dedicar su voto a la memoria de Carlos Alberto Brilhante Ustra, a quien Gentili recuerda en un texto publicado en el diario El País, como el torturador de la propia Dilma cuando ella tenía solo 19 años.

Un gran brasileño, el teólogo Frei Betto, fue traído a nuestras páginas por el colega Elson Concepción, en su artículo Un cóndor neoliberal sobre América Latina. Él le preguntó: ¿Qué ha pasado en Brasil? Y la respuesta contacta con Gentili: «No haber trabajado mejor la formación política del pueblo, fortalecer sus movimientos y promover la democratización de los medios de comunicación. Hemos creado una nación de consumistas y no de protagonistas políticos», le contestó.

Estos puntos de vista han tenido resonancia en lo ocurrido el pasado día 7 de octubre. El último fin de semana de septiembre, Brasil estaba preñado de actos en contra del exmilitar, tanto que se preveía que las encuestas presagiarían lo que se vivía en la calle, es decir, el fracaso de esa candidatura. Pero ocurrió todo lo contrario.

El lunes 1ro. de octubre, los sondeos dieron un alza de la intención de voto a Bolsonaro, que lo puso en el 31 %, al siguiente día dio otro pasito hasta el 32, pero el jueves andaba por 35 y el sábado 6, un día antes del sufragio, trepó hasta el 40, según el instituto Datafolha. El que solo había encontrado eco en la prensa por sus rechazos continuos al derecho de la condición humana; el que ha dicho que «las mujeres no deben cobrar lo mismo que los hombres»; que si tiene una hija es por «un momento de debilidad», y que «un policía que no mata no es policía», porque «la violencia solo se soluciona con más violencia», ¿se hizo popular?

¿Cómo este hombre, que para rematar lleva de vicepresidente a otro exmilitar, Hamilton Mourao, que sin tapujos ha soltado que «los héroes matan», «que la constitución se puede reformar sin consultar al pueblo» y «que un Gobierno puede dar un autogolpe de Estado y poner al ejército al frente de la seguridad nacional», se ha convertido en un referente?

La otra cara

Serán las elecciones de WhatsApp, decía desde la ciudad brasileña de Recife la periodista Joana de Oliveira, en un amplio reportaje publicado en El País, y sostenía su tesis en indicadores que aporta Datafolha. «En una nación con 147 millones de votantes, 120 millones de personas utilizan a diario la aplicación de mensajería móvil y el 90 % lo hace más de 30 veces al día. El 66 % de los electores consume y comparte noticias y videos sobre política a través de la red social más popular del país». La conclusión es inapelable: la popular app se vislumbraba territorio fecundo para el debate político y el flujo de información y también para las campañas de desinformación.

Oliveira apunta que entre quienes se inclinan por el exmilitar, la utilización de la aplicación es mayor que entre el resto de votantes: el 81 % de sus incondicionales la usan, según Datafolha, frente al 59 % de los electores de Fernando Haddad (Partido de los Trabajadores). «Bolsonaro, que cuenta con el apoyo de muchos ciudadanos de clase media y alta –entre los que, lógicamente, el acceso a teléfonos conectados es mayor–, ha movido su propaganda en las redes sociales desde el principio de la contienda electoral. El comité de campaña de su principal rival tardó en percibir ese poder y solo anunció un canal para denunciar noticias falsas, cuatro días antes de la primera vuelta», revela la colega.

La periodista de Recife pone el dedo en la llaga: «Las noticias falsas se esparcen en WhatsApp como fuego en paja seca». Un grupo de apoyo a Bolsonaro afirmó que las urnas electrónicas habrían sido manipuladas, aun cuando en 22 años de ese sistema nunca ha ocurrido, según el Tribunal Superior Electoral (tse), en tanto otra de esas falacias involucró a Manuela D’Ávila (Partido Comunista de Brasil), candidata a vicepresidenta con Haddad. Se dijo que recibió una llamada de Adelio Bispo de Oliveira, el hombre que acuchilló a Bolsonaro, el mismo día que lo atacaron.

Hay varias experiencias de cómo las redes inciden en los resultados de unas elecciones. El Grupo Messina, desde Facebook y con una de sus líderes, Isabelle Wright, en el lugar, hizo el milagro para el Partido Popular, en España, en junio del 2016; es también muy conocida la campaña en la misma plataforma que llevó a la presidencia a Barack Obama.

En este ámbito, en el de las redes sociales, por donde pasa hoy uno de los ejes centrales del planeta, también hubo resquicios y por ahí se coló la propuesta antisistema de Bolsonaro. La doctora Rosa Miriam Elizalde teje una línea de contacto con Oliveira, pero también con Gentili y Betto, en su artículo La pecera ciberpespacial: «Por ignorancia, por prejuicios, porque hemos llegado con retraso a las nuevas tecnologías y sus proveedores nos excluyen, y porque muchos utilizamos la computadora solo como una máquina de escribir moderna, es muy común en el ámbito de la izquierda latinoamericana la subestimación del cambio que supone la internet como instrumento principal de la llamada nueva economía y de la comunicación y las relaciones entre los seres humanos».

Brasil no enloqueció, como tampoco lo ha hecho América Latina; lo que quiere la derecha es justamente eso, enajenar el pensamiento progresista, hacerlo culpable de los males que las propias oligarquías generan. Los pueblos de América han de andar con la pupila insomne de nuestro Rubén Martínez Villena para estar alertas y siempre dormir como él dijera, con el párpado abierto. De esa misma pupila, hoy trinchera de otro colega cubano, Iroel Sánchez, tomamos el último párrafo de su artículo Brasil: Cuando la esperanza no basta, para darnos cuenta de quiénes están detrás de la propuesta del capitán:

«O Globo –el oligopolio mediático que viene de la época de los militares– y Récord, la segunda empresa televisiva de Brasil controlada por la Iglesia Universal del Reino de Dios que ha convertido a Bolsonaro en “Mesías”, son la fábrica de sentido común que ha acuñado a todos los petistas como corruptos y culpables de tolerancia con los delincuentes y la violencia. Entre ambas parecieran no dejar espacio para otra cosa que no sea rezar, pero tal vez haya una segunda oportunidad para los condenados a Cien años de soledad si se logra movilizar (…) a buena parte del 20 % de los brasileños que no votó, junto a aquellos que sufragaron por alguna de las opciones diferentes a la del que ya muchos llaman el Trump latino, y ojalá sea por su discurso extremista y no por su capacidad para imponerlo contra todo pronóstico».

 

 

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